Por Emilio Sardi
Los fanáticos de la apertura delirante que han intervenido en nuestro manejo económico durante las últimas dos décadas han sido ferozmente vociferantes en su rechazo a los subsidios al agro. Para ellos, dichos subsidios favorecen indebidamente a los productores y son mortales pecados ante el supremo ídolo de la globalización. Ese claramente no es el criterio que impera en los países desarrollados.
Según la Ocde, en 2014 los subsidios y apoyos agrícolas en los países de la Ocde más China, Rusia, Indonesia y Brasil, responsables por el 80 % de la producción agrícola mundial, superaron los US$580 mil millones.
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