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“No somos lombrices, no comemos tierra”

Por Carlos Naranjo*  

Por allá hace unos veinte años, a mediados de los noventas, un buen número de productores de café y de arroz y algunos profesionales de las ciencias agrarias, estábamos en Ibagué, en la casa de Ángel María Caballero, deliberando en una Asamblea de la recién creada Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria, organización cuyo objetivo principal era defender el sector agrario de la violenta arremetida de la política aperturista neoliberal.

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Por Carlos Naranjo*  

Por allá hace unos veinte años, a mediados de los noventas, un buen número de productores de café y de arroz y algunos profesionales de las ciencias agrarias, estábamos en Ibagué, en la casa de Ángel María Caballero, deliberando en una Asamblea de la recién creada Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria, organización cuyo objetivo principal era defender el sector agrario de la violenta arremetida de la política aperturista neoliberal.

En esa época la batalla democrática se daba contra la llamada ALCA (Área de Libre Comercio para las Américas) que el gobierno  norteamericano quería imponerle al resto del continente para convertirlo en su coto de caza directo: “Una sola zona comercial desde el puerto de Anchorage hasta La Tierra del Fuego”. O sea, desde Alaska hasta la Patagonia, como lo señalara Aurelio Suárez en su libro Crítica al Alca. La recolonización (Ediciones Aurora, Bogotá, 2003).

Digamos de una vez que cuando en Washington se percataron de que los tiempos no estaban para esas rápidas imposiciones, cambiaron de táctica y les ordenaron a sus funcionarios y a sus mayordomos en el Continente optar por hacer aprobar, con paciencia, y según las condiciones, tratados de libre comercio con todos los países de la región. Se demoraron un poco más, pero lo lograron: “Alianza del Pacífico ya desgravó el 92% de su comercio” titula con gran despliegue en primera página El Tiempo del 1 de julio de 2013. Y en esa misma edición agrega que “la próxima semana, los viceministros de ambas carteras (`cancilleres y ministros de Comercio) se reunirán en Santiago de Chile para dejar sin gravamen alguno el 8 por ciento restante”. Los titulares de prensa recientes han insistido, haciéndose cruces, sobre las dificultades del agro y la industria nacionales, mientras el gobierno santista intensifica esas políticas que causan el mal y por ello crecen y crecen las importaciones de todo lo que podemos producir en el país. Queda claro que el avance de la política neoliberal ha sido arrasador. Se ha cumplido el vaticinio de Francisco Mosquera: “En cada trato ellos vienen por todo. Quieren el telar, la tela y a la que teje” (La nación se salva si corrige sus errores. En Resistencia Civil, Ediciones Tribuna Roja, Bogotá, 1995).

Precisamente en eso andábamos en la mencionada asamblea de Salvación Agropecuaria mencionada antes. Buscábamos unificar a los productores del campo (y no solo a cafeteros y arroceros) para que entendieran que al desplomarse la URSS, Estados Unidos acentuaría su expansión imperial por toda la Tierra, y en primer lugar en Latinoamérica, su patio trasero. Y que, por tanto, debíamos consolidar nuestra unidad, ampliar la lucha y ajustar las tácticas.

El primer día, las deliberaciones transcurrieron con gran éxito: los cerca de cien asistentes aprobamos por unanimidad unos puntos básicos, a manera de programa mínimo de Salvación Agropecuaria, que contemplaban la búsqueda de soluciones a los problemas más agobiantes en ese momento para los agricultores: No a la importación de productos agropecuarios (importaciones que crecían con rapidez al calor de la apertura económica); que el gobierno garantizara precios de sustentación rentables para sus productos; que hubiera créditos agrarios oportunos, baratos y suficientes; que fueran controlados los precios de los insumos, cada vez más caros; y freno al abandono del Estado en servicios tales como asistencia técnica, investigación, mercadeo, vías de comunicación, y atención al creciente deterioro del orden público.

Para el segundo día hubo nuevos asistentes a la reunión y algunos presentaron sus propuestas, que fueron acogidas con gran beneplácito, pues se resumían en que Salvación Agropecuaria le exigiera al gobierno el cumplimiento de los compromisos adquiridos con las diferentes organizaciones del campo en medio de sus luchas reivindicativas. Sin embargo, hubo una delegación que presentó una exigencia perentoria: “Nosotros participamos en las luchas que ustedes plantean y defendemos los puntos que han aprobado, pero se debe agregar una petición y es la de la tierra, que nos den tierra”.

Se inició entonces una amplia deliberación, en la que hubo cerca de veinte intervenciones alrededor de no incluir el tema de la tierra, con gran cantidad de argumentos, pero los más contundentes fueron dos: 1. Que sería una inconsecuencia política incluirlo pues la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria estaba conformada por agricultores propietarios de tierra: centenares de miles de pequeños y medianos productores de café; miles de parceleros, medianos e incluso empresarios que cultivan el arroz; miles de maiceros, paneleros, paperos, cultivadores de frijoles, frutas, hortalizas, sorgo, ajonjolí, yuca, ñame, y una lista grande de nuestras especies cultivadas. 2. Que la posesión de la tierra (como propietarios, arrendatarios o cualesquiera otras formas de tenencia) no representaba el problema del momento pues había una cuestión determinante que debíamos enfrentar primero: la ofensiva de la política neoliberal que, más temprano que tarde, acabaría con la producción nacional.  

Sobre este aspecto hubo dos intervenciones con las que quiero terminar esta nota. La primera fue a manera de chiste político: “Esta discusión, de si se amerita luchar hoy por la tierra, me trajo a la memoria un chiste cruel: `un buzo que estaba en el fondo del mar, recibió un mensaje del barco: súbete que nos hundimos´. Y es que algo así sucede con quienes nos proponen que luchemos, como sea, por conseguir una parcela de tierra. ¿Para qué? Si hoy miles de agricultores están saliendo de sus tierras hacia las ciudades o hacia otras actividades. Si miles se quiebran como consecuencia de las políticas aperturistas. Si miles de miles tienen que salir a las carreteras para exigirle al Estado soluciones a sus problemas como productores. Si centenares de miles de campesinos propietarios de tierra están hundidos en las dificultades, ¿para qué les decimos a los que no la tienen que se suban al barco que se va a hundir? Creemos firmemente que hoy la política es, sin ninguna duda, luchar contra las políticas empobrecedoras, y unir a todos los afectados por ellas. Serían chistes demasiado crueles pedirles a los campesinos que entreguen sus esfuerzos e incluso la vida misma para obtener una parcela que está amenazada por un violento tsunami que se llama apertura económica”.

La segunda intervención acabó la discusión. El gobernador indígena del resguardo de Chenche Asoleado (si mi memoria no me falla) pidió la palabra y dijo: “Yo expreso mi respaldo a los doctores Caballero y Robledo y a  quienes piden que no se incluya el tema de la tierra en el programa de Salvación Agropecuaria. El problema no es la falta de tierra. El problema está en las políticas que no apoyan la producción nuestra pero sí le abren las puertas de nuestro país, como hace quinientos años, al poder extranjero. Les cuento nuestra experiencia: los indígenas de esta región tenemos 18 mil hectáreas en una de las tierras más ricas del país, el Triángulo del Tolima, pero nos estamos muriendo de hambre porque el Estado, que es quien puede hacerlo, no nos da agua, ni asistencia técnica, ni facilidades de mercadeo, no nos garantiza precios para nuestros productos y ni siquiera los créditos usureros nos llegan. Tenemos tierra y tan buena que hasta comerla quisiéramos para calmar el hambre. ¡Pero no somos lombrices!”

Aunque, antes de terminar, es bueno dejar claro que hoy hay un punto que se vuelve fundamental: la acelerada concentración de la tierra en manos de grandes potentados nacionales y extranjeros. Mientras a los campesinos y productores pequeños y medianos, e incluso no pocos empresarios no monopolistas, sufren el embate de las políticas neoliberales y son desplazados de sus tierras, hay un buen número de empresas multinacionales y de “cacaos” del país, “Los Nuevos Llaneros”,con Cargill y Luis Carlos Sarmiento Angulo a la cabeza, que saltan toda clase de barreras legales e ilegales para acaparar terrenos en la Orinoquia con destino a la especulación financiera e inmobiliaria y al mercado internacional. Es el Modelo Carimagua, tan defendido por Uribe Vélez, Andrés Felipe Arias y Juan Manuel Santos. ¡Hoy más que nunca tenemos que esforzarnos por cuidar el telar, la tela y a la que teje!

*Miembro del Comité Ejecutivo Nacional del Polo Democrático Alternativo.

 

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