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Paraguay, atado al pasado

Por Carol Murillo Ruiz / El Telégrafo  

Cuando Fernando Lugo fue destituido por el Parlamento paraguayo –era el primer golpe de Estado transmitido en vivo y en directo por televisión- en junio de 2012, muy pocos comprendían el contexto social y político de un país mediterráneo del sur de América que volvía a enfrentar a las fuerzas de su pasado sin ninguna contemplación.

Paraguay retornó a la democracia en 1989, diez años después que Ecuador. Siendo un país pequeño (cerca de 6 millones de habitantes)

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Por Carol Murillo Ruiz / El Telégrafo  

Cuando Fernando Lugo fue destituido por el Parlamento paraguayo –era el primer golpe de Estado transmitido en vivo y en directo por televisión- en junio de 2012, muy pocos comprendían el contexto social y político de un país mediterráneo del sur de América que volvía a enfrentar a las fuerzas de su pasado sin ninguna contemplación.

Paraguay retornó a la democracia en 1989, diez años después que Ecuador. Siendo un país pequeño (cerca de 6 millones de habitantes)

sirve de ejemplo histórico que resume, con gran señorío, la putrefacción política de sus élites a través de pactos recurrentes para conservar la fachada clásica de la representación institucional… solo cuando conviene.

La caída de Lugo en realidad dio cuenta de que la transición a una democracia plena estaba lejos de las aspiraciones del pueblo llano. Dos décadas de aparente paz política se resintieron cuando el exsacerdote ganó la presidencia con la Alianza Patriótica para el Cambio (apoyada por el Partido Liberal que luego la traiciona y facilita el golpe parlamentario). Tal inquina se debía a la fuerza que habían adquirido los movimientos sociales y campesinos y sectores de la izquierda.

El régimen de Lugo, entonces, pertenecía al grupo de gobiernos progresistas de la región; pero nada era fácil para consolidarlo. Desde el principio el juego desestabilizador hizo mella en la conducción de un Estado acostumbrado a viejas prácticas autoritarias y a extender su peso burocrático. Además, la lección de Honduras logró que en Paraguay se guardaran las formas para destituir a un presidente.

Desde entonces hasta hoy, cuando se posesiona Horacio Cartes como nuevo presidente, hemos  asistido, lentamente, a la restauración del pasado paraguayo, o sea, a la continuidad política y económica de un modelo de privilegios, exclusión e impunidad.

Todo indica, asimismo, que la dependencia paraguaya a economías como la brasileña o argentina –integrantes del Mercosur- no será obstáculo para que el nuevo gobierno negocie su ingreso a la Alianza del Pacífico; despreciando de manera desembozada los lineamientos de la Unasur en la región.

En lo interno la tendrá difícil. El desgobierno de Franco deja un país con paros y denuncias de corrupción; con un crecimiento de la deuda externa y una recesión económica nunca vista. Y transnacionales que ya estipulan el destino de la tierra y la (in)seguridad alimentaria de su población a corto y mediano plazo.

Pero quizá lo más importante que muestra Paraguay -en este momento- es el escenario que se debe repetir allí -o allá- donde se ha conseguido estabilidad política y crecimiento económico bajo la dirección de gobiernos posneoliberales, es decir, dar la segunda lección después de su propio y exitoso golpe: que volver al pasado es posible y que hay que actuar sin guardar las apariencias. No invitar a Nicolás Maduro –a la posesión del tabacalero Horacio Cartes- solo es comprensible como expresión de esa voluntad de repudiar al vecino de sur y dar señales de humo y de amor al forastero del norte.

Ojalá aprendamos de tantas lecciones ajenas y de tantos errores propios.

El Telégrafo, Ecuador.

 

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