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No confundir la magnesia con la gimnasia

Por Juan Manuel López Caballero  
 

Nuestros comentaristas e informadores tienen la tendencia a relacionar nuestros casos con modelos extranjeros, al parecer más por lo fácil que es ‘venderlos’ que por el haber estudiado los parecidos y las repercusiones que pueden tener en nuestro medio.
 

Es lo que ha pasado

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Por Juan Manuel López Caballero  
 

Nuestros comentaristas e informadores tienen la tendencia a relacionar nuestros casos con modelos extranjeros, al parecer más por lo fácil que es ‘venderlos’ que por el haber estudiado los parecidos y las repercusiones que pueden tener en nuestro medio.
 

Es lo que ha pasado

al comparar las instituciones americanas, tanto las políticas como las jurídicas, sin tener en cuenta que nuestras tradiciones y mentalidad difieren de todo el mundo anglosajón. Un Estado Federal con autonomía de los diferentes Estados es diferente de uno de una República  Unitaria como el que describe nuestra constitución. Un sistema de derecho jurisprudencial y consuetudinario no es lo mismo que uno basado en códigos y leyes. Una administración de Justicia que se fundamenta solo en la funcionalidad no es equiparable a una que busca lo moral y socialmente justo.
 

Ahora con respecto al ‘Proceso de Paz’  se oyen insistentemente referencias a las soluciones encontradas en Suráfrica, con el ETA o en Irlanda para adelantar el argumento de ‘si allá pudieron, porqué nosotros no vamos a poder’.
 

Lo que pasa es que al hacer así el planteamiento se dirige la atención hacia lo único en lo que se parecen -la existencia de un enfrentamiento civil-, pero se desvía de lo que sería la respuesta que se busca. La cual sería: porque se reconocieron sus causas y se transaron o conciliaron las posiciones que los enfrentaban.
 

El apartheid excluía de derechos a una parte de la población por razones raciales. Y lo que se negoció, tras reconocer que el racismo no debía existir, fue acabar con él. Se reconocióla causa, se calificó lo indeseable de ella, y se corrigióel mal. En España se llegó a una  paz sin negociaciones, en la medida que las reformas del gobierno central reconocieron que sin concesiones a la autonomía de unas características nacionales particulares no terminaría el enfrentamiento con los radicales vascos. Hoy, sin entrega de armas y sin un tratado votado o refrendado de ninguna manera, la insurgencia cesó sus acciones y el resto de la población no esta pendiente de qué castigo se les debería imponer.
 

Aún más desplazadas son las comparaciones con los acuerdos logrados en el caso de Irlanda del Norte. Lo que había -y sigue habiéndola- es una confrontación de 700 años por motivos religiosos.

Diferencias que se volvieron de adhesiones políticas a los bandos que las representaron, y dada la identidad en el protestantismo Anglicano entre la cabeza de esa Iglesia y la cabeza del Estado, la división terminó siendo alrededor de la lealtad hacia el Rey. Lograron en 1922 un primer arreglo partiendo la isla, dejando la República de Irlanda como país independiente e Irlanda del Norte como parte del Reino Unido de acuerdo a las mayorías existentes en cada territorio. Pero el conflicto siguió con el IRA -la fuerza armada insurgente- por las mismas razones en la parte sometida a la Corona. Y sobre ella es que también se logró recientemente un proceso de paz que reconociendo que los irlandeses tienen un carácter nacional propio permitiósu permanencia pacífica dentro del Reino Unido.
 

Ningún parecido en ese sentido existe con lo que entre nosotros se maneja. Sin entrar a analizar si es correcto o no, lo que entre nosotros se plantea es omitir la causa del conflicto, asumir que el problema es que exista la guerrilla, y esperar que se rinda como solución.

Por eso las discusiones sobre si pueden o no desarrollar un a actividad política como candidatos, y si deben pagar y cuánto de cárcel, hacen desaparecer los contenidos de  lo que se debería negociar, es decir, hasta dónde, cuándo y cómo se debe reformar el Estado.
 

Seguramente en los casos mencionados cualquier encuesta sobre la posibilidad de aceptar las razones de la contraparte siempre contarían con una mayoría en contra y recíprocamente cualquier grupo donde existía una mayoría consolidada estaría en contra de ceder algo en una negociación. Por eso el punto de convergencia en un proceso de paz es solo el deseo de lograrla, y solo se vuelve voluntad -es decir, acciones conducentes a ello- cuando se prescinde de lo que dicen las encuestas respecto a negociaciones sobre otros puntos.
 

El entender cuales son las causas de una insurgencia no es justificarlas y menos aún apoyarlas. Y mucho menos aún implica convalidar cualquier medio que se use como camino para ella. Pero el desconocerlas es volver inútil cualquier esfuerzo para negociar una solución. Y el involucrar como requisito acuerdos sobre temas diferentes -sobre todo mediante encuestas- no contribuye sino a obstaculizar ese propósito.
 

Esa definición -de cuál es el propósito final y cuáles solo los objetivos eventuales- es lo que falta en nuestro proceso. El repetir encuestas que siempre darán como respuesta un ‘sí’  a la pregunta si se quiere la paz, y con un ‘no’ a la posibilidad de que se reconozca calidad de interlocutores con derechos a las FARC, no nos avanza ni nos lleva a ninguna parte (menos con un gobierno tan sensible a lo que los medios crean como opinión ‘pública’).

21 de octubre de 2013.

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