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Por Ricardo Villa Sánchez  

La UP nació como una propuesta de “crear un movimiento, un partido, que recogiera a todos los luchadores por la paz” (Behar, O. 1985, pp. 385) como la definió el tristemente célebre Braulio Herrera en Las Guerras de la Paz. Fluyó en el marco del proceso de paz que se basó en los Acuerdos

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Por Ricardo Villa Sánchez  

La UP nació como una propuesta de “crear un movimiento, un partido, que recogiera a todos los luchadores por la paz” (Behar, O. 1985, pp. 385) como la definió el tristemente célebre Braulio Herrera en Las Guerras de la Paz. Fluyó en el marco del proceso de paz que se basó en los Acuerdos de La Uribe entre el gobierno nacional y las Farc, como mecanismo de solución política negociada al conflicto armado (Campos, 2008, pp. 141).

Emergió para algunos de la ambigüedad de la teoría de la combinación de todas las formas de lucha, para otros de la voluntad política de cambio, de la transición hacia una paz estable y duradera; para muchos terminó siendo un genocidio político que hace parte de las historias de infamia de la humanidad, para otros,  sus militantes sufrieron las consecuencias de sus actos al enfrentarse a aquella minoría que detenta el poder en este país, quienes aún se niegan a otorgarles espacios políticos a otras opciones y que son capaces de acudir a cualquier vía, para no ceder en sus intereses y privilegios.

La UP creció y casi se extingue en medio de las armas y las urnas, en una coyuntura  en la que los asesinatos selectivos y las masacres, se tornaron en instrumentos políticos (Pardo, R. 1996, pp. 64), cuando “el crecimiento de la guerrilla, en tregua y con movimiento político propio, y el crecimiento del paramilitarismo como reacción ilegítima al crecimiento guerrillero dieron base a la tragedia colombiana de esos años: la guerra sucia”. (Pardo, R. 2004, pp. 498)

Los militantes de la UP, en ese momento, quedaron estigmatizados como un supuesto brazo político de la insurgencia, algo que justificaría en los gorilas la barbarie, el terror, para que que más de 3000 (Campos, pp. 149) de sus miembros fueron brutalmente asesinados, desplazados, amenazados, vilipendiados y muchos de sus sobrevivientes optaran por el exilio, en una política velada de exterminio que han denominado el Plan Baile Rojo y el Plan Golpe de Gracia (Campos, 2008 pp. 143)

Después de la amnistía y el quiebre del dialogo nacional, quedaron en la mitad de la mecedora de un proceso de paz fallido. Tantos murieron, tanta sangre derramada y tantos hijos e hijas por ahí, testigos de oídas de lo que anhelaron sus padres. Tantos procesos políticos truncados. Tantas afrentas contra la dignidad humana, sin embargo, aún hoy en día además de la noticia de que recuperaron su personería jurídica como movimiento político, lo que les permitirá participar en el escenario electoral, todavía no existen garantías suficientes para la oposición convertirse en una alternativa  de poder o por lo menos para acercarse a la tan lejana unidad de la izquierda.

Gracias a muchas organizaciones defensoras de derechos humanos como la Corporación Reiniciar con sus demandas ante la justicia internacional, entre otras, a algunos líderes políticos en la oposición, a algunos abogados valientes, todavía se recuerdan a ciertos personajes como Bernardo Jaramillo, Jaime Pardo Leal, de los miles que cayeron en esta  “política de la anestesia” (Dudley, S., 2008, pp. 263) y del silencio. Muchos de los que hoy piden que no haya impunidad en el actual proceso de paz, quizás justificaban con la vieja frase de “algo habrán hecho”, el terror de aquellos años. La memoria dicen que es selectiva pero en nuestro país, como diría Marc Augé “la memoria y el olvido guardan en cierto modo la misma relación que la vida y la muerte” (Augé, M, 1998, pp. 19)

La paloma sigue herida, después de las décadas de la refundación de la patria, en la que se reafirmó que “el uso de la violencia con fines políticos y electorales es una de las grandes tragedias colombianas” (López, C. 2010, pp. 29) , del despojo, las masacres, la parapolítica, del 35% del congreso en su momento, y para otros mucho más, en manos de quienes se aliaron para hacer política con las mano negra, del recrudecimiento del conflicto, de las minas, los secuestros, Bojayá, de frustraciones como los diálogos de Tlaxcala, de El Caguán, sin embargo, al parecer la guerrilla de las Farc, como si el tiempo se hubiera detenido, con sus voceros en La Habana, la mayoría adultos mayores, en edad de retiro forzoso o casi en el límite de la esperanza de vida de los colombianos, siguen creyendo que las FARC deben ser “la plataforma de un movimiento político de convergencia democrática”, (Behar, 1985, pp. 386), como si la historia siguiera haciendo de las suyas en su espiral, proponen la misma base del parto de la UP.

Reitero, es importante en la coyuntura actual que las guerrillas que dejen las armas, pidan perdón y reparen a sus víctimas,  puedan participar por la vía democrática, pero también, es necesario que los colombianos, podamos, sin olvido,  cruzar la página, con justicia, verdad y garantía de no repetición, como marco de la terminación del conflicto armado, para que el crimen contra la UP, nunca más vuelva a ocurrir en un país “justo, moderno y seguro”.

Con esta nueva oportunidad, que Colombia pide a gritos, de una apertura democrática que permita la participación de amplios sectores por tradición excluidos de la dinámica política nacional como la UP, es necesario que se haga una raya en el piso para que juntos caminemos hacia un país democrático en la que se enquiste a prueba de fuego, una ética moderna, libertaria, de avanzada que posibilite se pueda debatir con ideas y no con balas; se evite que nadie tome la justicia por su propia mano;  en la que el ejercicio político sea un enlace entre la sociedad civil y el Estado a través de los partidos políticos y de la presión ciudadana del constituyente primario en el ejercicio de su mayor poder: la soberanía popular y en defensa de las únicas cosas que nadie te puede quitar: la dignidad humana, la vida, la igualdad, la libertad y los demás derechos fundamentales, que el Estado Social de Derecho deberá garantizar. Cuando eso pase, cruentos hechos del pasado como las espinas que le clavaron a la Rosa de la UP y la larga lucha que dieron sus víctimas en diversos espacios para que se reconozca su perverso exterminio político, no habrán sido en vano.

Santa Marta, 10 de julio de 2013.

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