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Los efectos del cambio de época en la geopolítica internacional

Por Alcira Argumedo* / Causa Sur  

 

Múltiples experiencias históricas reafirman que, al transitar etapas de profundos cambios de época cuya magnitud marca un giro decisivo en la trayectoria de los seres humanos, demasiadas veces es difícil tomar conciencia de la dimensión de esas transformaciones. El diario íntimo de Luis XVI sólo tiene una lacónica apreciación en la página del 14 de julio de 1789: “nada”. Para él, nada había sucedido ese día.

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Por Alcira Argumedo* / Causa Sur  

 

Múltiples experiencias históricas reafirman que, al transitar etapas de profundos cambios de época cuya magnitud marca un giro decisivo en la trayectoria de los seres humanos, demasiadas veces es difícil tomar conciencia de la dimensión de esas transformaciones. El diario íntimo de Luis XVI sólo tiene una lacónica apreciación en la página del 14 de julio de 1789: “nada”. Para él, nada había sucedido ese día.

 

En otro orden, el historiador Arnold Toynbee señala la ceguera que suele afectar a los grandes poderes o imperios: acostumbrados a imponer su voluntad y sus intereses durante largos períodos, se consideran inmortales; no perciben los signos de su decadencia, la desintegración de los pilares que los sustentan y sufren el espejismo de la inmortalidad. En el siglo XX cayeron ocho grandes imperios o poderes mundiales: el Imperio Otomano y el Austro-Húngaro después de la Primera Guerra; el Imperio Británico, el Francés, el Holandés, el Belga y el Imperio del Sol Naciente al finalizar la Segunda Guerra; la Unión Soviética a causa de la Guerra de las Galaxias, definida por Ronald Reagan como la Tercera Guerra Mundial. Triunfante en esas tres guerras, Estados Unidos se fortalece y desde 1945 será la potencia rectora del sistema imperial-capitalista occidental. Detentaba el mayor poder económico del planeta; el dólar era la moneda de cambio internacional; disponía de un potencial bélico de avanzada y a partir de 1980 lidera el despliegue de la Revolución Científico-Técnica, que impuso un punto de inflexión en los saberes y tecnologías del campo civil y militar desarrollados por la Revolución Industrial, desde su etapa madura a fines del XIX.

 

Con estas potentes herramientas, en los años setenta Estados Unidos promueve una estrategia de restauración conservadora, contra el hostigamiento a su hegemonía que significara el avance del Movimiento de los No Alineados o la decisión de la OPEP de incrementar los precios del crudo en 1973, a lo que se suma la derrota en Vietnam y la presencia en África, Medio Oriente y América Latina, de gobiernos dispuestos a defender su soberanía y sus recursos estratégicos. La expansión de dictaduras militares en diversos países africanos y latinoamericanos, se conjuga en los ochenta con la Guerra de las Galaxias contra la URSS, mientras el neoliberalismo impulsa una reconversión económica basada en tecnologías que ahorran tiempo de trabajo humano en todas las áreas de actividad social y quiebran la resistencia de los trabajadores, con un desplazamiento masivo hacia la precarización laboral, el desempleo y la pobreza. Esta estrategia culmina con el triunfo arrasador de Estados Unidos en todos los planos y su símbolo por excelencia será el derrumbe del Muro de Berlín en 1989. No obstante, la euforia triunfalista del fin de la historia y el Nuevo Orden Mundial, que propugna una globalización neoliberal a escala planetaria liderada por la hegemonía absoluta de Estados Unidos desde 1990, va a durar poco tiempo.

 

El resultado de esa Tercera Guerra Mundial muestra semejanzas en la suerte de los principales contendientes, respecto a los de la Segunda Guerra: en esta última Alemania fue destruida; pero la Inglaterra victoriosa ya no es más el poderoso imperio de los doscientos años anteriores y nuevos centros de poder -Estados Unidos y la URSS- le arrancan su primacía. En la Tercera Guerra la Unión Soviética se desintegra; pero los Estados Unidos triunfantes carecen del poderío mundial de las cinco décadas anteriores. En una de las tantas paradojas de la historia, cuando parece consolidarse un indiscutido predominio de la América del Norte, el silencioso ascenso de China -esa antigua colonia de “puertas abiertas” sometida durante un siglo a la expoliación de Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Alemania y Japón- protagoniza una irrupción inesperada y convulsiona el escenario internacional: mientras las dos superpotencias se debilitan debido a los gigantescos costos de la Guerra de las Galaxias, China acelera su crecimiento y modernización. Sumado al potencial de la India, a la recomposición de Rusia y al fortalecimiento de naciones periféricas como Brasil, la presencia de China diseña un nuevo esquema del equilibrio de poder mundial, que a inicios del siglo XXI cuestiona la hegemonía unipolar de Estados Unidos: potencia imperial afectada por el síndrome del espejismo de la inmortalidad. Si bien seguirá siendo un gran país, con una poderosa economía y fuerzas militares respaldadas en una consistente capacidad de desarrollo científico-técnico, ya no ejerce el dominio global de la etapa comprendida entre la desintegración de la Unión Soviética y el estallido de la crisis en septiembre de 2008.

 

Esta crisis evidencia el cambio en las relaciones de poder mundial y marca el estrepitoso fracaso de las estrategias neoliberales tendientes a una concentración y polarización de la riqueza, combinadas con la expulsión en masa y la precarización de trabajadores a causa de la reconversión tecnológica salvaje: en las dos décadas anteriores, esta reconversión ha generado una creciente marginalidad entre las generaciones más jóvenes y tiende a cerrarles sus posibilidades de un ingreso digno en el mercado laboral, incluso a los universitarios. Un fenómeno estructural que está en la base de las protestas de indignados en España, Inglaterra, Israel, el mundo árabe, Estados Unidos o Grecia, más allá de las demandas específicas en cada país: el desempleo juvenil en España es del 42%, en Italia del 35%, en Portugal del 29% y en Estados Unidos ronda el 25%. La crisis del Occidente central es en última instancia una crisis de sobreproducción por carencia de demanda -el 20% más rico de la población del mundo concentra el 87% de los ingresos- en tanto el mercado es excesivamente estrecho ante nuevos polos de poder que, como China, entran en escena con exportaciones industriales masivas: la contracara ha sido el crecimiento descomunal de la especulación; porque al no encontrar rentabilidad en las áreas productivas y de servicios, los capitales se vuelcan hacia la valorización financiera. Se calcula que si el PBI mundial es de 70 billones de dólares, la suma de los capitales financieros, considerando los valores de las bolsas y derivados – responsables de las burbujas inmobiliarias y la especulación con las deudas públicas de las naciones periféricas, de Europa y Estados Unidos- supera entre veinte y treinta veces a la economía real; única que gesta riqueza efectiva.

 

La imposición de políticas neoliberales en las naciones desarrolladas, junto a los montos destinados por Estados Unidos a la carrera armamentista y espacial, fueron generando esa polarización y concentración de la riqueza, que a fines del siglo XX había afectado principalmente a los países de la periferia: desde la década del ochenta, el continente africano y América Latina sufrieron un desangramiento de recursos sin precedentes a causa del tratamiento de sus deudas, los procesos de privatización y las medidas de ajuste estructural. Tales medidas se aplicarán con mayor intensidad en las naciones europeas y en Estados Unidos a partir de la crisis de 2008: en este país, el 1% más rico controla el 40% de la riqueza nacional;  pero la magnitud de la crisis comienza a golpear también a los privilegiados. En contraste, la estrategia a largo plazo del Partido Comunista de China desde 1978 con “Las Cuatro Modernizaciones” -en las fuerzas armadas, en la economía, en la agricultura y en el campo científico- marca un giro profundo en la orientación del socialismo, al impulsar un programa semejante a la Nueva Política Económica que Vladimir Lenin promueve en la Unión Soviética hacia 1921, en reemplazo de la economía de guerra: la NEP se define como un capitalismo de Estado que, con el propósito de financiar emprendimientos industriales e incorporar tecnología, permite la existencia de empresas privadas e inversiones extranjeras controladas por el gobierno. En China existía un marcado retraso ante los avances de la Revolución Científico-Técnica y, a fin de contar en corto tiempo con esos avances, ofrece como atractivo la dimensión de su mercado imponiendo condiciones. En trazos gruesos, las corporaciones transnacionales de las más diversas ramas y orígenes nacionales, pueden instalarse en el país y producir determinada cantidad de productos para cubrir una demanda que gira entre los 300 y 400 millones de personas, equivalente al mercado norteamericano y dos veces el de Japón. Como contraparte, deben transferir tecnologías y conocimientos de gestión empresaria, formar equipos técnicos, calificar técnicos, trabajadores y similares, de modo tal que empresas nacionales puedan en adelante abordar la producción en esas ramas. Una economía mixta con una férrea orientación del Estado, capaz de transformar a China en una sociedad industrializada moderna: actualmente el 45% de las empresas son estatales y esa proporción alcanza el 100% en las áreas estratégicas, además del dominio público del crédito, de las finanzas y del intercambio externo.

 

Favorecida por los acuerdos de paz con Estados Unidos y la URSS, el bajo precio de los salarios, la subvaluación de su moneda y el control de las transformaciones bajo un régimen de partido único, durante los años ochenta y noventa el gigante asiático alcanza altos niveles de crecimiento económico, se convierte en exportador neto -entre 1990 y 2008 sus exportaciones se incrementan en forma exponencial- y utiliza el gigantesco superávit de su balanza comercial para la acumulación de reservas y la compra de bonos del Tesoro norteamericano, además de destinarlo a la inversión pública y al gasto social. En 2010, siete de los diez puertos más importantes del mundo eran chinos y ese año controlaba casi el 50% del comercio marítimo mundial. En junio del 2011 las reservas en divisas sumaban alrededor de 3.2 billones (millones de millones) de dólares, que no sólo le permiten despreciar las presiones del FMI; también utiliza ese potencial en la compra de empresas occidentales o en el ingreso a los mercados de África y América Latina, además de su presencia en el sudeste asiático. Mientras tanto, la deuda total de Estados Unidos -gobiernos, empresas, bancos y familias- suma 22 billones de dólares, equivalente a un 150% de su PBI; en Japón -frustrada promesa de los años noventa- la deuda es del 225% del PBI; en tanto en la zona del euro los casos más críticos son los de Grecia con el 210%, Italia el 170% y España el 180%. Algunos economistas del capitalismo central evalúan que el sistema económico de Occidente está trastabillando por el peso de una deuda total cercana a los 100 billones de dólares, imposible de pagar -es un 140% del PBI mundial- y advierten que el mundo se encuentra al borde del caos financiero. Aunque es previsible que la crisis de los mercados occidentales afecte las economías de India y China, la situación relativa de esta potencia es claramente ventajosa frente a Occidente: la posibilidad de una reorientación económica desde las exportaciones hacia su mercado interno, que permita revertir las agudas desigualdades, así como los graves costos y conflictos sociales generados en estos años -todo ello en la dimensión de ese país con más de 1.300 millones de habitantes- es una alternativa cierta para neutralizar los impactos de la debacle de Europa, Estados Unidos y Japón.

 

La disputa por el predominio económico-financiero y el control de recursos estratégicos a nivel mundial, principalmente petróleo y gas, junto a minerales tradicionales y otros que han adquirido un valor sin precedentes como el coltan o el litio -componentes clave  en productos de tecnologías de punta, incluyendo naves espaciales, satélites, misiles, computadoras, celulares o automotores a pila- se estaría volcando hacia una mucho más peligrosa disputa en el campo militar, donde se van conformando dos polos opuestos. Por una parte, Estados Unidos lidera una OTAN que participa sumisamente en las iniciativas multilaterales bajo el manto de “intervenciones humanitarias” avaladas por las Naciones Unidas, como en los casos de Haití, Kosovo, Ruanda, Congo o Libia. Ante las crecientes tensiones norteamericanas con Siria e Irán -que incluyen la posibilidad de un ataque con agentes biológicos mortales esparcidos mediante naves no tripuladas- y en el marco de la asociación estratégica entre ambos países acordada a fines de los noventa, los líderes rusos Vladimir Putin y Dmitri Medvedev, dieron a conocer un comunicado del presidente chino Hu Jintao, donde señala que la única forma de detener la agresión occidental conducida por Estados Unidos, es a través de una acción militar directa y China no dudará en proteger a Irán, aunque esto signifique iniciar una guerra. De este modo, pareciera diseñarse otro bloque conformado prioritariamente por China y Rusia, junto a naciones en conflicto con Estados Unidos: bajo toda evidencia, si bien es esperable que la razón se imponga sobre intereses enceguecidos, la amenaza de una escalada de tensiones y eventualmente una guerra biológica o nuclear, sumada a la crisis del medio ambiente y al calentamiento global, se ciernen como una espada de Damocles sobre la cabeza del género humano.

 

LAS ALTERNATIVAS DE AMÉRICA LATINA

 

Ante este panorama, América Latina afronta el reto de consolidar una integración continental autónoma que le permita trazar su propio destino. La persistencia de la atomización de nuestros países y la pretensión de actuar aisladamente a través de relaciones bilaterales con las potencias emergentes o en declinación, condenaría a todos y cada uno de ellos -incluso a Brasil- a cumplir un papel subordinado como periferias del nuevo equilibrio de poder mundial. La situación es altamente riesgosa, en tanto nuestra región detenta valiosos recursos naturales, combustibles y minerales, grandes reservas de agua potable y el potencial biogenético amazónico, además de la producción de alimentos.

 

La historia latinoamericana enseña que los imperios en decadencia buscan conservar sus periferias mediante la utilización de fuerzas militares -como España durante la emancipación- mientras las potencias emergentes construyen su predominio por medio de inversiones y comercio, al estilo Imperio Británico del XIX. Dos siglos más tarde pareciera imponerse la misma disyuntiva, ante las respectivas estrategias de Estados Unidos y China hacia Nuestra América.

 

Junto a otros estudios estratégicos, el documento Desafíos del Mañana: Relevamiento de Ciencias Geológicas de Estados Unidos en la década 2007-2017 plantea la necesaria articulación de las investigaciones científico-técnicas con los intereses políticos de Estados Unidos, dado que el control y la garantía de suministro de recursos minerales y energéticos estratégicos, así como la eliminación de las amenazas que pudieran afectar ese control, constituyen un problema de seguridad nacional. Esta perspectiva se reafirma en los lineamientos de Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos 2010 del gobierno de Barak Obama:

 

Estados Unidos debe reservarse el derecho de actuar unilateralmente, si fuera necesario, para defender nuestra nación y nuestros intereses, pero también vamos a tratar de cumplir con las normas que rigen el uso de la fuerza (…) Para tener éxito, debemos actualizar, equilibrar e integrar todas las herramientas del poder estadounidense y trabajar con nuestros aliados y socios para que hagan lo mismo. Nuestras fuerzas armadas deben mantener su superioridad convencional y (…) nuestra capacidad de disuasión nuclear, para derrotar las amenazas asimétricas, preservar el acceso a los bienes comunes y fortalecer los socios. (Citado por Bruckman)

 

Esta posición mantiene incólumes las tradiciones referidas a sus responsabilidades históricas, que para América Latina abarcan desde la Doctrina Monroe de 1823 hasta la Doctrina de Seguridad Nacional de los años setenta del siglo XX. Nuestros intereses comprenden el derecho a saquear las riquezas y explotar a las mayorías populares del continente, utilizando diversas metodologías: invasiones territoriales, golpes militares, asesinato de líderes y referentes políticos opuestos a esos designios, cárceles, torturas, muertes, desapariciones forzadas, masacres y genocidios, apropiación de bebés, captación de voluntades y conciencias mediante la corrupción o el terror.

 

Por su parte, durante 2008 el gobierno chino traza la estrategia hacia nuestra región en el Documento Político sobre América Latina y el Caribe. La propuesta toma como base de sus relaciones con los países del mundo los Cinco Principios de Coexistencia Pacífica enunciados por el Primer Ministro Chou En Lai en la Conferencia de Bandung de los Pueblos Afro-Asiáticos en abril de 1955: los principios reivindican  el respeto mutuo a la soberanía y la integridad territorial; la no-agresión ni intervención en asuntos internos; relaciones de igualdad y beneficios recíprocos y coexistencia pacífica entre las naciones. Esta Conferencia fue el primer paso en la construcción del Movimiento de Países No Alineados, como alternativa al mundo bipolar dominado por Estados Unidos y la Unión Soviética. En presencia de líderes ya míticos y representantes de colonias que protagonizan procesos de descolonización y liberación nacional -Ahmed Sukarno de Indonesia, Jawaharlal Nerhu de la India, Kwame Nkrumah de Ghana, Gamal Abdel Nasser de Egipto, el Mariscal Tito de Yugoeslavia y Ho Chi Minh de Vietnam del Norte- Chou En Lai afirmaba:

 

Sobre la base de los Cinco Principios de Coexistencia Pacífica, estamos dispuestos a normalizar nuestras relaciones con los países de Asia, de África y del resto del mundo El pueblo chino ha luchado contra el colonialismo a lo largo de más de un siglo (…) El triunfo de la revolución china se cimentó no en la intervención de fuerzas extranjeras, sino en el poder de las masas (…) Un viejo proverbio chino dice: “No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti” (…) ¿Cómo vamos a interferir en los asuntos internos de otros países? (citado por Gitard)

 

Así, mientras los centros imperiales de Occidente -Portugal, España, Francia, Inglaterra, Estados Unidos- nos sometieron durante cinco siglos como periferias condenadas al saqueo de nuestras riquezas y la explotación de nuestros pueblos bajo formas coloniales o neocoloniales, las relaciones planteadas por China se sustentan en la autoridad moral de haber sido una colonia, también sometida a la explotación y el despojo por los centros imperiales de Occidente y el Japón. Además, sus 3.2 billones de reservas en divisas le permiten desplazar al FMI, cuya cartera de créditos es de 33.000 millones de dólares y continúa con sus presiones para imponer políticas condenadas a dramáticos fracasos. China le ha propuesto a África créditos blandos y la creación de Zonas Económicas Especiales, como polos de desarrollo industrial o de extracción de minerales y otros recursos estratégicos, conectados con el resto del mundo a través de ferrocarriles, carreteras y vías marítimas. Con una inversión prevista de 60.000 millones de dólares, el plan se lanza en noviembre de 2006, cuando 48 líderes de África asisten en Pekín a una cumbre convocada por Hu Jintao. Al estallar la crisis en Occidente, China acelera una política de construcciones, que se extiende por todo el continente africano: además de petróleo, esto le permite garantizar su creciente demanda de cobre, cobalto, diamantes, estaño, uranio, coltan y otros minerales imprescindibles para su expansión económica. La estrategia le ha permitido desplazar o incluso comprar corporaciones occidentales, que hasta su llegada eran dueñas del territorio.

 

A su vez, la presencia de China en el mercado mundial favoreció las exportaciones de América Latina y un alto crecimiento económico en la mayoría de nuestros países. Sin embargo, la modalidad de relación que se ha ido conformando presenta serias amenazas a la definición autónoma de proyectos de mediano y largo plazo, ante los desafíos de  un cambio de época. Salvo los acuerdos de cooperación científica en las áreas nuclear, satelital y de producción de aviones con Argentina o Brasil, el grueso de las inversiones propuestas por Hu Jintao durante su gira latinoamericana en 2004, se han orientado hacia el campo forestal o a los sectores mineros y el petróleo, reforzando las tendencias extractivistas contaminantes y depredadoras del ambiente, además del uso irracional de agua potable, como modo de garantizar también aquí la provisión de petróleo o materias primas -minerales y granos transgénicos- al tiempo que en las áreas de transporte e infraestructura facilita el traslado eficiente de los productos exportables. Las cifras del comercio entre China y el Mercosur constituyen un llamado de atención: el 85% de las exportaciones latinoamericanas son productos primarios con una escasa proporción de valor agregado, en tanto el 90% de las importaciones está compuesto por manufacturas con distintos niveles de complejidad tecnológica y los superávits iniciales de la balanza comercial se fueron convirtiendo en riesgosos déficits. Nada más parecido a las relaciones neocoloniales con la Inglaterra del siglo XIX, que nos condenan a una especialización primaria exportadora y a un desarrollo industrial y científico-técnico  cuyos potenciales no irán mucho más allá de la fabricación de carretas y diligencias. El ingreso masivo de productos industriales acosa el futuro de pequeñas o medianas empresas y en varias naciones coarta la posibilidad de impulsar un proyecto de reindustrialización a partir de industrias básicas promovidas por empresas públicas, con desarrollo científico- tecnológico autónomo, control estatal de los recursos estratégicos -tomando rasgos del modelo chino- y creación de puestos de trabajo calificados, que nos permitan estar a la altura de los nuevos tiempos. Las decisiones políticas que se tomen en esta encrucijada van a signar por décadas la suerte de América Latina.

 

Fuentes

Argumedo, Alcira: 2011. Los rasgos de un nuevo tiempo histórico. (Buenos Aires. Informe preliminar CLACSO)

Bruckman, Mónica: 2012 Recursos naturales y la geopolítica de la Integración
Sudamericana. (Instituto de Pesquisa Económica-IPEA. Brasil)

Colominas Norberto: 2012.Una crisis global e irradiante (facebook.com/norberto
colominas)

Editorial: 2012. China se une a Rusia y ordena prepararse para la Tercera Guerra Mundial. (lahoradedespertar.worldpress.com)

Giribets, Miguel: 2011. “La economía mundial volverá a estallar en 2012 (o antes)” en Rebelión (www.rebelion.org)

Gitard, Odette: l962. Bandung y el despertar de los pueblos coloniales (Buenos Aires. Eudeba)

*Alcira Argumedo, socióloga argentina, diputada nacional por Proyecto Sur.

Causa Sur

 

Septiembre de 2012.

 

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