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Jaime Enríquez Sansón

Panem et circenses

Por Jaime Enríquez Sansón*  

Conocí a Vicente Melo hace unos doce años cuando trabajábamos en Diario del Sur. Un caballero a carta cabal, un hombre de insuperables cualidades, un gran artista, una persona de gran sensibilidad. Lo acompañamos cuando lanzó un par de discos compactos y luego he seguido su trayectoria con verdadera alegría

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Por Jaime Enríquez Sansón*  

Conocí a Vicente Melo hace unos doce años cuando trabajábamos en Diario del Sur. Un caballero a carta cabal, un hombre de insuperables cualidades, un gran artista, una persona de gran sensibilidad. Lo acompañamos cuando lanzó un par de discos compactos y luego he seguido su trayectoria con verdadera alegría

porque el reconocimiento que obtiene del público es más que merecido. Todo esto para referirme a los dos programas que noche a noche compiten por la sintonía nacional en los canales privados. En los dos, el arte y los artistas son reducidos a su mínima expresión. Son expuestos a la crítica de estrafalarios personajes de la farándula que no respetan la dignidad humana, que comercian con las pequeñas debilidades o con las que ellos, los dizque jurados, consideran debilidades, porque se trata de eso: de explotar las tendencias malsanas de los espectadores para vender. Uno de los programas despersonaliza al sujeto, le quita algo que es intrínseco, que es suyo, que lo distingue, que lo hace único como persona: el nombre. “Dios hizo sus creaturas y botó los moldes” me enseñó en las aulas universitarias algún maestro. En la televisión ahora hacen desdibujar a la persona para que trate de imitar a otro en todo: las cejas (ridículo), los modales, lo pulido o lo desaliñado y, por supuesto, la voz. Y le hacen repetir: “Yo me llamo…” cuando durante mucho tiempo de niño le enseñaron a decir otro nombre, su nombre, ese que lo acompaña en la infancia, en la adolescencia, en los primeros sufrimientos y las primeras alegrías, durante el descubrimiento del yo y del amor, de la ausencia, de la nostalgia (el dolor por el camino del ausente), de las noches de luna y de los días sin sol. Y mientras sufre vejaciones y burlas y oye recomendaciones pueriles y vacías, cientos y miles de admiradores sufre –sufrimos- mientras en forma temporal nos olvidamos de la tragedia cotidiana, de las distintas formas de violencia familiar o callejera, del pago del arrendamiento, de las cuadrillas del IDU o su equivalente en cada municipio colombiano, de las mentiras presidenciales o del congreso, porque, como a los ciudadanos del Pueblo de la Loba, nos interesa panem et circenses, pan y circo, y a falta de pan aun cuando sea circo. Pan y circo, sí. Como cuando el pueblo frenético pero hambriento, aplaudía a los afeminados césares, a los césares de la decadencia cual los llamaba Vargas Vila, porque les daban los restos de los cristianos semidevorados por las fieras (leamos Amparitos), o inmolados a las impúdicas divinidades (sigamos leyendo Amparitos o cambiemos Astarot por Azcárate).

Hace años conocí a Vicente Melo, un hombre bueno como todos los nariñenses. Y los lectores habrán conocido, en sus respectivos departamentos, en sus patrias chicas, hombres y mujeres buenos, inocentes y sencillos como él. Ellos y nosotros, masacrados en esta sociedad de consumo, pegados, hipnotizados, idiotizados ante el ojo indiscreto del televisor, para soñar con sueños imposibles, para no recordar el hambre, los temores, las deudas, los falsos positivos, el carnaval de votos decisorios y reformas en el congreso. Para olvidarnos de que ya no creemos en los santos ni en los guerreros. Colombia de verdad tiene mucho talento: lástima que sobreabunda en la clase dirigente muy al estilo del descrito por el poeta latino Juvenal en su Sátira X: para mantener al pueblo distraído de la política… y de la realidad.

*Periodista y filósofo nariñense.

Pasto, abril 2 de 2012.

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