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La derrota de Angelino

Editorial de El Espectador   

El lunes pasado se supo por fin quién tomará las riendas en la dirección de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Siete votos consiguió el colombiano, vicepresidente de la República, Angelino Garzón, sucumbiendo ante el británico Guy Ryder.

El Gobierno insistió hasta la saciedad en que Garzón tenía unas posibilidades muy altas, cercanas al 60%, y que era un candidato muy fuerte, al que había que brindarle todo el apoyo posible.

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Editorial de El Espectador   

El lunes pasado se supo por fin quién tomará las riendas en la dirección de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Siete votos consiguió el colombiano, vicepresidente de la República, Angelino Garzón, sucumbiendo ante el británico Guy Ryder.

El Gobierno insistió hasta la saciedad en que Garzón tenía unas posibilidades muy altas, cercanas al 60%, y que era un candidato muy fuerte, al que había que brindarle todo el apoyo posible. Incluso, en alguna ocasión tildó de apátridas a quienes se oponían a dicha aspiración. Aun cuando a la vez le negó el apoyo a José Antonio Ocampo en su intención (postulada por otros países) de presidir el Banco Mundial, con la peregrina excusa de que todo el esfuerzo debía concentrarse en la candidatura de Angelino Garzón a la OIT, que sí tenía opciones.

Todo ese esfuerzo, no obstante, culminó en un rotundo fracaso. Los siete votos conseguidos son los mismos con que comenzó la campaña hace varios meses. No sirvió de mucho su periplo internacional. Las razones que se esbozan son múltiples: su hoja de vida era distinta a la de los otros dos candidatos. Mientras Garzón trabajó en sindicatos y en cargos gubernamentales, los otros se habían desempeñado como miembros activos de la misma OIT; su campaña fue deficiente: no tenía una política internacional clara, ni una estrategia publicitaria moderna.

Ahora el discurso gubernamental ha cambiado. El fracaso electoral se presenta como un gran éxito, en tanto que, se nos dice, los esfuerzos de campaña permitieron que el vicepresidente informara al mundo sobre la real situación laboral y sindical del país, a juicio de muchos injustamente estigmatizada a nivel orbital. Importante sin duda que se conozca la realidad nacional allende las fronteras, pero lo que la derrota de la aspiración del vicepresidente colombiano también indica es que ese discurso no fue convincente.

Y no solamente porque no estuviera bien expuesto, sino también porque quizás fue un apresuramiento comenzar a celebrar los avances, y pretender cobrarlos en el exterior, cuando el recorrido que falta es demasiado largo todavía. En ese sentido, sorprendió un poco la declaración del ministro de Trabajo, Rafael Pardo, cuando por estos días dijo que Colombia es uno de los países que más firma tratados internacionales sobre el tema laboral. Cabría preguntarse mejor: ¿qué ocurre con el cumplimiento de los mismos?

Antes de aspirar a la dirección de la OIT, entonces, Angelino Garzón debió enfocar sus esfuerzos (sobre todo por lo que su cargo simboliza) a proponer políticas laborales que ayuden a enmendar la precaria crisis que afrontan las personas que, por ejemplo, hacen parte del amplio mercado informal, sin acceso a ningún tipo de contraprestaciones legales. O a diseñar estrategias que terminen de una vez y para siempre con el acoso violento y las amenazas contra los sindicalistas en el país. En fin, a emprender acciones en lo que él más conoce: los derechos de los trabajadores.

Queda en el aire el monto que gastó Garzón en sus viajes de campaña, que ahora también nos dicen que correspondían a labores propias de su cargo como vicepresidente. Vaya, vaya, y todos convencidos de que Garzón estaba comprometido de cabeza con el éxito de su candidatura. Ya la Contraloría adelanta los estudios sobre los dineros públicos invertidos en esto, y es necesario que haya total claridad. Es obvio que Garzón debe estar frustrado, y en cierta medida lo está el país también, pero esta derrota, incluso, puede verse como una oportunidad para retomar una agenda que dejó a la deriva una vez quiso materializar su aspiración.

El Espectador, Bogotá, mayo 30 de 2012.

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