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La voz de los desaparecidos

Por Catalina González Navarro / El Espectador  

Al menos 506 personas fueron incineradas en los hornos paramilitares en Norte de Santander. Esta investigación relata la vida de tres víctimas. Valiente libro de Javier Osuna.

“¿Cómo un muchacho que le gustaba la música y quería ayudar a su familia terminó siendo jefe paramilitar y quemando gente?”, esa es una de las preguntas que el periodista Javier Osuna se hace cuatro años después de investigar los hornos que implantaron los paramilitares del Frente Fronteras en Norte de Santander.

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Por Catalina González Navarro / El Espectador  

Al menos 506 personas fueron incineradas en los hornos paramilitares en Norte de Santander. Esta investigación relata la vida de tres víctimas. Valiente libro de Javier Osuna.

“¿Cómo un muchacho que le gustaba la música y quería ayudar a su familia terminó siendo jefe paramilitar y quemando gente?”, esa es una de las preguntas que el periodista Javier Osuna se hace cuatro años después de investigar los hornos que implantaron los paramilitares del Frente Fronteras en Norte de Santander.

Se refiere a Jorge Iván Laverde Zapata, conocido como El Iguano, un antioqueño que pasó de ser ayudante de flota a comandante paramilitar y que está ad portas de quedar en libertad beneficiándose de la Ley de Justicia y Paz.

La primera vez que el país conoció su testimonio fue en octubre de 2008, cuando en una versión libre ante la Fiscalía narró la forma en la que su frente paramilitar incineró 98 cadáveres en Villa del Rosario, a tan sólo 20 minutos de Cúcuta.

Para ese entonces, Javier Osuna trabajaba como reportero en el portal Verdad Abierta y escuchó los testimonios de aquel individuo. Pero fue varios años después cuando cursó su maestría en Investigación Social Interdisciplinar que vio la oportunidad precisa para proponer una manera de reconstrucción de la memoria distinta y así fue como decidió reconstruir la vida de estos desaparecidos.

Según él, lo más difícil fue identificar casos en los que los postulados hubiesen aceptado la responsabilidad y que los familiares conocieran eso. Y es que al hacer el trabajo de campo se encontró con una verdad que impera en la zona: “hay muchos familiares que creen que a sus seres queridos los desaparecieron en los hornos crematorios del Frente Fronteras, pero no están seguros. Y hay muchos familiares que no saben qué pasó con sus seres queridos, pero las autoridades saben que sí fueron incinerados allí”, afirma el reportero.

Esa es la historia que se narra en Me hablarás del fuego. Los hornos de la infamia, el libro que publicó esta semana Ediciones B y en el que evidencia que las cifras de Justicia y Paz y los medios de comunicación hablan de 506 personas incineradas durante 2001 y 2003 en los hornos crematorios de Juan Frío, en Villa del Rosario, a tan sólo 20 minutos de Cúcuta y en la finca Pacolandia, en la zona de Banco de Arena, a 40 minutos de la capital nortesantandereana.

Sin embargo, de esos 506 casos, dentro de Justicia y Paz sólo hay seis registrados con nombres propios. “Pensé que la mejor manera era hacer el perfil periodístico tradicional. Una historia de vida contando quién era la persona, pero en la mitad de la investigación me di cuenta que esas personas desaparecidas en los hornos hablaban. Y aunque suena esotérico no lo es. Yo hablaba con sus amigos, con sus seres queridos y ellos me mostraban sus pertenencias. Sentí que los desaparecidos dejaban rastros, eran fuentes testimoniales y entendí que los desaparecidos nunca dejan de hablarnos”, cuenta Osuna. Así fue como decidió escribir tres de esas historias en primera persona.

Lo que trata de hacer Osuna es reconstruir la voz de los desaparecidos. Luis, Moisés y Víctor, no son los nombres reales, los tuvo que cambiar por seguridad o por lo que él ha denominado hacer un ejercicio de memoria anónimo por el miedo a que ahora sean sus familias quienes sufran la violencia de manera directa. Pues ellos siguen habitando en zonas donde el control lo ejercen paramilitares y reductos de las Farc y el Eln y aunque se han cambiado de casa en varias ocasiones las amenazas son latentes.

Las intimidaciones también alcanzaron el trabajo de Javier Osuna y el 22 de agosto de 2014, después de hacer una de las entrevistas en Norte de Santander, lo siguieron hasta su residencia en Bogotá. Entraron, maltrataron a su mascota y luego incendiaron su apartamento. Después del fuego vinieron los seguimientos y las amenazas. Por lo que la Unidad de Protección le asignó medidas de seguridad y aunque los estudios resaltan que su integridad está en riesgo, es enfático en decir que ejercer el periodismo con escoltas es muy difícil.

Por esa razón perdió contacto con algunas de las familias víctimas y hasta este momento no sabe si les pasó algo o si simplemente dejaron de hablarle porque sienten que los puede exponer a una situación de riesgo.

Después de meses de abstenerse de viajar, en diciembre del año pasado fue a Medellín y en la cárcel de Itagüí entrevistó a Jorge Iván Laverde, El Iguano. Tenía claro a qué iba, quería saber por qué sería él quien lo amenazaba. El excomandante paramilitar entró a la sala en la que lo esperaba el periodista. Llegó sin esposas, le entregó unos dulces y acto seguido le dijo que lo quería mucho.

El reportero comenzó una entrevista en la que repasó cada uno de los momentos de la infancia de Laverde, indagó por la muerte de sus dos hermanos, uno a manos de la guerrilla y otro por los paramilitares. Luego hablaron de su ingreso a las autodefensas hasta llegar a los hornos en Norte de Santander. El excomandante recordó que la Fiscalía, el DAS, el Ejército y hasta guerrilleros que se cambiaban de bando eran los encargados de señalar los objetivos.

“Entonces los capturaban y los llevaban para Juan Frío, cuando los mataban ya no los enterraban sino que después de muertos los quemaban. Hay que aclarar también eso, allí no se metió una sola persona viva, se mataba la gente y se metía allí, nosotros hasta el momento desconocemos cuánta gente se quemó”, sostuvo Jorge Iván Laverde.

Y acto seguido negó que estuviera detrás de las amenazas contra Osuna, dijo que no sabía del trabajo que adelantaba el reportero y que nunca tuvo problemas con periodistas en la región.

Sin embargo, aunque Osuna se había hecho la promesa de no ir a los hornos de Juan Frío, el 4 de septiembre de este año volvió a viajar. Esta vez regresó a Cúcuta y en una acalorada discusión le pidió al coronel William Donato que lo dejara entrar a la zona. “Me parecía inconcebible no pisar el lugar donde estas personas fueron desaparecidas”.

Dos días después, el periodista pudo entrar a los hornos custodiado por la Policía. No estuvo más de 40 minutos, pues mientras tomaba fotos y buscaba entre las prendas de vestir que aún hoy, 12 años después, reposan en medio de la maleza que carcome el lugar, llegaron hombres armados y los sacaron literalmente corriendo y con ellos la verdad que aún intenta hablar desde las cenizas de ese fuego.

¿Cómo ocurrió frente a los ojos de todos?

Según las sentencias de Justicia y Paz, hay una lista de 63 miembros de las Fuerzas Militares que tuvieron relación con las operaciones que realizaba el frente comandado por alias El Iguano. Eso es lo que relata Osuna en el capítulo El Estado paramilitar del Frente Fronteras basado en las investigaciones realizadas por los fiscales de Justicia y Paz sobre los vínculos de las autoridades con los paramilitares.

“El problema es que en Norte de Santander esta estructura ilegal no logró infiltrarse, sino que se construyó con la ayuda del Estado. Hay políticos e instituciones que tienen que pedir perdón por lo que pasó”, anota el periodista, quien también dice que esto ocurrió en connivencia entre los paramilitares y los miembros del Estado que tenían alias y que además recibían salario dentro de las autodefensas. Algunas de las revelaciones de un documento único y valiente.

Un sinnúmero de víctimas

La tapa que ilustra este libro la pintó un militar que participó en un allanamiento a los hornos crematorios cuando estaban en funcionamiento, en diciembre de 2003.

La pintura hace parte del proyecto “La guerra que no hemos visto”, de la fundación Puntos de Encuentro. Y aunque por  seguridad el militar no podía dar la entrevista al autor del libro, hace poco lograron verse. Según las versiones del oficial, era una especie de búnker en el que había un horno, motosierras,  dos neveras con bolsas de basura en las que estaban los cuerpos dispuestos a incinerar y un balde con las cenizas.  
 
Sin embargo, su descripción da cuenta de que este es otro horno paramilitar, del que no se ha escrito. Al finalizar la entrevista, el militar  afirmó que la cifra de desaparecidos es mucho más alta de lo que se cree.

El Espectador, Bogotá.

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