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Quieren robarnos la Carta

Por Jaime Enríquez Sansón   

Eso hemos sentido estos días: que quieren robarnos la Carta, la Constitución, aquella ilusión de patria buena que tuvimos hace más de 21 años, cuando nuestras fuerzas estaban plenas, cuando no se arrugaba nuestra piel, cuando aún no se habían plateado nuestras sienes.

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Por Jaime Enríquez Sansón   

Eso hemos sentido estos días: que quieren robarnos la Carta, la Constitución, aquella ilusión de patria buena que tuvimos hace más de 21 años, cuando nuestras fuerzas estaban plenas, cuando no se arrugaba nuestra piel, cuando aún no se habían plateado nuestras sienes.

Porque también hace unos 21 o 22 años, Colombia estaba al borde de la desesperación. Vivíamos con sobresalto y con miedo, con el terror agazapado en las sombras o presto a manifestarse a plena luz del día. Entonces formamos un club inmenso, de gentes que ni nos conocíamos, que ignorábamos nuestros nombres, procedentes de todos los rincones del país y con un puñado de hombres y mujeres más jóvenes aún que nosotros hablamos de reformar la Constitución que ya llevaba 105 años y nos inventamos el cuento de la Séptima Papeleta. Que no resultó un cuento pues era la expresión de todas las ilusiones, de todos los anhelos, de toda la fe de los colombianos buenos – pues que así nos sentíamos: buenos – con ganas de cambiar al país, de rescatarlo para nosotros, para nuestros viejos, para nuestros hijos y para los hijos de sus hijos.

Y logramos la revocatoria de un Congreso de dudosa conducta y fuimos convocados para elegir a unos Constituyentes que trabajaron serio, duro, con todas las tendencias unificadas en torno a ese sueño, a ese ideal: cambiar la Constitución para salvar al país. Con posibles vacíos, claro. Por posibles errores, por supuesto. Pero nos dieron una Carta nueva, respondieron a nuestras esperanzas. Respondieron a nuestra confianza, con la presidencia de un hombre joven en el país y la presidencia en la Constituyente que compartieron tres ciudadanos de distintas tendencias políticas. Y nos entregaron un documento que durante estos 21 años ha conservado su espíritu pero que ha sido atacado por las más proclives ambiciones, por los más desaforados bandidos. Algunas veces con éxito para ellos, otras veces no tanto.

Hasta que llegó este junio negro. Y sentimos, entonces, que nos querían raponear los sueños de entonces, las esperanzas que aún hemos conservado estos años. Y miré no sólo en el pasado sino que miré la figura pequeñita, enjuta, de mi madre, que ahora doblegada por la edad, permanece largos períodos privada del movimiento, casi inmóvil, sin la luz de la razón, sin poderse valer por sí misma. Al verla convertida en un montoncito de ruinas, recordé con dolor que también ella votó por la séptima papeleta, también eligió un Constituyente, también vivió como muchos colombianos, jóvenes y viejos, ese afán de tener una patria mejor. Y sentí que también a ella la traicionaron. A ella que como muchos, en las ciudades y el campo, están indefensos, sin armas, sin voz para reclamar, perdido el uso de la razón. A ella que como tantos otros deben ser alimentados por las manos compasivas de los hijos o los nietos.

Y entonces mi dolor se tornó rabia. Porque ha vuelto a nuestra almohada el temor. Regresaron el miedo y las pesadillas pues no podemos ya confiar. Creíamos enterrada por siempre la sospecha pero como en esas interminables sagas de horror que nos venden desde Hollywood, en la cartelera del Congreso han colgado un nuevo anuncio sobre el retorno de Jason, otra vez el viernes 13 o un nuevo Halloween macabro.

Lo sucedido en este junio de 2012 como epílogo de todo el proceso de la Reforma a la Justicia, no tiene parangón en la nuestra historia pero integra esa lista de vergüenza y de dolor que incluye la traición a los comuneros, la noche septembrina, la guerra de los Mil Días, la amputación de Panamá, la culebra Pico de oro y el Proceso 8.000.

Pero este feo momento aún no acaba y por eso el temor y desconfianza. El insomnio colectivo, que ojalá no nos quite la memoria como a las gentes de Macondo, ni nos prive de esa segunda oportunidad sobre la tierra, el referendo revocatorio, debe llevarnos más bien a una nueva reflexión. Para mantenernos despiertos, vigilantes, porque quieren robarnos la Carta, porque ya intentaron, mediante un golpe de aquelarre repudiable, acabar con lo bueno, poco o mucho, que teníamos. Y eso no podemos permitirlo: por la memoria de los miles de caídos, por los que viven sin luz y sin razón, por los privados de la libertad, por los con hambre, por los salmuera sin trabajo, por los niños sin pan, sin ropa y sin educación; por los enfermos y desahuciados, por los que no tienen padrinos ni madrinas, por los que carecen de agua potable, de lecho blando, de techo propio, de letrina digna. Por todos los desposeídos de Colombia que aún esperan con menos de un salario mínimo y no pueden ni siquiera pensar en los mendrugos caídos de la mesa del epulón que devenga cuarenta millones de pesos en diciembre gracias a las prebendas del Congreso. Por ellos, por los pobres soldados y los desamparados policías, por la gente que no tiene ni cartilla ni catecismo sino sólo aspiraciones que no pueden frustrarse, tenemos que luchar y como sea defender la Constitución de estos modernos corsarios que amenazan de nuevo a nuestra patria.

Altos de la Colina, Pasto, a comienzos de julio de 2012.

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