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El primer golpe del TLC

Por Eduardo Sarmiento Palacio  

Cuando se realizó la apertura económica en 1991, se presentó una entrada masiva de alimentos que fue atribuida por el Gobierno a fenómenos climáticos y más tarde se extendió como pólvora en todo el sector.

En menos de un año el área agrícola cayó en la cuarta parte y hasta ahora no se ha recuperado.

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Por Eduardo Sarmiento Palacio  

Cuando se realizó la apertura económica en 1991, se presentó una entrada masiva de alimentos que fue atribuida por el Gobierno a fenómenos climáticos y más tarde se extendió como pólvora en todo el sector.

En menos de un año el área agrícola cayó en la cuarta parte y hasta ahora no se ha recuperado.

¿La historia se repite? Luego de que los gobiernos señalaran que había tomado todas las precauciones que el experimento no les significa mayor amenaza al sector, la firma del TLC se saludó con un aumento de las importaciones de alimentos de más del 35%. En el primer trimestre las compras externas de leche y productos lácteos se incrementaron 1.000%, las de confitería 300%, las de molinería 80% y las de frutos comestibles 34%. El Ministerio de Agricultura salió a desvirtuar las cifras, diciendo que las importaciones de materias primas agrícolas destinadas a la industria, como los cereales, disminuyeron. Lo uno no contradice lo otro y, en conjunto, confirman el peligro del TLC. El tratado contempla una reducción gradual de los aranceles y establece cupos máximos de importación para las materias primas agrícolas, pero elimina de un tajo las tarifas de los productos finales. Los intermediarios, ni cortos ni perezosos, procedieron a traer las materias primas por la vía de los productos finales abaratados, disparando las importaciones de confites, leche, carne y café.

Sin duda, el mayor desacierto de la negociación se realizó en la agricultura. Mientras Estados Unidos mantiene los subsidios, Colombia baja los aranceles en un promedio de 13% y en muchos casos hasta en 30%. Mal podría esperarse que semejante determinación pueda ser contrarrestada con medidas puntuales, como el gradualismo en el desmonte arancelario. Por lo demás, una década es un período corto para reducir las enormes diferencias de productividad acumulada durante medio siglo, y más, sin disponer de un marco institucional para llevarlo a cabo. A Brasil le tomó varias décadas realizar los avances tecnológicos que hoy le permiten producir los cultivos temperados en el trópico dentro de condiciones similares a las de Europa y Estados Unidos.

La lección de los últimos 20 años no sirvió para avanzar en un diagnóstico realista de la agricultura. En virtud de que el país dispone de tierra abundante, se consideró que estaba en condiciones de especializarse en un número reducido de productos tropicales e inundar el mundo. Pero la demanda de estos productos es limitada. El país no tiene más opción que producir cereales y derivados de la ganadería para emplear la tierra y la mano de obra disponible.

Ahora, se está viendo, incluso por los mismos funcionarios, que los negociadores incurrieron en el error de libro de texto que presume que los acuerdos de libre comercio son un intercambio de bienes distintos en que cada país tiene ventaja comparativa sobre el otro. La realidad es totalmente distinta. Basta examinar las cuentas externas de Colombia o de cualquier otro país para advertir que el grueso del intercambio comercial se presenta en productos que son elaborados en todos los lugares. Las posibilidades del desarrollo agrícola están precisamente en la competencia para producir los bienes temperados, como cereales y derivados de la ganadería, que son los que ofrecen mayor demanda mundial.

El TLC constituye un serio obstáculo para enfrentar esta competencia, porque coloca al país en clara desventaja con Estados Unidos, que tiene una productividad varias veces mayor y recibe la gabela de los subsidios. El disparo de las importaciones en los tres primeros meses del año es el anticipo de un experimento que abarata las compras externas a cambio del empleo y la producción nacional.

El Espectador, Bogotá. Junio 10 de 2012.

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