Polo Democrático Alternativo

El problema de la democracia en el mundo contemporáneo

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Para reflexionar sobre lo que se denomina “democracia”, a continuación un fragmento del libro ‘La democracia en la teoría y en la práctica’ del pensador colombiano Antonio García:

 

He de dar por sentado, el que la democracia está en crisis. ¿Pero cuál democracia? He ahí el verdadero problema. Hace un siglo los comunistas se burlaban de la democracia porque la identificaban con la carne y el espíritu capitalista. Parecía como si la democracia no pudiese tener sino un solo apellido de clase: “la democracia burguesa”. Pero el siglo XX ha sido pródigo en revoluciones, tanto en el orden institucional como en el orden de ideas.

 

No han pasado aún quince años en la época de esplendor del fascismo, cuando buena parte del mundo llegó a impregnarse psicológicamente de algunos de sus slogans: el de la crisis de la democracia parlamentaria, el de la pérdida de toda vigencia histórica de la libertad, el de superación del capitalismo por medio del Estado Totalitario. Desde antes del fascismo, la escuela social católica diagnosticaba acerbamente la crisis de democracia, entendida como un sistema siempre inorgánico, sometido a los caprichos cuantitativos de la multitud y cuya deleznabilidad ha consistido en su falta de bases ontológicas. Pero a la historia no pasan los slogans sino los hechos: ni el Estado Totalitario fue una superación del capitalismo – ya que sólo fue un capitalismo organizado sin democracia – ni la libertad perdió vigencia histórica, ni la crisis de la “democracia burguesa y parlamentaria” fue una crisis general de la democracia. Una vez más, era evidente que se tomaba el rábano por las hojas y que se confundía un principio en desarrollo con las especies o formas que puede adoptar a lo largo de la historia. Han bastado unos pocos años –menos quizá de los que son necesarios para ver transformarse a un hombre- para tener una perspectiva adecuada frente a los problemas que de algún modo quiso agitar y deformar el fascismo. Hoy sabemos en qué consisten y cuál era su verdadera dimensión. E incluso podemos afirmar que la derrota militar del fascismo no resolvió la crisis de la democracia capitalista, simplemente porque el capitalismo ha dejado de ser un sistema económico favorable a la democracia. No se trata ni de negar que el capitalismo estimuló históricamente el desarrollo del principio democrático –dándole una categoría universal y definida en el progreso humano- ni de afirmar que la crisis de la democracia en el capitalismo es la crisis total de la democracia. ¿Cómo confundir los árboles con el bosque? Una cosa es la democracia como forma política dentro del capitalismo, otra cosa la democracia como principio, como sistema de vida y superación humana. Podríamos decir que el sistema capitalista hizo crisis desde el siglo XVIII, ¿por qué entonces perdiera vigencia histórica el capitalismo mercantil?

 

Por esta razón, la historia ha convertido en polvo y ceniza toda la gigantesca construcción de los agitadores comunistas de hace un siglo o de los conquistadores fascistas de hace una década. No era la democracia la que había hecho crisis, sino una democracia. Pero de todos modos, era tan fundamental entenderlo en el sentido que el principio seguía en pie –en espera de un nuevo desarrollo de la historia- como en el de que había hecho crisis una forma de la democracia. No cabe duda acerca de que ambas posiciones, la comunista y la fascista son anti históricas porque ambas nos limitan el horizonte a unas formas caducas, falsas o ya enteramente muertas. La llamada “democracia burguesa” ha dejado de vivir como una democracia porque ha reemplazado la libertad económica por la cerrada construcción de los monopolios; porque ha matado la ética de solidaridad con la moral de la ganancia privada; porque ha sustituido el principio del servicio por “el evangelio del éxito”; porque ha sacrificado la libertad al privilegio; porque ha vaciado el alma del pueblo para que no reclame la dirección de su destino, ni entienda que el Estado le adeuda una vida mejor; porque le ha dado al parlamento una equívoca naturaleza de mercado de valores públicos.

 

En el plano de la persona humana, la democracia capitalista ha invertido siniestramente el orden de los valores, imponiendo un grosero materialismo que consiste en avaluar a los hombres no por lo que son sino por lo que tienen. El materialismo capitalista ha convertido las relaciones humanas en relaciones entre cosas negociables, dándole a todo lo que toca una franca u oculta naturaleza de mercado y substituyendo toda ética de superación por una ética de posesión excluyente de bienes. (…) En donde se hace más visible esta crisis de la “democracia burguesa” es en el definitivo abandono de sus dos grandes objetivos: el Estado Nacional y el del pueblo soberano. El Estado que debía reflejar y representar los intereses de toda la Nación y el pueblo que debía dirigir responsablemente – a través del mecanismo de sufragio universal- los destinos del Estado. En esto consistía la perfecta parábola. Pero si el pueblo no tenía una conciencia política que lo hiciese responsable del ejercicio de su voluntad, ¿cómo podía existir un Estado de la Nación, libre de las presiones de clase, independiente del transitorio éxito de mayorías ocasionales, árbitro supremo de conflictos? La verdadera soberanía del pueblo reside en la conciencia de esa soberanía y en la consiguiente capacidad de expresarla responsablemente: ¿pero cómo adquirir esa conciencia política sino mediante el ejercicio de la democracia? El círculo vicioso empieza cuando nos hacemos esta nueva pregunta: ¿y cómo ejercer la democracia sin esa conciencia política?

 

La “democracia burguesa” no se formuló ese problema sencillamente porque no era suyo. Su problema consistía en adaptar unos mecanismos representativos a las necesidades de la propiedad capitalista. Eso lo logró a costa de que el pueblo no adquiriese un pensamiento político, ni conciencia de su papel, ni responsabilidad en la dirección de su vida; y a costa también de que el Estado se hiciese más y más un Estado de clase, una última línea defensiva de la propiedad privada y del régimen de administración capitalista. En eso consiste la frustración de los dos grandes objetivos de la Revolución democrática burguesa, pero también la victoria del capitalismo como economía, como sistema de intereses, de lucro, de acumulación. El Estado podía tener pensamiento pero no voluntad propia, voluntad de árbitro por encima de las clases; y el pueblo podía tener voluntad – exclusivamente para actos electorales- pero una voluntad sin pensamiento, sin verdadera significación política. La revolución francesa hizo del pueblo un dios; pero no le dio ojos y conciencia para vengarse de los dioses; le encadenó –como Prometeo- a la roca de su propia ceguera.

 

 


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