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“Economista, salve usted la patria”. Una respuesta

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Carlos Uribe Celis
En un diario de amplia circulación en Colombia una periodista reconocida,
abogada y exparlamentaria (alvarista en tiempos pasados), en un editorial de la
última edición dominical (Nov. 20, 2022) del diario, convoca a los economistas a
pronunciarse contra los proyectos de Petro, otro economista hoy presidente. Hace
ella un inventario de economistas colombianos, también reconocidos (por alguna
razón no nombra en su lista al más mentado en estos días: José Antonio Ocampo).
“Señores economistas dice perentoriamente el artículo ha llegado su hora. Se han
convertido en nuestros oráculos”. Sorprendente invocación sacralizadora de un
gremio, que en pleno derecho se pronuncia sobre lo que pasa en el país, pero que
no detenta el monopolio de la verdad ni de la opinión. Quizá algunos de ellos se
regocijen con el espacio preferente que les otorgan los medios y con canonizaciones
como las que les propina la periodista. Pero los más de ellos no querrán respirar
por encima de sus narices ignorando el concierto amplio y variado de la opinión y
de los muchos especialistas.
Uno de los economistas clásicos, Thomas Robert Malthus (17661834) declaró a la
economía una “ciencia triste” (the dismal science). Malthus era un pastor
protestante preocupado por el apetito genésico o la función sexual humana y
pronosticó en 1798 que la población crecería más rápido que los recursos para
alimentarla. Al decir que la economía era una ciencia triste estaba convencido de
que su pronóstico era “científico” incontrovertible y verdadero, pero, por
desgracia “triste”, pues apuntaba al fin de la humanidad, al apocalipsis. Ni una
cosa ni otra. Por 200 años y más, el pronóstico ha sido equivocado, pero los
economistas han vivido felices, independientemente del efecto de sus predicciones,
de sus prescripciones y de sus fórmulas de solución sobre la humanidad que las
padece.
Paradójicamente, cada fórmula económica trae una carga de contradicción que los
economistas conocen sin que por ello se detengan. Así la inflación se cura subiendo
las tasas de interés para impedir el crecimiento de la cantidad de dinero en el
mercado. Poco dinero restringe la inversión y poca inversión lleva a la recesión, que
es el monstruo al que todos temen y ellos combaten. Los salarios bajos
desestimulan la demanda. Sin demanda el mercado colapsa. Por el contrario, los
salarios altos matan las ganancias. Sin ganancias no hay estímulo para la
producción. Sin producción no hay empleo. Sin empleo no hay salarios. Sin
salarios no hay demanda y el círculo vicioso se repite incansablemente.
Una buena parte del listado de economistas colombianos recogido por la periodista
fueron furiosos defensores del neoliberalismo. El neoliberalismo reinó por tres
decenios con catastróficos resultados sobre Latinoamérica y Colombia

(desindustrialización, pérdidas en el salario real, déficits en la balanza comercial,
explosión de la deuda pública, pauperización crítica, obscena desigualdad social y
económica). Los economistas que atizaron la debacle (en buena parte determinante
por reacción del triunfo de Petro), sin arrepentimiento ni vergüenza alguna,
siguen al frente y ahora han encontrado una voz desconsolada e implrante que los
convoca para integrar una nueva “Primera Línea” de un “ejército de salvación” de
última hora.
No es que no haya necesidad de profesionales de la economía (tengo respeto y
admiración por algunos de ellos incluido un amigo entre los de la lista), pero no.
No es esta la hora de los economistas. La hora de ellos ya fue y creo que ya no es.
También han “pasado de moda”, contra lo que cree la periodista. En cambio, esta
terrible coyuntura está huérfana de biólogos, historiadores, sociólogos,
trabajadores sociales, médicos, filósofos. El planeta o mejor, la vida en el planeta,
pues el planeta muerto recuperará las formas de vida al paso de algunos millones
de años y lejos de la especie depredadora: el homo sapiens el planeta, digo, pide a
gritos biólogos que ayuden a hallar las salidas al apocalipsis de la biogénesis. Los
filósofos nos dejarán si se lo permitimos oir sus voces para distinguir lo ético de
lo perverso. En Silicon Valley (la meca de la informática y su engendro último: la
Inteligencia Artificial) a la hora de llenar las plazas de gerentes han estado
reclutando teólogos (no administradores ni economistas, ni precisamente
ingenieros). Bien por los teólogos, mal por la función que Silicon Valley les asigna.
El gobierno de Petro ha estado nombrando sociólogos en posiciones de gobierno
donde los neoliberales nombraban administradores, economistas o, como en los
dos últimos siglos aquí, abogados.
La periodista culmina su artículo con un desvío (por no decir desvarío) temático en
su plegaria a los economistas: “Señores economistas […] expliquen ́para dónde
vamos. Y si no pueden, respondan otra pregunta más fácil [¿?] que les hice hace
años en alguna columna: ¿Dios existe?”. Si la cuestión es de profesiones o
especialidades, esa preguntica, además de para los teólogos, es para los
historiadores, los sociólogos o los cultores de la historia social. Un remate así para
el artículo de marras produce Estupor. ¡Quién quita que sea simplemente porque
es Estúpido!
20 de noviembre de 2022, 3:00 pm

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