Por Reinaldo Spitaletta
La violencia ha llenado a Colombia de fosas comunes. Ríos, escombreras, platanales, llanuras y montañas, convertidos en cementerios forzosos, testimonios de una larga barbarie, muchos de ellos sin desenterrar todavía, dan cuenta de infinitos dolores y crímenes a granel.
No ha sido extraño en Colombia que los victimarios jueguen al fútbol con la cabeza de alguna de sus víctimas, como ocurrió, por ejemplo, en la masacre de El Salado, propiciada por los paramilitares. En los Montes de María, en una de las muchísimas matanzas que ha habido en este país de asesinos y mentirosos, los paracos exterminaban a punta de moto sierra, destornilladores, machetes, cuchillos (sin contar la fusilería), mientras se emborrachaban y escuchaban canciones a todo volumen.
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