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Un sueño que se aplaza

Por Alberto Velásquez Martínez  

En condiciones políticas menos conflictivas, con una sociedad emocionalmente polarizada por la pugnacidad de presidentes y expresidentes, la marcha ciudadana que se dio el 9 de abril para apoyar el proceso de paz, habría podido gozar de mayor respaldo por la opinión pública nacional.

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Por Alberto Velásquez Martínez  

En condiciones políticas menos conflictivas, con una sociedad emocionalmente polarizada por la pugnacidad de presidentes y expresidentes, la marcha ciudadana que se dio el 9 de abril para apoyar el proceso de paz, habría podido gozar de mayor respaldo por la opinión pública nacional.

Lamentablemente, la marcha se politizó. En otras palabras, se sectarizó. Resultó ser más factor de división que de unidad de propósitos y de solidaridad para buscar el deseado objetivo de la paz.

El tufillo que penetró en los reacios a caminar, al interpretarla como plataforma, más que de presión a los negociadores de La Habana para que apuren el proceso pacificador, de reelección del presidente Santos, desvirtuó lo que debía ser la mejor oportunidad de crear conciencia de responsabilidad nacional.

Ese olor a reelección supo captarlo con mucha sagacidad la presidenta del Polo, Clara López. “En las circunstancias actuales -dijo- consideramos inconveniente para la oposición democrática aparecer junto al presidente Santos en su despropósito de aprovechar los anhelos de paz para apuntalar su reelección”. Fue concreta y directa, en tanto otros vociferaban contra las perspectivas de plantear salidas diferentes a la guerra, con una paz negociada.

La fecha del 9 de abril también era discutible. Mientras para unos fue el momento en que con la muerte de Gaitán se rompió el sueño de reivindicar los derechos de los desposeídos, para otros era una fecha aciaga en que se intentó destruir las instituciones legítimas a través de la asonada y del fuego.

El 9 de abril tenía como fecha para la convocatoria de los caminantes muchas connotaciones e interpretaciones. No podía servir como mojón para unificar criterios, ni propósitos comunes de señalar salidas que conduzcan a la reconciliación nacional. Como tampoco lo habían sido, para tales efectos, conmemoraciones tan dolorosas como los asesinatos de Luis Carlos Galán o de Álvaro Gómez para montar tales jornadas de andariegos. Habrían causado polémicas por las interpretaciones equívocas que a su alrededor se hubieran tejido.

¿Qué buscaba el presidente Santos al marchar con Petro y la dirigencia de la llamada Marcha Patriótica? ¿Darle un contenido popular al proceso de paz? ¿Pintarlo más de pueblo para sacarlo de la comidilla de los cocteles del Jockey Club o de los Lagartos? ¿Construir un frente político que desde ya comience a contrarrestar la cerril oposición uribista, que tanto acosa y desvela a Santos? Al fin y al cabo siempre se ha dicho que el liberalismo es patrimonio del pueblo, así su tío y jefe Eduardo Santos haya sido toda la vida el gran contradictor de Gaitán quien autoproclamaba: “yo no soy un hombre, sino un pueblo”.

Hemos apoyado el proceso de paz. Queremos seguir creyendo -a riesgo de caer en la ingenuidad- en la buena fe y la transparencia con que el gobierno negocia. Pero reclamamos que sea un proceso incontaminado de mañas como la de atarlo a cualquier costo a la reelección presidencial. Esto nos parece cruel con un país al que tantas trampas se le han hecho.

Confiamos que algún día todo el país convocado por las fuerzas vivas, pueda marchar por todas las calles de Colombia, sin engaños o disimulos, para apoyar un auténtico y diáfano proceso de paz.

El Colombiano, Medellín, 10 de abril de 2013.

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