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¿Las bonanzas de la Orinoquia?

Por Manuel Rodríguez Becerra  

La rápida transformación que está sufriendo la Orinoquia evidencia las grandes oportunidades que brinda la región para el desarrollo de la región y de Colombia. Pero también nos está indicando los riesgos sociales y ambientales que se corren si las formas de transformación predominantes continúan su curso,

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Por Manuel Rodríguez Becerra  

La rápida transformación que está sufriendo la Orinoquia evidencia las grandes oportunidades que brinda la región para el desarrollo de la región y de Colombia. Pero también nos está indicando los riesgos sociales y ambientales que se corren si las formas de transformación predominantes continúan su curso, puesto que podrían generar nuevas situaciones de inequidad e injusticia social, producir daños irreversibles a su rica biodiversidad y a su sistema hídrico, y actualizar la violencia que ha azotado a la región.

Y es que estos escenarios son altamente probables, si nos atenemos a la experiencia histórica, puesto que en Colombia la apertura de sus fronteras económicas siempre ha estado acompañada de indecibles violencias, despojo de los más vulnerables, y destrucción ambiental, como lo recuerdan los casos del Caquetá, del Urabá antioqueño y del Magdalena Medio.

En las últimas décadas del siglo pasado, la transformación de los Llanos Orientales estuvo marcada principalmente por la explotación petrolera, en particular en Arauca y Casanare. Pero sus potenciales beneficios sociales se han esfumado, entre otras, como consecuencia del pillaje y la dilapidación de las regalías. Y entre las oportunidades perdidas, se encuentra la de construir sus ciudades y poblaciones de conformidad con los mejores patrones urbanísticos, en lugar de las muy precarias y pobretonas que se están conformando.

A su vez, los impactos ambientales, directos e indirectos, de la exploración y explotación petrolera parecen ser en balance negativos, entre los que hay que contar los producidos por los miles de atentados del Eln contra el oleoducto Caño Limón-Coveñas, que por estos días se han reactivado. Infortunadamente, este conjunto de impactos no han sido examinados globalmente para contar con una necesaria referencia para el desarrollo del sector de hidrocarburos, ahora que se está impulsando en los otros departamentos de la Orinoquia y en particular en el Meta.

Los impactos sociales y ambientales de la nueva bonanza no parecen hoy muy diferentes a los del pasado reciente, así llaneros y migrantes expresen su satisfacción en los cientos de comerciales de radio y televisión de Pacific Rubiales, una empresa que se vende como la más representativa de la nueva era del Llano, cuando hasta pocos días antes de iniciar tan agresiva campaña su desempeño fuera fuertemente cuestionada.

Y en la nueva era de exploración y explotación petrolera, a la que se suma ahora la minera, el otorgamiento de bloques y títulos se ha adelantado sin un ordenamiento ambiental previo, indispensable para establecer qué áreas deben excluirse de estas actividades, una situación que, de continuar, conllevará el inevitable sacrificio de ecosistemas que son estratégicos para la región en virtud de su riqueza en biodiversidad y aguas, y de los servicios ambientales que prestan. Es urgente que, entre muchas medidas necesarias, se declaren nuevos parques nacionales y regionales en la Orinoquia, región que cuenta con mucho menos áreas protegidas representativas de sus ricos paisajes y ecosistemas que el resto del país.

Parte central de la rápida transformación de la Orinoquia es la agroindustria, iniciada con los cultivos industriales de arroz y de palma de aceite, y las plantaciones forestales, en las últimas décadas del siglo pasado. Se anuncia que se dedicarán 10 millones de hectáreas a la actividad agrícola, un hecho sin precedentes que ofrece la oportunidad de que se adelante en una forma socialmente justa y ambientalmente sostenible y con respeto por la historia de la región y de sus habitantes. Pero, infortunadamente, esta locomotora agrícola, a similitud de la minero-energética, se está moviendo en la dirección contraria. ¿Estamos aún a tiempo para corregir la marcha de estas locomotoras que parecen desquiciarse cada vez más?

El Tiempo, Bogotá, 16 de diciembre de 2012.


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