Por Juan Diego García
No es pequeña la tentación de considerar el exitoso desempeño de fuerzas políticas nuevas en las recientes elecciones en España como una prueba del vigor del sistema democrático ya que permite renovar el tejido político desplazando a los corruptos y a los responsables de una gestión gubernamental calamitosa para las mayorías sociales. En contraste aparecen los clamores catastrofistas de quienes describen a las nuevas fuerzas políticas como extrema izquierda, gentes inmaduras incapaces de manejar la cosa pública y demagogos que solo traerán caos y anarquía.
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