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La crisis de la salud: en Colombia es más barato un ataúd que un remedio

Por Juan Gossaín / El Tiempo  

Colombia, campeón mundial en precios de medicamentos. Juan Gossaín cuestiona por qué las medicinas en este país cuestan dos veces más que en Europa.

Alfonsito aprovechó para encargarle unas medicinas a su hermano, que es hotelero y andaba de viaje por Europa. Alfonsito sabe lo que hace: su oficio es la administración de hospitales.

En una farmacia de Barcelona, cuya factura se tomó el trabajo de mandarme por correo, su hermano le compró diez cajas de Aprovel, un remedio para la presión arterial.

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Por Juan Gossaín / El Tiempo  

Colombia, campeón mundial en precios de medicamentos. Juan Gossaín cuestiona por qué las medicinas en este país cuestan dos veces más que en Europa.

Alfonsito aprovechó para encargarle unas medicinas a su hermano, que es hotelero y andaba de viaje por Europa. Alfonsito sabe lo que hace: su oficio es la administración de hospitales.

En una farmacia de Barcelona, cuya factura se tomó el trabajo de mandarme por correo, su hermano le compró diez cajas de Aprovel, un remedio para la presión arterial.

Las diez le costaron 77 euros con 90 centavos, que al cambio actual equivalen a 188.000 pesos. Eso significa, si Pitágoras no andaba por ahí diciendo chifladuras, que pagó 18.800 pesos por cada caja. Al hacer sus cuentas, la presión de Alfonsito empezó a bajar por primera vez.

Agárrense: en Colombia, con el mismo nombre, hecho por el mismo laboratorio, metido en el mismo empaque, con las mismas 28 pastillas de los mismos 150 miligramos, Alfonsito pagó $189.200 por la caja. Diez veces más. Mil por ciento de diferencia. Es así de monstruoso: aquí compras una sola caja con la misma plata que en España compras diez. ¿Por qué? Porque aquí nos pelan mansamente, como a las ovejas, y nadie se indigna.

Alguien podría decir que eso se llama contrabando. Yo sé que el contrabando es un delito castigado por la ley. Y sé que las leyes se hicieron para cumplirlas. Pero, ¿están obligados los colombianos a obedecer normas inicuas, que son un atropello y les hacen daño? Quién ha dicho que la gente tiene que dejarse morir solo porque no puede costear la codicia de los mercaderes. No toda ley es justa. (Aunque todo lo justo debería ser ley).

Un colombiano promedio no tiene con qué pagar el precio abusivo de los medicamentos. Ni para qué hablar de quienes ganan el salario mínimo, que son la inmensa mayoría del país.

La Comisión Nacional de Precios, para evitar, precisamente, que se cometieran los atropellos que venimos padeciendo, a mediados de los años sesenta estableció el sistema de control de precios de las medicinas. Pero fue suprimido en 1977, durante el gobierno de López Michelsen, el insuperable estadista cuyo centenario están celebrando en estos días sus adoradores.

Por cuenta suya, los pacientes colombianos, que son los colombianos más pacientes, han tenido que soportar la arbitrariedad durante cuarenta años. Los gobiernos siguientes, cortados con la misma tijera, tampoco se esforzaron mucho por revivir ese control. Finalmente crearon la Comisión Nacional de Precios de Medicamentos y Dispositivos Médicos –mucho nombre para poca cosa–, integrada por los ministros de Salud y de Comercio, y un delegado del Presidente de la República.
Ahora sí llegamos a donde teníamos que llegar. Porque, ante los excesos que se cometen, solo hay dos opciones, sin escapatoria posible: o dicha Comisión se convirtió en un rey de burlas, que se dedica a emitir disposiciones que nadie cumple ni nadie hace cumplir, o es ella la que autoriza esos precios desmedidos que cobran en las farmacias.

No me atrevo a pensar cuál de las dos posibilidades es peor. Se trata, en cualquier caso, de una auténtica omisión nacional.

Estas son algunas pruebas

Examiné cuidadosamente dos resoluciones distintas de la mencionada Comisión, la 001 del 30 de diciembre de 2011 y una más del año 2012. Tomé al azar algunos de los medicamentos cuyos precios máximos de venta al público aparecen en ellas. Luego los comparé con lo que de verdad cobran en las farmacias.

1) Dostinex. Sirve para normalizar la producción de leche después del parto. Caja de 8 Tabletas de medio miligramo. Precio máximo autorizado por el Gobierno: $89.982,50. Precio en una farmacia: $218.000.

2) Neurontín. Para convulsiones y dolores de nervios. Caja de 10 tabletas de 800 miligramos. Precio máximo autorizado: $30.804,50. Precio en una farmacia: $75.500.

3) Zoloft. Para ansiedad y depresiones. Caja de 20 tabletas de 100 miligramos. Precio máximo autorizado por la Comisión: $80.720. Precio en una farmacia: $177.900.

El otro cáncer

De las mismas resoluciones saqué luego dos ejemplos de medicamentos para el cáncer, que están entre los más costosos del mercado, y también los comparé con los de una farmacia colombiana, y, además, con dos del exterior.
Las diferencias, siempre en contra de los colombianos, me dejaron perplejo. Al drama propio de la terrible enfermedad, a los precios autorizados, que de por sí son impagables, y a los sufrimientos de la víctima y sus allegados, se agrega este saqueo. Es triste decirlo, pero los precios también son un cáncer.

1) Mabthera (solución para preparar infusiones). De 500 miligramos por 50 mililitros. Precio máximo según la Comisión: $4’680.575. En una farmacia colombiana: $5’360.000. En una farmacia de Aruba cuesta el equivalente a 3’228.500 pesos colombianos.

2) Herceptín de 440 miligramos. Polvo que impide la aparición de tumores. Según las resoluciones del Gobierno: $5’541.509,60. En una farmacia colombiana: $6’356.200. En una farmacia de Honduras: el equivalente a 3’605.000 pesos colombianos.

Estos precios producen agrieras. Para eso recetan Nexium. A propósito: Nexium, de 28 tabletas y 40 miligramos, para el reflujo estomacal, cuesta aquí 220.000 pesos. En Venezuela vale 60.000 pesos.

Título mundial

Ante estas infamias, uno está obligado a preguntarse si, además de los sobrecostos en los productos comerciales, que se consiguen en las droguerías, también nos apalean en la canasta del Sistema General de Salud, que les pertenece a todos los colombianos.

Allí es donde los laboratorios, nacionales y extranjeros, ponen sus medicinas genéricas. Y allí también tolera el Estado que se rían de sus resoluciones. Con razón los recursos nunca rinden ni alcanzan, pero sí se pierden.

La fundación Ifarma, una entidad independiente que se encarga de analizar estos problemas en América Latina y el Caribe, afirma textualmente que “Colombia ocupa el primer lugar mundial en precios de medicamentos, lo que está llevando a la quiebra del sistema de salud”.

Un antibiótico sin patente y de uso común, llamado ciprofloxacino, en China vale 31 dólares y en Colombia vale 131. Más de cuatro veces. “Los colombianos no tienen por qué seguir pagando más que el resto del mundo por salvar sus vidas”, concluye de manera rotunda el informe de Ifarma. La verdad es que aquí nadie controla a los grandes productores de medicamentos, ni a los importadores, ni a los vendedores.

Burlas a la Corte y a la gente

A partir del 2008, la propia Corte Constitucional ha impartido a los gobiernos de Uribe y Santos varias órdenes para que controlen los precios. Ambos gobiernos se dedicaron a dilatar esas órdenes para no cumplirlas. A nadie han arrestado por desacato.

No es por bajarles el ánimo, pero la situación, lejos de mejorar, está empeorando. Lo que se aprobó en la reciente reforma de la salud, hace unos cuantos días, es otra burla a la gente: volvieron a dejar para el futuro la solución del problema. El artículo 23 de esa ley dice que “el Gobierno establecerá una política farmacéutica nacional” y que “se regulará el precio de los medicamentos”.

Epílogo

Agobiado por tantas injusticias, víctima de tantos ultrajes, el pueblo colombiano no tiene esperanzas ni alimenta sueños. A duras penas le alcanza para alimentarse a sí mismo. Se va llenando de resentimientos. Se le apaga la luz de los ojos. Parece que ya no tuviera fuerzas ni para protestar.

–Los abusos son interminables –dice el médico Ulahy Beltrán, asesor de la contralora Morelli en temas de salud y seguridad social. La Contraloría ha establecido que las acciones de las autoridades, para controlar el precio de los medicamentos, son insuficientes, ineficientes y en ocasiones hasta inconvenientes.

El doctor piensa con calma. Luego agrega: “Lo que hay es una defraudación por parte de quienes se quedan con el dinero del público. Ante eso, la Contralora les envió ya una advertencia a quienes integran la Comisión Nacional de Precios”.

¿Y dónde diablos está la autoridad? Está persiguiendo al hermano de Alfonsito, para decomisarle las diez cajas de pastillas que trajo de España.

Por mi parte, lo único que me queda es repetir lo que dije en estas páginas, hace 17 meses, en febrero del 2012, cuando publiqué otra crónica sobre el mismo tema: en Colombia existen más posibilidades de morirse que de curarse. Porque en Colombia es más barato un ataúd que un remedio.

El Tiempo, Bogotá.

 

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