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Esguerra y la carta al Niño Dios

Por Jaime Enríquez Sansón   

Decían nuestros abuelos que el que la hace la paga. Y el ahora ex ministro y venerable hermano masón Juan Carlos Esguerra, acaba de pagar su impertinencia y desaforada locuacidad de hace unos días cuando menospreció el derecho infantil a la educación, quedándose mudo en el momento en el que debía hablar.

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Por Jaime Enríquez Sansón   

Decían nuestros abuelos que el que la hace la paga. Y el ahora ex ministro y venerable hermano masón Juan Carlos Esguerra, acaba de pagar su impertinencia y desaforada locuacidad de hace unos días cuando menospreció el derecho infantil a la educación, quedándose mudo en el momento en el que debía hablar.

No es lo mismo dirigirse a la plenaria del congreso que a doce forzudos congresistas. En la primera situación, los honorables están en masa, distraídos como siempre, hablando por celular o jugando solitario en sus computadores; comiendo, rascándose simiescamente la cabeza, conversando con el vecino de al lado, durmiendo un motoso parlamentario o en cualquier otro afán de esos propios de su dignidad. En la segunda situación se halla frente a frente a los doce fieros varones de la política. Fieros, digo. Atentos, a la caza de cualquier gesto inapropiado, como esos curtidos Doce del patíbulo que vimos en la añeja producción cinematográfica que van al rescate de no me acuerdo qué sabio.

El ex ministro se encogió un poco más ante esos doce próceres. Él que sólo tiene gran talla intelectual, debió sentirse apurado para sostener esas miradas que aún ahora parecen desafiarnos desde el árbol en donde los han colgado los caricaturistas, en irreverente alusión a los micos. Los micos textuales, por supuesto. Pues ninguno de ellos creo – menos los honorables conservadores – que se sientan seguidores de Darwin. Porque esa es una teoría fea, que puede ofender su dignidad. Y que por lo mismo aquí no es ni siquiera procedente revolver.

Si. Debió ser malo el rato del ministro frente a los Doce: doce como los apóstoles, aunque éstos no eran tan estudiados, ni tan ilustres, ni tan simpáticos como nuestros congresistas. ¡Qué comparación! Si hasta bandidos hubo entre los apóstoles. Un cobrador de impuestos, unos pescadores ilegales, unos (que Jesús llamó “hijos del trueno”) con tendencias subversivas, hasta un suicida.

Pero doce al fin. ¡Y qué sapiencia la de los doce! Hábiles, habilísimos y habilidosos en transitar ese laberinto, esos vericuetos de la letra menuda, la letra de la ley. Diestros en los retruécanos y las minucias del código. Ojo avizor todos para pescar la perla, el gazapo. Para pegar donde se debe. Para acertar en el blanco. Al fin y al cabo estaban encargados por el resto de sus honorables colegas, de quisicosas como la puntuación, la palabreja que falta aquí o que sobra allá. Las artes menores, me dijo uno de ellos. Era cuestión de pulir. Todo se reducía a coser y cantar.

Y, claro, a lo que vamos: cosieron y cantaron. Cosieron los párrafos, agregaron una pequeñez, una minucia, en un párrafo, usaron el lapicero en otro y cuando miraron ceñudos y muy serios al ministro, éste no tuvo más que sonreír de lado, reconocer su conformidad y salir, también muy serio y muy majo, hacia la colina de su deshonra. Porque los traviesos Doce honorables, el súmmum de la conciencia parlamentaria colombiana, le habían hecho una mala seña (léase pistola) a la buena fe y tal vez sin darse cuenta de que los colombianos no somos tan bobos como nos creen, incorporaron al texto de la reforma constitucional a la justicia, los micos que ahora les acompañarán mientras vivan y que con toda seguridad les exhibirán en las pancartas y carteles de la próxima campaña electoral.

Las minucias de lo aprobado las dejo a los entendidos. A los juristas y sabios de la ley. Sólo quiero, para volver al principio, que mis lectores noten cómo en la vida no se puede ser tan sobrado al tocar temas como el del sagrado derecho a vivir que tienen los niños. Y ahora si que el ex ministro Esguerra va a tener que escribir una larga carta. De pronto no tanto al niño Dios, que seguro le habrá perdonado su salida de tono, esa cuchufleta herodiana con la que menospreció la alimentación infantil. Va a tener que escribir una carta al país, a su patria, a los suyos, incluso a sus también venerables hermanos de la Gran Logia, para pedir perdón por lo que estuvo a punto de permitir que se haga. Y por cuanto vaya pasar en el país en adelante, que puede ser una cosa muy gorda pues los colombianos, repito, no somos tan bobos como tal vez nos hacen parecer los resultados electorales.

¡Ah! Y esa carta pidiendo perdón que ojalá también la firmen los doce de los micos. Tal vez ahora en ese texto si coincidan entre sí y con la dignidad de los colombianos de bien.

Altos de la Colina, en el onomástico de San Juan de Pasto, año 2012.

jrenriquezs@yahoo.com

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