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Pacífico: de tiburón y sardinas

Por Cristina de la Torre  

La Alianza Pacífico formalizó en Cali el enfrentamiento de dos modelos de integración en América Latina.

Uno, Mercosur, en cabeza del Brasil, busca de nuevo el desarrollo, vínculos con la economía mundial que lo estimulen, y autonomía de sus políticas frente a Washington.

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Por Cristina de la Torre  

La Alianza Pacífico formalizó en Cali el enfrentamiento de dos modelos de integración en América Latina.

Uno, Mercosur, en cabeza del Brasil, busca de nuevo el desarrollo, vínculos con la economía mundial que lo estimulen, y autonomía de sus políticas frente a Washington. Otro, el paradigma de libre comercio asimétrico que EE.UU. reanima con tratados comerciales entre tiburón y sardinas, e inyecciones de oxígeno como esta de cuatro presidentes en diligente labor de salvamento del engendro que agoniza en el mundo entero. Su divisa, sustituir el trabajo nacional por el extranjero en países como Colombia, que ven ahogarse su producción bajo la inundación de importaciones que invaden supermercados y carreteras. Paraíso tan ficticio como efímero, pues no se sabe cuándo huyan en estampida los capitales especulativos y comerciales que financian la importación de tanta mercadería foránea.

Rezando el credo de propiedad privada y libertad absoluta de mercados, se propone esta Alianza liberar por completo la circulación de mercancías, capitales e inversiones entre los países miembros, Estados Unidos el primero, pues con él han suscrito todos ellos TLC. Se extenderá, pues, a medio continente la dinámica de los tratados que la estrella del Norte suscribió con México, Chile, Perú y Colombia; con Costa Rica, Panamá y Guatemala, que tocan a las puertas de la Alianza. Y otros vendrán. La posibilidad de exportar a Asia resulta de momento nula para Colombia pues, a falta de café, nuestro universo exportador es una polvareda de chichiguas. (Petróleo y minerales no reintegran dólares). El ALCA levanta el vuelo desde sus cenizas. Proyecto de vida o muerte para Estados Unidos que, amenazado por la China y no contento con despachar a Latinoamérica el 40% de sus exportaciones, va por su mercado todo. Como acaba de confesarlo entre eufemismos el vicepresidente Biden, en celebración del primer aniversario del TLC.

En desafío al ridículo, se vanagloria nuestro ministro de Comercio agitando el numerito de 187 nuevos productos que en este año se habrían exportado a Estados Unidos. Chichiguas. Claro, no dice cuántos negocios cerraron aquí, ni cuántos dejarán de montarse por siempre jamás, pues los gringos coparon con sus productos el espacio potencial que se les abría. El hecho abrumador es que las importaciones de productos norteamericanos aumentaron casi 20% y nuestras exportaciones a ese país, sólo 3,3%. Vergonzoso balance que permite presentir cuanto se avecina con la Alianza Pacífico. Para no mencionar la generosidad del TLC con estadounidenses que pueden invertir en este país sin límite ni condición. Compran lo nuestro, a huevo, y no montan media fábrica. ¡Valiente inversión!

En su involución al liberalismo de dos siglos atrás, los promotores de esta Alianza, conservadores de nación, contemporizan con la vetusta ideología que en Europa catapultó al capitalismo desde la extenuación de la fuerza laboral. La misma que hoy siembra maquilas de multinacionales por doquier y que en Bangladesh paga a sus operarias $72.000 mensuales, cuando el edificio donde trabajan no se les viene encima. La misma que generó la más aguda crisis de la economía mundial desde los años 30. La misma que entronizó este modelo neoliberal en Chile al amparo de la dictadura de Pinochet. La misma que en 1998 inspiró la fervorosa defensa pública del dictador por el entonces senador Sebastián Piñera, hoy adalid de la Alianza Pacífico. Mal anda su compañero de aventura, Juan Manuel Santos, si cree poder navegar en dos aguas indefinidamente: en el reformismo deslumbrante del acuerdo agrario con las Farc, y en una Alianza como esta que sólo augura ruina para Colombia.

El Espectador, Bogotá, 28 de mayo de 2013.

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