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Los cuatro gigantes

Por Jaime Enríquez Sansón  

El psicólogo Emilio Mira y López (español pero nacido en La Habana, Cuba, y muerto en Petrópolis, Brasil), define la ira, el miedo, el amor y el deber como los cuatro gigantes del alma. En el alma colombiana tales gigantes han tomado en los últimos tiempos, una significación especial aunque acompañados de la risa,

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Por Jaime Enríquez Sansón  

El psicólogo Emilio Mira y López (español pero nacido en La Habana, Cuba, y muerto en Petrópolis, Brasil), define la ira, el miedo, el amor y el deber como los cuatro gigantes del alma. En el alma colombiana tales gigantes han tomado en los últimos tiempos, una significación especial aunque acompañados de la risa,

especie de giganta compañera de todas las horas de la historia vernácula. Por eso, cuando Shakira cantó el Himno Nacional, los colombianos nos olvidamos de sus caderas que trazan eses en evocación a la danza de los siete velos a la vez que nos habían hecho ignorar su sonido nasal, su vocalización a media lengua y su canto gutural, para soltar la carcajada que se volvió caricatura y fotomontajes hasta convertir a Ublime en el personaje de moda. Con la risa provocada por Shakira quedaron atrás por unas horas, por unos días, las preocupaciones de los cacaoteros y caficultores; las angustias de los floricultores; el hambre de los tugurios de Bogotá, Medellín, Cali, Pasto, Barranquilla; la mendicidad creciente en Popayán o Quibdó; el tráfico de almas y de armas en Tumaco o Urabá; el contrabando de Cúcuta e Ipiales; la prostitución sin gran prensa en los círculos diplomáticos o en el negociazo de la televisión. En fin, Ublime se prestó para todo. Y como en ese trabajo de Hércules, al inundar el establo de Augías, la carcajada salpicó al Ministerio de Relaciones Exteriores y al Departamento de la Función Pública. Así, nadie le pone cuidado al riesgo que ronda a San Andrés por el litigio con Nicaragua. Como nadie recuerda cómo fueron las relaciones de Rubén Darío, padre del modernismo, nicaragüense él, con nuestro país del que dijo: “Colombia es una tierra de leones…”. Ni cómo fueron las relaciones de José María Vargas Vila, colombiano este otro, claro, con Nicaragua. Ni cuán reveladores de la desigualdad son las tablas de salarios fijadas el pasado 25 de abril para los empleos públicos o del sector oficial.

Pero si la risa hizo a un lado a Nicaragua, al reconocimiento que el Departamento Nacional de Errores que algunos llaman Departamento Nacional de Estadísticas, Dane, hace de los millones de desocupados, a los miles de expatriados por el hambre a otros países y a los destechados pese a las ofertas del Ministro Vargas Lleras, el miedo anida en el corazón de los 40 millones cuatrocientos ochenta mil ciudadanos de los estratos 1, 2 y 3 que carecen de oportunidades, que se asfixian con el costo de la canasta familiar, que no saben manejar las herramientas de la Internet (según reconoce el propio Ministro Diego Molano Vega), que deben dedicarse al rebusque, mientras los colombianos del estrato O se asoman a la mendicidad y a la delincuencia.

¿Qué nos une, entonces? El Amor, otro gigante del alma. El amor a la tierra, a la gente de uno, a los aires musicales, a nuestra malicia indígena, a nuestra capacidad de reírnos de todo, hasta de nuestra misma suerte; al circo en el que suelen convertir las sesiones del congreso algunos malos congresistas, a ese Himno que muchos no entendemos, a esa bandera con la que nos arropamos para ir a ver un partido de fútbol o para abrigar nuestros sueños; a los matices del verde que es de todos los colores como lo dijo Aurelio Arturo; a las noches de luna y a los días sin pan, porque somos y nos sentimos colombianos. Mal gobernados, cierto, pero colombianos. Mal representados muchas veces: pero colombianos. Mal tratados, mal atendidos, mal pagados… agregue el lector cualquier otro participio pasado al apócope mal y no por agresivo dejará de sentir en las fibras más íntimas de su ser ese cosquilleo indefinible de ser colombiano.

¿Y dónde queda el deber? En cada cosa que hacemos, en cada labor que emprendemos, en cada esfuerzo donde se dejan pedazos de la existencia. Porque el colombiano es laborioso. Su raza es luchadora en todos esos retazos en los cuales la politiquería fina ha dividido el mapa de la patria. Y sobre esa visión del deber, muchas veces hasta el sacrificio, habremos de ocuparnos otro día porque no puede hacerse a un lado al gigante de la Ira.

La ira estalla cuando firmas extranjeras explotan el petróleo o cercan con salarios de miseria al trabajador bananero; pero se arrebuja en el corazón de las chapoleras, de los caucheros; del labriego, del minero que está a punto de olvidar el sol allá en el socavón que puede ser su tumba; en el alma de la maltratada oficinista; en la del conserje y en la del policía que no puede ascender; en la del niño reclutado para los más oscuros destinos por los también más oscuros mercaderes; en el del pescador de nuestros ríos o en espíritu del indígena engañado; y en tantas y tantas otras figuras sin acceso a la educación, a la mejora salarial, al trato digno y que sin embargo ve las vitrinas y los estantes de los almacenes de cadena repletos de inalcanzables anhelos y de hambres interminables o texturas que nunca podrán rozar su piel.

Y esa ira es peligrosa, sobre todo cuando se represa. Puede ser oración como la cantada por los Quilapayún: “Cuando querrá el Dios del cielo / que la tortilla se vuelva…”. Pero puede ser puño en alto o puede ser garra armada. Nos tratan de abrumar las noticias sobre una posible derrota de la subversión, mas esto no será realidad sino cuando se acabe la ira que la alimenta, la angustia que la hace germinar (como ese bien que ya no germinó en la voz de Shakira), cuando desaparezcan el luto que empapa las eras y caminos, la desprotección que asalta los campos y las ciudades; el desgobierno que se mueve en gobernaciones y alcaldías; la corrupción que hace estragos en Ministerios, institutos descentralizados, hospitales y juzgados.

El panorama no es bueno. La reflexión no puede ser menos que fatídica y tal vez cruda, pero no por eso menos real. Urge un gran esfuerzo, un liderazgo de concertación con la sinceridad como fundamento, para que se construya el futuro canalizando toda nuestra potencialidad, todos nuestros recursos, todas esas si que gigantescas virtudes colombianas, sublimes virtudes colombianas. Aparte de Shakira y Ublime, con San Andrés, Providencia, Roncador y Quitasueño; sin paras ni narcos; con la Guaneña, el sanjuanito y el vallenato; con Falcao García y Gabo; con el astrónomo Quijano Vodniza y el científico Patarroyo; en busca de una segunda independencia, la legítima, la definitiva.

Altos de la Colina, en el día internacional del Trabajador.

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