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Nuestro Himno nacional

Por Jaime Enríquez Sansón   

Algún burdo gacetillero, un ignorantón con acceso a los medios, cualquier sujeto con ínfulas de personaje dizque señaló en estos días que nuestro Himno era uno de los más feos del mundo. En vano esperé la opinión de los compositores y poetas, incluso el concepto o la declaración de funcionarios

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Por Jaime Enríquez Sansón   

Algún burdo gacetillero, un ignorantón con acceso a los medios, cualquier sujeto con ínfulas de personaje dizque señaló en estos días que nuestro Himno era uno de los más feos del mundo. En vano esperé la opinión de los compositores y poetas, incluso el concepto o la declaración de funcionarios

o políticos y ante el silencio de unos y otros quiero meter la cucharada para rechazar semejante tontería que por lo mismo tal vez los eruditos han querido ignorar.

Pero lo hago no para hacer gala de patriotero alarde sino porque me nace. Desde niños escuchamos los acordes del Himno, escrito así, con mayúscula pues para los colombianos es eso: el Himno. Nos cuesta aprenderlo, es verdad. Contiene palabras que con el tiempo sabemos que se han vuelto arcaísmos: indudable. A la gran mayoría de colombianos les extraña eso de las Termópilas, los centauros indomables, la gloria inmarcesible. Tiene incluso errores históricos como la muerte de Ricaurte a quien, según Perú de la Croix, encontró Bolívar en la bajada de San Mateo, muerto de un arcabuzazo y un lanzazo, boca abajo, con las espaldas quemadas por el sol (palabra más, palabra menos porque cito de memoria): ¡Y qué! Suscita dudas como esa de no saber a qué virgen que se arranca en agonía los cabellos se refiere ni por qué los cuelga de un ciprés ni de quién es viuda: ¡Eso qué importa!

Y de otra parte, si esas estrofas están escritas en heptasílabos o son versos alejandrinos partidos en dos y si los compases del canto se marcan cuatro por cuatro o no, son problemas de los entendidos. A nosotros nos parece y estamos seguros de ello, que el himno nacional de la república de Colombia no es el segundo ni el tercero: es el mejor, el más bello, porque nos estremece si lo oímos un metro más allá de la frontera con Ecuador, con Venezuela, con el Perú, con Brasil, con Panamá. Porque nos produce algo parecido al llanto en cualquier tierra ajena y nos emociona en los estadios de fútbol y aún cuando lo entonan voces con palabras ininteligibles que bien pueden ser las de Shakira o las de los niños Wayú. Es nuestro Himno, es la síntesis de todo el sufrimiento cotidiano de los colombianos de hoy; es la suma de todas las esperanzas de los colombianos del mañana; es la recopilación de todo el dolor y toda la sangre vertida por los colombianos de ayer, desde Calarcá y la Gaitana, desde Heredia y Belalcázar, desde Obando y Sucre, pasando por la Santos, la Salavarrieta, Galán y sus compañeros comuneros, Uribe Uribe, Gaitán, el otro Galán, don Guillermo Cano, hasta los cientos y miles de compatriotas inmolados, anónimos agricultores, sindicalistas, maestros, periodistas, niños, soldados, policías y todos quienes no alcanzo a enumerar pero que han caído en una noche que se prolonga demasiado, que es absurda y abyecta, que sólo parece tener fin en esa controvertida letra del poema ascendido a Himno y que constituye el martirologio de la Colombia de nuestros amores.

Eso en cuanto a nuestro Himno. Dicen que las comparaciones son odiosas. Odiosa la comparación de quien se atrevió a clasificar los himnos, pero si me apuran los lectores yo me atrevo a decir que los hay malos de verdad, incluso alguno tan sangriento y hasta racista que aun cuando me niego a decir cuál es, no me resisto a dejar la traducción de un estribillo:

¡A las armas, ciudadanos!

¡Formad vuestros batallones!

Marchad, marchad,

¡Que una sangre impura

abreve nuestros surcos!

¡A las armas, ciudadanos!

¡Formad vuestros batallones!

Marchad, marchad,

¡Que una sangre impura

abreve nuestros surcos!

Que nadie se ofenda pues se trata de un simple ejemplo. En esto de los gustos, de las aficiones, se debe ser respetuoso. Un himno es el resumen de la historia de un pueblo, de una institución, de una comarca. Y compararlo o ubicarlo en una determinada posición es atrevimiento. Pero el dislate que sirva para unirnos más, para renovar nuestro orgullo de raza, como nos han unido estos días las medallas de los deportistas que nos hacen olvidar un poco la tragedia y nos renuevan la fe en nuestras posibilidades y futuro.

¡Ah! Y por último: que esta sea la ocasión de revivir la tarea de aprender y enseñar el Himno, su historia, el texto de su coro y sus once estrofas, su melodía. En las escuelas, en los colegios, en las universidades, en los hogares, en las iglesias: en surcos de dolores, el bien germina ya.

Pasto, agosto 8 de 2012.

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