Palabras de Carlos Gaviria Díaz al recibir la condecoración. José Félix Restrepo, de la Universidad de Antioquia en el año 2000.  

Cuenta Carlos Restrepo Canal, en su semblanza de José Félix de Restrepo, una anécdota ya contada por Mariano Ospina Rodríguez y por Rafael Núñez. La esencia es esta: acusado el general José Maria Córdova de varios delitos, entre otros el haber ordenado que se le diera muerte al coronel Carmen Valdés, la Suprema Corte Marcial lo absolvió, con el voto disidente del magistrado José Félix de Restrepo, quien juzgó que el reo merecía la pena capital.

Unos días más tarde, Córdova invitó a Restrepo a dar un paseo por la zona oriental de Bogotá, próxima a los cerros de Guadalupe y Monserrate. Los vecinos que los vieron partir juntos temieron por la vida del doctor Restrepo, dado el carácter altivo del joven militar, pero recobraron la tranquilidad al verlos regresar departiendo amistosamente y escuchar a Córdova despedirse en estos términos: “Dios salve al magistrado para la ley”, y a Restrepo responder: “Dios salve al héroe para la patria”.

No pertenezco al caudaloso grupo de nostálgicos que repiten embebidos la cantinela de Jorge Manrique, evocadora del pasado. Pero en el episodio referido sí hay una lección para el país de hoy: que un general lleno de fama y de gloria entienda que un magistrado ha podido tener buenas razones para condenarlo a muerte y, aun convencido de no merecer ese castigo, reconozca la autoridad del juez para dictaminar que lo merece; y que el magistrado, persuadido de su propio juicio, discrepante del de sus colegas, exalte al héroe por cuya muerte abogó, son hitos sobresalientes en la historia de una comunidad que aspira a vivir civilmente.

Eso, en buen castellano, se llama juego limpio, respeto a las reglas y, es hoy, quizás, nuestra mayor carencia. La anomia que nos tiene postrados, reveladora y generadora de violencia, es precisamente la antítesis de la paz que anhelamos. Es el corolario natural de sacralizar las reglas, o su aplicación, cuando amparan nuestros intereses, y de execrarlas cuando los desestiman. Exaltar al juez como recto y probo si su decisión satisface nuestros deseos, o desconceptuarlo como ignorante y prevaricador si frustra nuestras expectativas, es un signo inequívoco de que no se es apto para convivir en una comunidad civilizada, vale decir regida por normas.

Esa actitud vitanda y maniquea es, además, el trasunto de un hábito mental de vigencia secular entre nosotros, conforme al cual la función del derecho consiste en santificar los intereses de sectores tradicionalmente privilegiados, en detrimento de otros consuetudinariamente postergados, anatematizante, en consecuencia, de cualquier decisión oficial que determine, con buenos fundamentos, que la razón está de parte de la otra orilla, la históricamente irredenta.

Cualquier juez colombiano que cumpla su misión con entereza, tiene que ser consciente de que, casi siempre, los damnificados con las decisiones carecen de la gallardía y la grandeza de nuestro héroe y de nuestro prócer. José Félix de Restrepo fue un hombre de pensamiento y de acción. Enseñó ciencias naturales, física, matemáticas y, desde luego, derecho. Mostró su compromiso con la patria, y su valor, en más de un episodio de la guerra de independencia; desempeñó con brillo, con rectitud y sabiduría la magistratura en la Alta Corte de Justicia y en la Alta Corte Marcial. Es, sin duda, un acierto que la Universidad de Antioquia haya escogido su nombre para designar una de las más honrosas condecoraciones que ella confiere. Para cualquier profesional egresado de sus claustros, tiene que constituir un alto honor y un hondo orgullo recibir la distinción que lleva el nombre del prócer; pero si es un jurista y un magistrado quien la recibe, el galardón tiene aún más viva significación. Que en función de esas dos calidades que ostento, la Universidad, por iniciativa de un grupo de generosos egresados de mi querida facultad, haya juzgado que lo merezco, es para mí motivo de alegría, aunque sea consciente de que el alma máter tiene ya la vieja costumbre de abrumarme con su benevolencia sin límites.