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Populismo y democracia

Por Rodolfo Arango  

A año y medio de su posesión, del 73% de apoyo va en el 58%. Los quince puntos porcentuales perdidos, de continuar la tendencia, lo situarían en el 43% a un año de la reelección, pronóstico preocupante para la continuidad del gobierno en el poder.

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Por Rodolfo Arango  

A año y medio de su posesión, del 73% de apoyo va en el 58%. Los quince puntos porcentuales perdidos, de continuar la tendencia, lo situarían en el 43% a un año de la reelección, pronóstico preocupante para la continuidad del gobierno en el poder.

No es de sorprender entonces el anuncio presidencial de entregar vivienda gratis a los más pobres de los pobres, con más veras si son los estratos 1 y 2 los que más descreen de las ejecutorias de Santos.

Recordemos que, en la recta final de la campaña presidencial, el actual mandatario prometió construir un millón de viviendas durante su cuatrienio. Ahora promete construir cien mil en un año y entregarlas gratuitamente a los más pobres, para lo que encomienda la tarea a su mosquetero estrella, Germán Vargas Lleras. Los expertos han manifestado su escepticismo a la luz de las cifras históricas sobre el ritmo de construcción en el país. Admiradores del carácter técnico del presidente lo tildan ahora de populista y demagogo. La acusación sería anticipada de no conocerse, gracias al control político ejercido por el senador Robledo, el abismo entre las metas del Ejecutivo en restitución de tierras y las devoluciones efectivamente realizadas a las víctimas.

Ernesto Laclau, teórico argentino, reivindica el populismo como expresión plena de “lo político”. Cuando el desfase entre el ejercicio del poder y la realidad social es demasiado grande, los líderes son quienes tienen la capacidad de movilizar al pueblo, bien para dar estabilidad al gobierno o bien para generar una ruptura en su continuidad. Es precisamente el populismo la forma de expresión democrática por excelencia. Por ello, cuando el populismo es ejercido desde el gobierno para mantenerse en el poder, levanta suspicacias y es visto como opresivo, sinónimo de demagogia y como forma predilecta de regímenes manipuladores y totalitarios.

El populismo del gobierno busca recuperar los afectos de los más desfavorecidos. Pero en su propósito se estrella con el populismo de Uribe, su mayor antagonista en el espacio político. Ambas tendencias en el partido hegemónico de la U son más cercanas a la democracia popular que a la democracia pluralista consagrada en la Constitución de 1991. Mientras la democracia popular irrespeta a las minorías políticas al desconocer las garantías constitucionales y legales para el ejercicio del poder, la democracia constitucional pone freno a las ansias desmedidas de poder mediante el respeto celoso de las reglas del juego democrático. Antes “familias en acción”, hoy “vivienda gratis”, ambos son programas populistas de gobierno, no políticas de Estado en beneficio de todos. Las promesas populares de Uribe y Santos institucionalizan así el clientelismo en lugar de desarrollar el Estado social de derecho mediante una legislación social y una jurisdicción social para la realización efectiva de los derechos para todos.

El populismo contrahegemónico, ejercido desde las bases para subvertir el poder establecido y propiciar la alternación en el gobierno, permite la renovación política. Por el contrario, el populismo gubernamental que no distingue entre programas de gobierno y políticas de Estado termina por anular la esencia de la democracia constitucional. Aún es tiempo de corregir el error. Una ley estatutaria del derecho universal y gratuito a la vivienda construye Estado social de derecho. Un programa gubernamental de vivienda gratis para los más pobres institucionaliza el clientelismo.

El Espectador, Bogotá, abril 26 de 2012.

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