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Nacional

De chulavitas a Santoyos

Por Jaime Enríquez Sansón

En la historia de la policía nacional de Colombia se han escrito verdaderas páginas de valor y muchas de entrega, sacrificio y hasta heroísmo. Son héroes, en efecto, esas decenas y cientos de anónimos agentes que nos cuidan mientras disfrutamos del descanso

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Por Jaime Enríquez Sansón

En la historia de la policía nacional de Colombia se han escrito verdaderas páginas de valor y muchas de entrega, sacrificio y hasta heroísmo. Son héroes, en efecto, esas decenas y cientos de anónimos agentes que nos cuidan mientras disfrutamos del descanso

o que desamparan su hogar en tanto la mayoría de ciudadanos goza en las fiestas de Navidad o Año Nuevo o se relaja en el carnaval. Son héroes también aquellos sacrificados al pisar una mina o asaltados durante el sueño en cualquier apartada región. Pero no es menos cierto que también se ha empañado la historia de la policía y la historia nacional con figuras como la del general Santoyo, ascendido a ese grado con la propuesta que presentara un senador de origen campesino y que apoyaron tanto el presidente de la república de entonces como cerca de sesenta congresistas más.

Pero si recordamos un poco la historia nacional, hallamos otros acontecimientos que es bueno mantengamos presente o se los contemos a los jóvenes, a las nuevas generaciones para que no pierdan la perspectiva del país y para que la Internet y los juegos en línea no desdibujen su auténtico sentido de la nacionalidad.

Veamos un caso. Boavita, a menos de 200 kilómetros de Tunja, era una pequeña población pobre y olvidada que se habría mantenido en el anonimato si a ella no hubiese pertenecido la vereda de Chulavita, más pobre aún, más ignorada todavía, habitada por un puñado de campesinos de aquellos de alpargate y ruana, azadón y machete, manos toscas por las labores de la tierra a la que hay que arrancar a zarpazos pedazos de sustento, piel estropeada por el sol y rostro surcado de esas arrugas que delatan el sobresalto y el miedo. Boavita y Chulavo (o Chulavita), son una especie de síntesis de la realidad colombiana de los años treinta, cuarenta, del siglo pasado. Y son como la aproximación a la vida de muchas otras poblaciones actuales, con la diferencia de que en ese entonces no había televisión, ni la señora Laura hacía escandalosos sainetes ni los realities manoseaban la opinión ciudadana con el celestinaje de los gobiernos del momento.

Lo cierto del caso es que los campesinos conservadores de Chulavita, uniformados para integrar la policía, castigan con furor y reprimen a los liberales de los alrededores y se distinguen, tal vez más que otros similares, en la ira que se desborda durante el bogotazo. En muchas regiones colombianas se multiplican los hombres armados, vestidos con el uniforme policial, que persiguen liberales haciendo gala de crueldad e intolerancia. Chulavita pasa, entonces, de ser un referente geográfico a designar al grupo armado conservador que persigue liberales. Pero por su vinculación con la policía y el gobierno conservador, no falta quien vea en los chulavitas a los antecesores históricos del paramilitarismo.

Claro que habrá una respuesta armada del liberalismo y se definirán así las designaciones de las dos tendencias de violentos campesinos: chulavitas, godos o pájaros para los hombres armados afectos al conservatismo y collarejos, rojos o cachiporros para los simpatizantes del liberalismo.

Muchos episodios, por desgracia, enlodan la imagen policial. Durante los llamados “sucesos del 6 de septiembre”, cuando se incendian los periódicos El Tiempo y El Espectador y se asaltan las casas de López Pumarejo y Lleras Restrepo, la policía del gobierno conservador participa en los desórdenes. El muy leído Luis Eduardo Nieto Caballero, Lenc, autor de las Cartas clandestinas, en carta dirigida a Roberto Urdaneta Arbeláez, en ejercicio de la presidencia entonces, y con fecha octubre de 1952, le dice: “Fueron `El Tiempo´ y `El Espectador´, diarios incendiados el 6 de septiembre en el crimen oficial más descarado que registren nuestros anales, los que usted ocupó con sus discursos, con sus descargos y los que combatieron en defensa de su nombre y de su pulcritud, contra la saña de los mastines de `El Siglo´ que lo despedazaban…”. Y luego de describir los incendios de los diarios capitalinos menciona los sucesos en la casa de Lleras Restrepo con ésta observación: “Amigos que estaban en la esquina me contaron que el Alcalde, señor Briceño Pardo, llegó a contemplar el incendio. Su única exclamación, no obstante ser primo del doctor Lleras Restrepo, fue: “Cómo arde de sabroso. Ahora sí comprendo el goce de Nerón”. Otros menos estetas, pero más prácticos, echaban gasolina y fósforos encendidos. Las llamas se levantaban voraces, envolvían una cortina, un tapiz, un armario y volvían a apagarse. “Más gasolina, teniente”, gritaba uno de los del trabajo…”

Si. Más gasolina, teniente. Sobran los comentarios.

Ya antes, los campesinos habían dejado germinar sus odios y por eso aparecen los primeros comandantes bandoleros. La división liberal le devolvió el poder al partido conservador en 1946 que lo había perdido en 1930. De entonces se conocen los más temibles nombres de los jefes bandoleros de uno y otro partido, pues en las poblaciones de mayoría roja se persigue a los azules y en las de mayoría conservadora a los liberales. De aquellos años proceden Efraín González Téllez alias “Don Juan”, “El Viejo”, “El Tío” o “Siete colores”, de extracción conservadora y Teófilo Rojas alias “Chispas”, liberal, en el Quindío pero cuya acción registra antecedentes en el Tolima y Boyacá pues los campesinos se ven forzados a buscar y utilizar las armas, rudimentarias y toscas, para su autodefensa. Luego, como en alud incontenible, se suceden los hechos y empiezan su macabro desfile los personajes designados con los apodos particulares más significativos: “Sangrenegra”, “Chispas”, “Capitán Ceniza”, “Pedro Brincos”, “Tarzán”, “Zarpazo”, “Capitán Venganza”, “Desquite”, “Mayor Mediavida”, “Almanegra”, “Tirofijo”, “Raya”, “El Mico” o “El Diablo”.

Cambian los tiempos, no cambian los hombres sino sus costumbres. Más gasolina teniente… más dinero, general. De chulavitas a santoyos, el problema más que de insignia, de graduación, de gasolina o dinero, es de principios. Y estos subsistirán en las gentes buenas en todas las escalas de la humana sociedad. Pero faltarán también en todos los estratos, en todos los niveles de la misma. Héroes anónimos que atienden en forma rudimentaria un parto, que cambian su vida por la de unos niños indefensos, que mueren por las balas asesinas del emboscado, que son tratados con sevicia en las cuevas de los secuestradores, que son despedazados por las bombas. Pero entre los cuales también existen los sinvergüenzas que atizan el fuego de la hoguera o se venden al narcotráfico o al paramilitarismo: más gasolina, teniente… más dinero, general.

jrenriquezs@yahoo.com

San Juan de Pasto, 23 de agosto de 2012

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