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La industrialización no se da gratis

Por Eduardo Sarmiento Palacio  

 

Recientemente surgió un amplio grupo de profesionales que cuestionan el atraso industrial y abogan por su recuperación y desarrollo. Sin embargo, la nueva actitud no hace suficientemente explícito que la evolución y el comportamiento de la industria son el resultado de las teorías

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Por Eduardo Sarmiento Palacio  

 

Recientemente surgió un amplio grupo de profesionales que cuestionan el atraso industrial y abogan por su recuperación y desarrollo. Sin embargo, la nueva actitud no hace suficientemente explícito que la evolución y el comportamiento de la industria son el resultado de las teorías

y el modelo que se aplicaron en los últimos 20 años.

 

 

El pensamiento dominante de los gobiernos ha girado en torno a la teoría de ventaja comparativa que establece que los países deben liberar el comercio para especializarse en los productos que pueden elaborar en las condiciones más favorables. En los estudios técnicos se encuentra que en Colombia la industria es la actividad que menos cumple con el requisito, porque revela la mayor diferencia de productividad con respecto al resto del mundo y la diferencia aumenta con la complejidad de los bienes. En consecuencia, los estímulos de mercado la relegan a tercer plano.

 

El avance de la industria en las décadas del 60 y el 70 se logró con una elevada protección que compensaba las desventajas con respecto a los países de mayor desarrollo. Lo que nunca se entendió es que la industria constituye la actividad de mayor potencial de productividad absoluta, generación de aprendizaje en el oficio y absorción tecnológica. En contradicción con lo que se proclamaba en las falsas teorías, los hechos se han encargado de demostrar que los países que crecen más rápidamente son los que exhiben mayor participación de la industria en el producto nacional.

 

El desempeño de la industria en los últimos años es lamentable. La participación en el PIB bajo de 20 a 10%. La producción está representada en una proporción creciente en importaciones de materias primas y bienes de capital. De acuerdo con la encuesta del DANE, el sector no ha generado un solo empleo en los últimos 20 años. Para completar, el país no ha pasado del segundo escalón de la escalera tecnológica.

 

Al ahogado no hay que buscarlo aguas arriba. El modelo de libre mercado que predominó en los últimos 20 años es el verdadero responsable del atraso. El desmonte arancelario, la eliminación del crédito dirigido, la revaluación y la proliferación de TLC colocaron al sector en clara desventaja con el resto. De acuerdo con la teoría de ventaja comparativa que domina las mentes de los neoliberales, el país prefirió concentrar la producción en la minería y los servicios, y adquirir la mayor parte del consumo industrial y agrícola en el exterior. En aras de abaratar las importaciones, se configuró un perfil productivo que mantiene el desempleo por encima de un dígito y más de la mitad de la población en la informalidad.

 

El tratamiento más displicente a la industria se dio en el plan de desarrollo de la actual administración al no incluirla entre las cinco locomotoras. Tan sólo ahora ante la evidencia de la insostenibilidad del modelo de minería y servicios, así como de la persistencia de los índices de desempleo y subempleo el Gobierno le ha vuelto la mirada a la industria.

 

En la actualidad, la restricción más grande para el progreso industrial es el TLC con Estados Unidos, que fue concebido para quebrar los encadenamientos industriales. Todo está hecho para que el país se especialice en unos pocos componentes de la cadena industrial. Así, la idea de buscar un desarrollo manufacturero alrededor de la minería se ve impedido por las normas del tratado que exigen la participación de las empresas estadounidenses en las licitaciones públicas.

 

En fin, el desarrollo industrial es un tema estructural que no se va a resolver con medidas coyunturales y en un plazo corto. Su viabilidad está condicionada a un cambio drástico en el modelo económico y en el pensamiento de sus ejecutores. Habría que dejar atrás muchos de los mitos de libre mercado.

 

El Espectador, Bogotá, 2 de septiembre de 2012.

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