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Gobierno de Santos, auténtico vocero del neoliberalismo no tiene capacidad para construir una paz sostenible: Clara López

“¿Podemos administrar el posconflicto con el modelo económico neoliberal? ¿Pueden los voceros auténticos del neoliberalismo proyectar, gestionar y administrar exitosa y constructivamente el complicado periodo del posconflicto que se avecina, en el cual se deben sentar las bases económicas y sociales para construir una paz sostenible y duradera? La respuesta es contundente. La respuesta es  NO”. Así se manifestó en un aparte de su intervención ante el Congreso de la Paz reunido en la Universidad Nacional de Colombia,

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“¿Podemos administrar el posconflicto con el modelo económico neoliberal? ¿Pueden los voceros auténticos del neoliberalismo proyectar, gestionar y administrar exitosa y constructivamente el complicado periodo del posconflicto que se avecina, en el cual se deben sentar las bases económicas y sociales para construir una paz sostenible y duradera? La respuesta es contundente. La respuesta es  NO”. Así se manifestó en un aparte de su intervención ante el Congreso de la Paz reunido en la Universidad Nacional de Colombia,

la candidata presidencial del Polo Democrático Alternativo, Clara López Obregón.

Tras hacer un recuento de la oscura realidad socioeconómica nacional y los avatares por los que están atravesando las negociaciones de paz en La Habana, López Obregón reconoció que si bien el gobierno de Juan Manuel Santos dio una paso positivo en concretar los diálogos con la guerrilla de las Farc, planifica sin embargo, en forma ostensible, crear las condiciones para su reelección.

Reelección del modelo neoliberal

“No se trata de un proceso de reelección cualquiera. No se trata simplemente de la reelección de una persona, en este caso del presidente Juan Manuel Santos o de uno de sus alfiles. Se trata de la reelección de un modelo político, económico y social. Se trata de la reelección del modelo neoliberal, en crisis no solo en Colombia, sino en todos los países del llamado mundo occidental”, señaló en forma categórica la presidenta del Polo Democrático.

Explicó que “el modelo neoliberal no es ni puede ser el sustento material de la construcción de la Colombia que necesitamos reconciliada y en paz. Quienes histórica y tradicionalmente con sus políticas excluyentes, sectarias, anticomunistas y de dominación económica y militar han dirigido al país en el último siglo, son los principales responsables naturales de la violencia, constituyen el virus que ha enfermado a la sociedad colombiana que vive un proceso de descomposición que toca todos los ámbitos de la vida nacional. Ellos son los responsables de la desigualdad y de la violencia. Ellos son los responsables de la pobreza, del desalojo, de la acumulación de las tierras y de la riqueza en pocas manos. Francamente no tienen autoridad política y moral, ni la mentalidad de cambio para aspirar, mediante la reelección, a continuar rigiendo los destinos del país”.

Comisión de Verdad y Reconciliación

La aspirante presidencial consideró necesario que la Comisión de la Verdad prevista en el marco jurídico especial para la paz, “sea también una comisión para la reconciliación. Una verdadera Comisión de Verdad y de Reconciliación no fomente la retaliación sino que garantice la no repetición y que permita edificar caminos de paz, no sobre bases endebles de una reconciliación vacua de frases vacías, sino que implique el reencuentro de todos y todas las colombianas en un esfuerzo de metas y sueños compartidos”.

La paz supone cambio de modelo económico y renovación política

López Obregón fue enfática en señalar que la paz en Colombia supone el cambio de modelo económico y una renovación política y democrática. Para ello planteó la necesidad de impulsar un nuevo modelo participativo que, efectivamente, garantice el desarrollo nacional, “sustentado en un Estado estratega y comunitario, un mercado abierto y democrático y una solidaridad social eficaz y sostenible”.

Para alcanzar estos propósitos, la presidenta del Polo Democrático ratificó una vez más su invitación “a conformar una gran confluencia por el cambio capaz de reunir las mayorías necesarias para disputarle con éxito la Presidencia de la República a las fuerzas reeleccionistas, a las fuerzas continuistas, la las fuerzas refractarias del pasado”.

“El futuro de Colombia es promisorio, -puntualizó- si lo construimos de la mano de las fuerzas del cambio democrático”.

Texto del discurso

POLO EN CONGRESO POR LA PAZ
PAZ PARA EL CAMBIO
Palabras de Clara López Obregón en el Congreso para la Paz
Universidad Nacional, 19 de abril de 2013.

Saludo al Congreso de los Pueblos, a las organizaciones sociales y fuerzas políticas hoy presentes en la Universidad Nacional para debatir sobre el futuro de la paz en Colombia.

Existen varios modelos para concretar los acuerdos que permitan a la sociedad toda ponerse en la tarea constructiva de afianzar las condiciones, los fundamentos esenciales de una paz sostenible y duradera. Uno es el modelo tradicional que conjuga el verbo de la participación de una manera muy particular. Yo participo, tu participas, nosotros participamos, pero ellos deciden. Este Congreso busca abrir la deliberación pública democrática para que el conjunto de la sociedad no solamente sea escuchada sino que se convierta en parte de la solución. Un diálogo entre iguales políticos, sin exclusiones que celebramos todos y todas las demócratas de Colombia. Felicitaciones a los organizadores y organizadoras por esta iniciativa que reúne hoy a miles de voces y propuestas.

Quisiera empezar por compartir con ustedes que el Polo Democrático Alternativo, hoy presente en este acto de instalación con el pleno de su Comité Ejecutivo Nacional e importantes representaciones de las coordinadoras de Bogotá, Cundinamarca y otros departamentos del país; desde su misma fundación en el año 2005 con su ideario fundacional ha abogado por la solución política negociada al conflicto armado colombiano. En ese entonces, la inmensa mayoría de los colombianos y las colombianas se mostraban escépticos y veían la solución negociada como un imposible. El lenguaje del momento era de derrota o victoria militar. De una parte, las fuerzas militares del Estado, argumentando su propia legitimidad, acariciaban la posibilidad de una derrota unilateral del movimiento armado guerrillero. Fueron los momentos de la consigna del “Fin del fin” y de la estigmatización de quienes defendíamos la solución política como “guerrilleros de civil” o “terroristas camuflados”.

De otra parte, el movimiento armado guerrillero soñaba con derrotar militarmente a las fuerzas armadas oficiales y sobre sus cenizas edificar una revolución transformadora. Y nosotros que apenas nacíamos como una fuerza política civilista de oposición nos enfrentamos a ambos criterios afirmando que el conflicto armado no tiene solución militar y que la transformación que proponemos se tiene que conquistar en el terreno de la política, mediante la movilización social y lucha electoral.

Amigos y amigas. Desde ese año 2005, según cifras del CINEP,  el conflicto armado hacobrado alrededor de 750 combatientes muertos al año y no menos de 1000 infracciones anuales al derecho internacional humanitario, en una guerra sin perspectiva para ninguna de las partes lo que es lo mismo que afirmar, en una guerra sin sentido. Ahora Gobierno y FARC se encuentran en La Habana dialogando para concretar acuerdos que lleven al fin de este cruento conflicto armado y ante este Congreso por la Paz quiero reiterar que los polistas –todos- somos fervientes partidarios de la paz que se vislumbra, que se avecina. Esa es la razón por la cual nuestro III Congreso Nacional, que reunió en el mes de noviembre pasado a los 750 delegados y delegadas elegidas mediante consulta popular, que registró votos en 1056 de los 1.100 municipios del país; aprobó por unanimidad una resolución mediante la cual llamamos a las partes, al Gobierno y a las FARC, a que no se levanten de la mesa sin llegar a acuerdos y al Gobierno para que incorpore al ELN al proceso de acuerdos que allí avanzan.

Me gustaría entonar con fuerza las palabras de Nelson Mandela, por cuya libertad marché intensamente en mi juventud, aquello de que las personas valientes no temen perdonar por el bien de la paz. Por ello también reclamar que la Comisión de la Verdad prevista en el marco jurídico especial para la paz, sea también una comisión para la reconciliación. Una verdadera Comisión de Verdad y de Reconciliación no fomente la retaliación sino que garantice la no repetición y que permita edificar caminos de paz, no sobre bases endebles de una reconciliación vacua de frases vacías, sino que implique el reencuentro de todos y todas las colombianas en un esfuerzo de metas y sueños compartidos de democracia real.

Quisiera también que todos los que estamos hoy aquí y los demás que vemos al otro lado de la talanquera pudiéramos repetir con entusiasmo aquel otro enunciado de Mandela que invita a “alejarnos del pasado para concentrarnos en el presente y el futuro.”

Los diálogos y las perspectivas de paz se han precipitado y nos encuentran en una situación política complicada, compleja, llena de peligros  y de interrogantes. Se presenta precisamente en los momentos en que el Gobierno Nacional, quién ha dado un positivo paso en materia de entablar los diálogos, planifica en forma ostensible crear las condiciones para atornillar en el poder a su coalición gobernante de mesa de unidad nacional. Precisamente, en el día de ayer, el Presidente Santos hizo un anuncio sorpresivo: que se lanza a la reelección por dos años más y para despertar el apoyo de concejales, alcaldes, diputados y gobernadores propone prolongar el periodo actual y empatar a partir de 2016 todos los periodos de cargos de elección popular en una sola fecha de una mega elección y por periodos, inicialmente sin reelección, de seis años. Y para los escépticos remata con el ofrecimiento de una prima de mes y medio de sueldo adicional a todos los burgomaestres del país.

Es una maniobra de bajo vuelo que apunta a fortalecer el presidencialismo y va en dirección a terminar de recentralizar los hilos de la autonomía territorial, tocando el corazón de la democracia participativa en lo local y recomponiendo la estructura de poder del Estado colombiano, nuevamente en favor del centro y del exagerado presidencialismo. Definitivamente, al Presidente Santos hay que reclamarle que no se le puede creer nada pues apenas hace dos meses sostenía que en vísperas de elecciones no se debían cambiar las reglas de juego de las elecciones en gesto que malinterpretamos como democrático. Pero no, ahí estaba aupado el ventajismo de siempre.

Esto debe servirle a todas las fuerzas democráticas para alertarnos sobre los peligros que se ciernen sobre el futuro democrático del país, cuando una sociedad se ve incapaz de impedir que cada Presidente de la República, mediante un articulito, o una docena como en este caso, aceitado con las viejas y corruptas prácticas clientelistas, desbarajuste los pesos y contrapesos del poder en su beneficio, y de sumo, fortalezca las apuestas del continuismo frente a las posibilidades de una verdadera alternancia en el poder del Estado.

No se trata de una reforma constitucional o de un proceso de reelección cualquiera. No se trata simplemente de la reelección de una persona, en este caso del Presidente Juan Manuel Santos o de uno de sus alfiles. Se trata de una reforma constitucional ideada para la reelección permanente de un modelo político, económico y social de élites. Se trata de la reelección del modelo neoliberal, en crisis no solo en Colombia, sino en todos los países del llamado mundo occidental.

El modelo neoliberal ha llevado a que se registren altos indicies de desempleo en la vieja Europa, donde el capitalismo salvaje desplazó, sin pena ni gloria, a la propuesta social demócrata del Estado de bienestar. Un solo país, España, ya registra más del 23% de desempleo, similar al registrado en la peor etapa de la crisis de los años 30 del siglo pasado.  El desempleo total en Europa alcanza ya la increíble suma de 40 millones de personas aptas y formadas para el trabajo. Esos países, que hasta hace poco eran el refugio para el desempleo latinoamericano, hoy comienzan a emigrar vergonzosamente a los países llamados subdesarrollados en busca de oportunidades. En toda Europa se en función de ese modelo excluyente, los gobiernos acuden a la austeridad, al recorte del gasto público social como fórmula de ajuste semejante a la que el Fondo Monetario Internacional le impuso a América latina en lo que se ha venido a conocer como la década perdida” en este continente La fórmula es la misma y los resultados también:  pérdida de capacidad adquisitiva de los ciudadanos, desigualdad creciente, pobreza, sufrimiento y destrucción del tejido familiar y social y quién iba a pensarlo, violencia y guerras. Hasta se ha recuperado el lenguaje que Fukuyama quiso condenar al olvido pero aplicado en el corazón de la Unión Europea donde hoy se habla del centro próspero y la periferia dependiente.

Este panorama comienza a observarse también en el seno de la poderosa sociedad norteamericana, donde el desempleo comienzo a golpear a norteamericanos e inmigrantes y en donde proliferan con más frecuencia verdaderos actos de terrorismo que reflejan un proceso de descomposición política y social, todo ello producto del modelo de desarrollo neoliberal copado por el afán de lucro y la codicia en forma ostensible y en donde la reproducción artificial de la emisión de dinero favorece casi exclusivamente al sector financiero de la economía mundial.

La pregunta que yo les hago desde aquí, desde esta importante iniciativa del Congreso de la Paz es la siguiente: ¿Podemos administrar el posconflicto con el modelo económico neoliberal y la democracia recortada que le es funcional? ¿Pueden los voceros auténticos del neoliberalismo proyectar, gestionar y administrar exitosa y constructivamente el complicado periodo del posconflicto que se avecina, en el cual se deben sentar las bases políticas, económicas y sociales para construir una paz sostenible y duradera? La respuesta es contundente. La respuesta es NO.

El modelo neoliberal y la democracia formal en que se finca no son ni pueden ser el sustento material de la construcción de la Colombia que necesitamos reconciliada y en paz. Quienes histórica y tradicionalmente, con sus políticas excluyentes, sectarias, anticomunistas y de dominación económica y militar han dirigido al país en el último siglo, son los principales responsables naturales de la violencia, constituyen el virus que ha enfermado a la sociedad colombiana que vive un proceso de descomposición que toca todos los ámbitos de la vida nacional. Ellos son los responsables de la desigualdad y de la violencia. Ellos son los responsables de la pobreza, del desalojo, de la acumulación de las tierras y de la riqueza en pocas manos. Ellos son los responsables del déficit de democracia que ahora pretenden ahondar. Francamente no tienen autoridad política y moral, ni la mentalidad de cambio para aspirar, mediante la reelección y el golpe de gracia institucional, a continuar rigiendo los destinos del país.

La paz supone una renovación política y democrática. Parodiando a Jorge Eliécer Gaitán, la reconstrucción democrática, económica, social y moral tenemos que colocarla en manos de las nuevas fuerzas políticas que se abren paso en Colombia, como lo han hecho los pueblos de América Latina, con vientos de transformaciones económicas y democráticas, con vientos de lucha por la inclusión social y política, con vientos de lucha por la igualdad, con vientos de paz y soberanía. Con un nuevo modelo participativo de desarrollo nacional en palabras de Silva Colmenares, sustentado en un Estado estratega y comunitario, un mercado abierto y democrático y una solidaridad social eficaz y sostenible.

No es sino ver a PIPE. Un diminutivo enano para afrontar la crisis que azota al pueblo colombiano. Mientras se anuncia el Plan de Impulso a la Productividad y el Empleo, se notifica también lo que se ha convertido en uno de tantos flagelos para el pueblo colombiano. Se anuncia una nueva alza de la gasolina porque la imaginación no les da para nada distinto que cargarle a los débiles el peso del ajuste económico causado por el afán especulativo de los poderosos. El alza de la gasolina se ha convertido en el “gota a gota” que afecta directamente la capacidad adquisitiva de los consumidores y en una traba real para el desarrollo y la competitividad de la industria nacional. Junto con las altas tarifas de la electricidad privatizada, pagamos la energía más cara del continente y tal vez del mundo, con excepción, eso sí de las grandes las empresas mineras multinacionales que gozan de precio reducido especial.

Hay que decirlo con franqueza. El modelo no solo afecta a los desocupados, a los asalariados e informales, sino también a sectores empresariales muy importantes de la economía colombiana. Es increíble que se insista en firmar más y más tratados de libre comercio. Ya está en el orden del día del Congreso el TLC con Corea. Estos instrumentos de manera mañosa están convirtiendo a nuestros industriales en importadores y destructores de empleo, para no hablar de los empresarios del campo. Ahí está el caso patético de los cafeteros sometidos a un proceso de extinción gradual por cuenta del llamado postulado de las ventajas comparativas. Pensar que los cafeteros han tenido que levantarse a pelear en las calles por su supervivencia como artífices de un reglón económico que había el corazón de la economía colombiana. Muchos otros empresarios de la agricultura como los algodoneros, los arroceros, los maiceros y  cacaoteros, sufren las consecuencias de la competencia desleal de importaciones en un mercado abierto incompatible con la locomotora minera y su revaluación rampante. La semana pasada estuve en Córdoba y tuve la oportunidad de conversar con empresarios del campo de todos los tamaños, desde grandes cultivadores hasta minfundistas esforzados y puedo decirles que para desgracia de todos, la agricultura en las mejores tierras de Colombia como en tantos otros lugares de la geografía nacional, está en crisis y amenaza la misma supervivencia de los empresarios agrícolas. Es que el modelo neoliberal es así, es el capitalismo salvaje en plena actuación, expropiando en función de grupos financieros especuladores las tierras hipotecadas en créditos impagables, que durante el gobierno de Pastrana recibieron por segunda vez en diez años de 20 puntos del PIB en su salvamento por parte del Estado, lo que significa una bofetada a la pobreza de nuestro pueblo y que ahora tratan de revivir con el ropaje falso del PIPE.

Son estas razones, son estos hechos, los que permiten advertir que las fuerzas democráticas no deben desviar el rumbo. La firma de los acuerdos de la Habana que tenemos a la mano, nos abre una bifurcación en el camino: la paz para el cambio democrático  o la paz para el continuismo. No podemos rehuir este debate. Por ello reitero ante este Congreso por la Paz el llamado que es mandato del III Congreso del PDA a la confluencia de todas las fuerzas de la izquierda de Colombia, y más allá de la izquierda, a los todos y todas las demócratas del país, a conformar una gran confluencia por el cambio capaz de reunir las mayorías necesarias para disputarle con éxito la Presidencia de la República alas fuerzas reeleccionistas, a las fuerzas continuistas, a las fuerzas refractarias del pasado. El futuro de Colombia es promisorio: si lo construimos de la mano de las fuerzas del cambio democrático.

Viva el Congreso por la paz

Viva Colombia

Arriba la esperanza que el futuro nos pertenece.

Bogotá.

 

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