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Periodismo y prostitución

Por Jaime Enríquez Sansón  

Que “en el Ecuador el periodismo de los medios privados y comerciales está degradado, o mejor prostituido” dice Fernando Arellano Ortiz al introducir a los lectores en uno de sus profundos reportajes, en esta ocasión el que hizo en Quito a Orlando Pérez Sánchez director de El Telégrafo de la capital ecuatoriana.

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Por Jaime Enríquez Sansón  

Que “en el Ecuador el periodismo de los medios privados y comerciales está degradado, o mejor prostituido” dice Fernando Arellano Ortiz al introducir a los lectores en uno de sus profundos reportajes, en esta ocasión el que hizo en Quito a Orlando Pérez Sánchez director de El Telégrafo de la capital ecuatoriana.

Como siempre, Arellano Ortiz nos ofrece material para mucha reflexión. Y aparte de cuanto significa la realidad de Pérez Sánchez, Ecuador y El Telégrafo, sobre la cual habré de ocuparme otro día, ahora quiero detenerme un poco en ese binomio considerado perpetuo: periodismo y prostitución. O publicaciones y prostitución, que a la postre es lo mismo. Porque el viejo y por lo mismo manido consejo de las tres eses para lograr circulación: sexo, sudor y sangre, ahora se reviste de ropajes modernos o toma formas propias de la abrumadora modernidad en que vivimos y se reitera en la Internet y en las redes sociales.

Así, desde las antiquísimas tradiciones de los libros eternos que constituyen el marco teórico de las grandes religiones hasta la producción literaria actual que hallamos gracias a las rotativas de varios pisos o a las ediciones virtuales, la prostitución es protagonista. Pero, atención: no sólo se trata de la comercialización del sexo. El término prostitución viene del latín “prostitutio”, derivado de “prostituere” que significa exhibir para la venta, pero también ceder. Y aquí está el meollo del asunto. Porque sin ir más lejos, en Colombia también se ha prostituido el periodismo de los medios privados y comerciales por cuanto de otra forma no subsisten. Y tienen que inventarse y rebuscarse formas y colores para sobrevivir, para vender, para exhibirse y por lo mismo para ceder.

En Colombia sobreabunda la cesión, la concesión. En los periódicos, en las emisoras de cadena, en la televisión, hay que hacer concesiones para circular, para lograr una buena clasificación, para conseguir popularidad, alta circulación, alta venta. Así se llega a obtener todo esto con las concesiones de todo orden: moral, ético –que no es lo mismo- estético, de lo que sea con tal de obtener la respuesta económica de un público, de un usuario ávido de amarillismo, ansioso de los escándalos, sediento de tragedias, comedias y tragicomedias.

Por eso, los principales exponentes de la Gran pequeña prensa tienen que acompañar sus ediciones normales con separatas: revistas de autos, de chismes, de deportes, de cocina. Y acompañarlos con juguetes: aviones en escala, crucigramas gigantes, pósters o carteles con el figurón de moda. Y en la radio, como en la tele, hay que hurgar en las heridas de las víctimas del secuestro, del asesinato, de la desaparición oficial, del trago de más que se tomó a deshoras. O punzar a los autores del despilfarro, del atraco al fisco, de la falsificación del documento para obtener el cargo. O exhibir a los salados que perdieron la elección por un voto pues nos les alcanzó la plata para comprar la voluntad del elector. O a los beneficiados que sí pudieron inclinar los resultados y por eso llegan a la posición privilegiada.

Eso es prostituir los medios: exhibir para vender y ceder. Mas cuando no se amasa el escándalo, entonces el medio tiende a desaparecer. Pero queda otro camino: quemar incienso al sistema o al gobernante de turno o al poder en el trono o tras el trono. O ser dueño del poder y del medio como una cierta familia que conocemos, la cual tiene a dos de sus retoños bien ubicados, bien posicionados: uno en el trono y otro en una poderosa cadena, amén de poseer ingerencia innegable e inocultable en otro pulpo, el del papel. Lo que se llama, como decimos en provincia, hacer moñona.

Tiempos estos, Fernando, tan distintos a esos ya idos cuando un periodista, de apellido Santos, para mantener inmaculada la imagen presidencial cedió sus derechos y rechazó el ascendiente que tenía sobre un periódico de su propiedad. El ejemplo de don Eduardo Santos al desvincularse de El Tiempo bien mereciera ser imitado por muchos, ahora, en la hora de hoy, en estos días que corren. Dies irae, o mejor, dies prostitutio”, dies prostituere, que también en provincia vemos porque el poder de la fortuna económica se da el lujo de multiplicar los periódicos amarillistas hasta en cerca de veinte ciudades de nuestra desprotegida Colombia.

Agrega Fernando Arellano que Orlando Pérez Sánchez ha ubicado a El Telégrafo como el tercer medio escrito de circulación nacional en Ecuador, gracias a un ejercicio periodístico con seriedad, responsabilidad y calidad, “pero sobre todo asumiendo como sagrado su compromiso de responder al interés ciudadano”. Y no es pecar de pesimismo el reconocer que en Colombia los medios eluden ese compromiso. Es realidad. Con el agravante de que no sólo lo eluden sino que lo tuercen y le hacen creer al lector, oyente o televidente, que su interés es otro. Lo dopan y le hacen creer que es bueno y le debe gustar o le gusta, la imitación servil y despersonalizadora de un cantante o la vida y muerte de un mafioso o el juego rudo de una falsa competencia entre regiones donde los cándidos protagonistas hacen lo mismo que en las peleas de lucha libre mejicanas: puro teatro. Pero que en todo caso emboban al usuario, lo ponen a gastar miles de pesos en llamadas que representan millones para las cadenas y le hacen olvidar los impuestos, la mascarada de la reforma judicial o las trapisondas del Ministerio de Educación, mientras quienes dicen ser sus representantes pasan de agache en el Congreso, porque hay que respetar la coalición oficialista y ya tenemos que prepararnos para la reelección de los auténticos patrones del mal que defenderán a dentelladas su curul.

Nuestra Gran pequeña prensa es eso, pequeña, porque está prostituida. Se exhibe y cede para vender. Y esa prostitución si que es imperdonable.

Altos de la Colina, Pasto, junio de 2012

jrenriquezs@yahoo.com

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