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En Colombia se padecen todas las formas del hambre

Por Sara Eloísa del Castillo Matamoros / Razón Pública  

Los niños muertos de hambre en la Guajira son la punta del iceberg. Un repaso autorizado de las cifras muestra dónde y por qué existen todavía la desnutrición aguda, la crónica y la oculta: miseria en medio de las “locomotoras”.

Héctor Abad Gómez alguna vez dijo que la desnutrición es un eufemismo de los expertos para no hablar de hambre. Por eso hay que llamarla como tal: todos los tipos de desnutrición, sea aguda, crónica o global, implican experiencias largas

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Por Sara Eloísa del Castillo Matamoros / Razón Pública  

Los niños muertos de hambre en la Guajira son la punta del iceberg. Un repaso autorizado de las cifras muestra dónde y por qué existen todavía la desnutrición aguda, la crónica y la oculta: miseria en medio de las “locomotoras”.

Héctor Abad Gómez alguna vez dijo que la desnutrición es un eufemismo de los expertos para no hablar de hambre. Por eso hay que llamarla como tal: todos los tipos de desnutrición, sea aguda, crónica o global, implican experiencias largas

o cortas de hambre.

Distinguir los tipos de hambre importa en tanto cada uno tiene secuelas distintas. Sin embargo, todos tienen la pobreza y la injusticia como sus causas básicas.

La desnutrición aguda, retraso del peso para la talla, corresponde al “hambre aguda”; la desnutrición crónica, retraso de la talla para la edad, corresponde al “hambre crónica”; y en Colombia, además, hay graves carencias de micronutrientes como hierro, zinc, calcio y vitamina A, un problema denominado “hambre oculta”.

Aunque ninguna de las tres modalidades de desnutrición debería existir en un país con el nivel de ingreso de Colombia, es indudable que la situación ha tendido a mejorar durante la últimas dos décadas, según indican las dos encuestas de 2010 – la de  Demografía y Salud (ENDS) y la de Situación Nutricional (ENSIN).

Geografía del hambre crónica

Pero tales encuestas corresponden a promedios nacionales. Cuando se mira más  de cerca a las poblaciones vulnerables, como los niños y niñas más pequeños, desagregando las áreas rurales y urbanas, subregiones y departamentos, las cifras son más altas y muestran lo que esconden los promedios.

La desnutrición crónica entre menores de 5 años en las zonas rurales es seis puntos porcentuales mayor que en las urbanas. Y una región como la Atlántica está por encima del promedio nacional, con 15,4 por ciento.
Al analizar la desnutrición crónica por departamentos, Vaupés alcanza el 34,6 por ciento, Guajira el 27,9 por ciento, Boyacá el 30,9 por ciento y Nariño el 26,7 por ciento, departamentos que tienen en común sus altos porcentajes de población indígena y campesina.

Las cifras muestran pues que el “hambre crónica” se ha concentrado de manera dramática en las poblaciones más abandonadas por el Estado y en regiones donde abundan la biodiversidad y las riquezas mineras y agrícolas.

El hambre aguda que mata

La noticia que actualmente conmueve al país sobre las muertes por desnutrición en la Guajira muestra que aún existe en Colombia el hambre aguda: máximo déficit de peso para la talla causado por falta de comida.

La noticia se refiere a 15 niños y niñas muertos, pero seguramente el número sería mayor si se incluyeran  las muertes por  infecciones respiratorias y diarreas cuya causa básica es la misma.

Peor aún: se trata de una tragedia anunciada hace tiempo por diferentes entidades, y documentada en estudios como el de Nubia Ruiz y Magda Ruiz, de la Universidad Externado de Colombia, en 2006. Este estudio muestra que en el período 1998-2002, la mortalidad entre menores de 5 años de edad por causa básica de la desnutrición fue de 6,5 defunciones anuales por cien mil habitantes, y que al incluir las defunciones asociadas la tasa llega a 21 defunciones.

El estudio concluye que la mortalidad por desnutrición es más elevada en zonas donde se adelantan “proyectos de alta productividad agroindustrial, minera y petrolera, en los territorios donde hacen presencia resguardos indígenas y en los municipios medios que tienen entre 50 y 100 mil habitantes que son hoy por hoy escenario de grandes proyectos de producción de agro-combustibles”. Tales son los casos de Bolívar y Atlántico, que concentran cerca del 8 por ciento de las muertes, seguidos de Amazonía, Boyacá, la Guajira, Chocó y Magdalena.

Por otra parte en municipios ubicados en veintiún departamentos,  la probabilidad de muerte por desnutrición supera las 1.000 muertes por cada 100 mil nacidos vivos (Cuadro1). Aparecen aquí los municipios de Guajira que en estos días han estado en las noticias, al lado de otros donde ocurre lo mismo pero no se difunde, como  Chocó,  Amazonas y otros departamentos de la Costa Atlántica.

El hambre oculta, otra emergencia nacional

Se trata, recordemos, de deficiencias de micronutrientes como hierro, calcio y vitaminas que ocasionan retrasos en el crecimiento de niñas y niños, bajo rendimiento escolar y mínima resistencia a las enfermedades infecciosas. Entre las gestantes este tipo de hambre es causa de mortalidad materna y perinatal y entre los adultos, de muy baja eficiencia laboral. Con estas carencias silenciosas, las personas no pueden responder adecuadamente a las demandas de su actividad cotidiana.

Pues bien, los niños y niñas más pequeños presentan cifras críticas de anemia por deficiencia de hierro, que alcanzan a más del 32 por ciento en la región pacífica, hay deficiencia de vitamina A en más de 31 por ciento en la Orinoquía y Amazonía, y en zinc, uno de los micronutrientes más importantes en la nutrición hoy, la deficiencia alcanza a más del 60 por ciento en esa misma región.

Las verdaderas causas, las verdaderas soluciones

Las más afectadas son siempre las poblaciones más frágiles, como los niños y niñas más pequeños, los más pobres, y las regiones donde están los indígenas, campesinos y afrocolombianos.

Sin embargo, las instituciones gubernamentales no han podido restituir los derechos que les han sido vulnerados a esas poblaciones, como el derecho a su tierra, al agua  y a un trabajo digno para tener seguridad alimentaria y nutricional de manera autónoma. En vez de eso –  y cuando más- el gobierno los asiste con programas de ayuda alimentaria que son solo paliativos.

La alerta actual en torno a la Guajira ha desnudado la gravedad del problema del hambre en regiones donde las regalías deberían haber servido para mejorar la vida de todos. El Estado ha permitido que la riqueza sea usufructuada por pocos mientras los más pobres padecen hambre y sed.

Urgen soluciones integrales, no asistenciales. Remedios estructurales, no puntuales.  Opciones reales de desarrollo con las poblaciones, no solamente grandes proyectos de explotación minera y agroindustrial.

Hoy, en pleno siglo XXI, está siendo demostrando que un modelo de desarrollo inequitativo y depredador del medio ambiente nos puede dejar en el corto plazo sin agua y sin comida.

Razón Pública.

 

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