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¿Quiénes serán los culpables?

Por Jaime Enríquez Sansón   

El caso del ataque a la Constitución ha producido las más airadas reacciones en los ciudadanos de bien tal y como se refleja en los textos que circulan gracias a las redes sociales. Dichas reacciones van de la caricatura a la frase mordaz pasando por los epítetos más agresivos y las sugerencias más radicales.

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Por Jaime Enríquez Sansón   

El caso del ataque a la Constitución ha producido las más airadas reacciones en los ciudadanos de bien tal y como se refleja en los textos que circulan gracias a las redes sociales. Dichas reacciones van de la caricatura a la frase mordaz pasando por los epítetos más agresivos y las sugerencias más radicales.

Tal pareciera que estamos a punto de un sacudón institucional no visto en la historia colombiana mientras los directamente involucrados, salvo el presidente y el ministro de justicia, pasan de agache a la espera de la amnesia usual en Colombia y del efecto soporífero del tiempo (no el de los Santos) al que se debe la reiterada elección de los mismos en las mismas regiones del país.

Pero el paso de los días no puede llevarnos al olvido. Por eso es importante volver sobre lo acontecido en los últimos meses para fortalecer la memoria, para dar claridad a los hechos y para aproximarnos a la identificación de los responsables de lo ocurrido.

La estrategia de la tortuga

Todo empezó con la utilización de la estrategia de la tortuga. Ese simpático quelonio de cabeza en apariencia malvada, camina con lentitud, con paciencia, de manera imperturbable. Si llueve o presiente peligro, esconde sus partes vulnerables dentro del caparazón y permanece quieto a la espera del cambio de situación. Semejante comportamiento lo vimos en el congreso en los meses durante los cuales se adelantó la discusión sobre la reforma a la Justicia y fueron pocos los senadores o representantes con actitudes radicales y francas que, por lo mismo, los llevaron a salir derrotados a la hora de contar votos y aprobar decisiones. El propio aparato estatal se movió como una inmensa tortuga que aplastaba, sesión tras sesión y debate tras debate, cualquier forma de oposición o resistencia. Hasta la olvidada provincia llegaron los vientos de la reforma y por ello se invirtieron millones y millones de pesos en conferencias, conversaciones, foros y exposiciones con los cuales la gente del común, los académicos otrora olvidados, los juristas de los pueblos y de las pequeñas ciudades, se sintieron involucrados en el audaz proceso y creyeron que al fin se había descubierto la panacea jurídica gracias a su aporte. Todos se sentían tenidos en cuenta, todos buscaban o se reconocían autores de esa letra, de esa coma, de esa diéresis marcada en el documento conocido poco a poco, a paso lento, como es lento pero seguro el paso de la tortuga.

Los feos dientes del basilisco

Pero como en unos terribles y casi olvidados tiempos, la tal tortuga empezó a mostrar su verdadera identidad. Se asomaron los feos dientes del basilisco, monstruo mítico del cual muchos colombianos de ahora apenas si habían oído hablar. Por eso hubo protestas en las Altas Cortes, por eso se levantaron cortinas de humo en los pasillos del Congreso, por eso fue necesario hacer eso denominado con el feo anglicismo de “lobby”: una vergonzosa antesala, una repulsiva espera en el vestíbulo de los hoteles o edificios públicos con zalemas, besamanos, canapés, brindis, promesas inconfesables o no publicables, compromisos y concesiones.

De allí, del “lobby” salieron con toda seguridad las acciones legales denunciadas por el presidente Santos en declaraciones a Caracol TV, según las cuales, antes del fatídico miércoles de la conciliación ya se pedía la libertad de algunos detenidos por orden judicial. Pero este es asunto para tratar con despacio más adelante.

En la novena fue la vencida

Largos días, interminables noches, exhaustivos esfuerzos por reconciliar los intereses y aclarar los conceptos. En ocho sesiones de las comisiones primeras de la Cámara, del Senado y plenarias de esos mismos cuerpos legislativos, se maduró un documento al cual las mayorías oficialistas declararon listo para convertirse en Reforma Constitucional. Sólo quedó, luego de la octava jornada, una pequeña diferencia de redacción, “artes menores” como diría uno de los conciliadores. El caso se debía reducir a poner de acuerdo uno que otro tiempo verbal, aquella conjunción, esa preposición, tal vez una virgulilla o una tilde. Cosas de la sintaxis. Pero en la novena fue la vencida, pues la misma ley prevé que en casos de esas diferencias textuales, repito, textuales, un grupo de prohombres llamados conciliadores, ponen de acuerdo el escrito. Se escogen para el efecto a los más serios, a los más sesudos, a los más conocedores de la ley, a los de probada honorabilidad, a los de una reputación acrisolada.

La mujer que me diste…

¡Y ahí fue la debacle! En la novena jornada, como dirían los escritores de las novelas medievales, mordió el basilisco y se derrumbó todo ese andamiaje de la seriedad, del buen seso, del acatamiento a la ley, de la honorabilidad, de la reputación, del crisol. Y la conciliación incluyó fragmentos abusivos, textos no acordados. Problema más que de sintaxis, de sindéresis. Y el escándalo fue provocado por el propio presidente de la República quien de inmediato decidió asumir una riesgosa pero debida responsabilidad política y enterrar la malhadada reforma por culpa de los tres o cuartos breves apartes incluidos de manera abusiva por los conciliadores.

Entonces éstos, los conciliadores, salen a decir que el Ministro sabía, que el gobierno estaba de acuerdo, que ellos no eran los únicos responsables de lo ocurrido. Nos recuerdan estos ínclitos legisladores el texto bíblico: “La mujer que me diste me hizo comer la manzana” habría dicho Adán. Y Eva culparía a su vez a la serpiente. Y esta, con toda seguridad algo dijo, como en el cuento del gallo capón que se vuelve una retahíla de respuestas para distraer y confundir al interlocutor.

Nadie por callar ha ido preso

El romance castellano dice que nadie por callar ha ido preso. Pero estamos a un tris de que se derrumbe el dicho pues ya las investigaciones empezaron y las grandes mayorías del Congreso tendrán que hablar pues su silencio es sospechoso en alto grado. Aquí la cuestión no es de que si el presidente sabía o de si el Ministro entró, salió o no se enteró. Esos son distractores para envolatar el tema. La gravedad del asunto radica en las adiciones indebidas de los conciliadores, en el engaño de que fueron víctimas los demás congresistas, empezando por el joven Simón Gaviria que ha sido doblemente víctima: de los micos de la conciliación y de las cuchufletas de los colombianos.

Y es que eso de la solidaridad de cuerpo a ningún político o congresista le sienta bien. Ni es elegante eso de querer meternos el dedo a la boca a los colombianos, como pretende el senador Velasco del Cauca quien ante las investigaciones iniciadas en la Corte Suprema de Justicia alega que se va contra el derecho al voto secreto de senadores y representantes. Ese no es el asunto, ese no es el tema. La cuestión es el abuso cometido en la conciliación, las tres o cuatro cosillas anexadas bajo el manto de la noche. Y de eso alguien tiene que responder. Como tienen que responder o al menos opinar, el grupo de congresistas para quienes en menos de dos años el pueblo colombiano guarda la revocatoria por el simple y expedito procedimiento de no volverlos a elegir. Ni a ellos ni a sus delfines.

De cuanto ocurra en adelante, incluso de la seguridad de los críticos de los hechos, muchos tendrán que dar cuenta: a Dios y al pueblo. Y ante lo que pase o vaya a pasar, sigue la pregunta: ¿Quiénes serán los culpables?

jrenriquezs@yahoo.com

Julio 10 de 2012.

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