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La cámara indiscreta

Por Jaime Enríquez Sansón

En distintas ocasiones recordaba el presidente Turbay, cómo el Congreso Nacional de la República solía convertirse en escenario de candentes debates, muchos de los cuales terminaban con rudos enfrentamientos no sólo verbales sino hasta físicos. “El congresista – me dijo una vez – se abalanzó hacia mí con ánimo de agredirme.

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Por Jaime Enríquez Sansón

En distintas ocasiones recordaba el presidente Turbay, cómo el Congreso Nacional de la República solía convertirse en escenario de candentes debates, muchos de los cuales terminaban con rudos enfrentamientos no sólo verbales sino hasta físicos. “El congresista – me dijo una vez – se abalanzó hacia mí con ánimo de agredirme.

Pero yo lo detuve con un golpe”. Y añadió: “Por si acaso, yo en el bolsillo llevaba mi revólver”. Fueron épocas – como se diría de las barras futbolísticas de ahora – bravas. Épocas bravas, si, pero con al menos asomos de decencia. Porque poco tiempo ha vimos las payasadas de Moreno de Caro y se han escuchado después sus procaces afirmaciones sobre las aventuras que sostuvo en África, me figuro para complacencia de su jefe Uribe. Ahora la bravura tiene otros escenarios y por eso uno como que quisiera que se guardasen los registros fílmicos de los tiempos de Gaitán, de Laureano, de Los Leopardos, del maestro Valencia, de todos esos fogosos oradores que se extralimitaban en su oratoria pero que al fin y al cabo trazaron con dignidad los ásperos caminos de la democracia actual.

Ahora la situación es otra. Las intrigas palaciegas ahogan las voces de protesta de las minorías que tienen la razón pero siguen siendo las minorías. Convenios logrados con platados de lentejas, adobados con puestos, prolongación de períodos de ejercicio en los cargos y otras adehalas, cambian las posiciones, los fallos y los votos de magistrados, presidentes de las cortes, miembros del congreso.

Mientras tanto, las cámaras se han vuelto cada vez más indiscretas y nos muestran no los combates hidalgos por las ideas, sino las más pequeñas expresiones de la humana debilidad. Por eso uno no sabe si presencia una sesión del congreso o si está ante la transmisión de un partido de fútbol. En pantalla aparece un individuo que camina de un lado a otro. De pronto se rasca la cabeza, se arregla las medias, se arregla la ropa que le ciñe en salva sea la parte y si nota que lo están enfocando, lanza un salivazo al suelo. O es otro individuo que cabecea un motoso, juega distraídamente con un lápiz, se entretiene con el blackberry, atiende sonriente una llamada al celular, da posibles soluciones al solitario que le aparece en pantalla, mastica con los peores modales los alimentos que le han entregado en platos y con cubiertos desechables y si cae en cuenta que lo enfocan, sonríe torpemente y se pone a conversar con su vecino de al lado. Las tomas de las indiscretas cámaras suelen hacer eso que los entendidos llaman paneo: una mirada de conjunto, un rastreo que abarque el mayor número posible de personas, y entonces vemos o los movimientos de las barras cuando celebran un gol, el entrenador del Santafé en brazos de sus jugadores, o a los honorables congresistas que charlan sin poner cuidado al orador de turno, el otro miembro del congreso parado junto al presidente de la corporación a cuya curul se arrima coquetamente, mientras asistentes, ministros y funcionarios de medio pelo transitan de aquí para allá en ese que se ha denominado corazón de la democracia y sagrado recinto donde se aprueban las leyes. Lo cual es un decir, porque las leyes se aprueban en el palacio presidencial durante los desayunos de trabajo y a espaldas de la televisión, de las minorías y, por su puesto, del Juan Pueblo que por arte de birlibirloque algunos padres de la patria convierten en Juan Lanas.

Los camarógrafos van a mantenerse atareados, muy atareados en los próximos días. No porque vayan a presentarse candentes debates ideológicos con senadores o representantes pistola en mano, ¡líbrenos Dios!, sino porque vienen los partidos cruciales del fútbol profesional colombiano que entra en la recta fina con las consabidas celebraciones de los ganadores. Y porque además vendrán los debates en torno a los novecientos, léase bien, novecientos artículos de la peligrosísima reforma tributaria con aromas de TLC, que el gobierno no ha querido publicitar como se debía pero para cuya aprobación tendrán que menudear las invitaciones a Palacio, al Gun Club o a cualquier otro almorzadero con mozos de librea y peluquín a donde merecen asistir los señores congresistas de la coalición gobiernista y uno que otro indeciso, de aquellos que se mecen en el balancín del poder y definen a última hora, luego de un agotador pulso, el triunfo del palacio sobre la urna, el triunfo del poder sobre el querer, el triunfo del populismo sobre el pueblo. Manes de nuestra ruda democracia que ahora, mientras toma fuerza la censura que pretende aplicar a los medios Vargas Lleras, permite al menos que la pantalla chica se llene con las anchas espaldas de algún congresista en tránsito hacia el palco presidencial o las también anchas caderas de la señora que sirve tinto en el congreso.

Mayo 7 de 2012

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