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Por Juan Pablo Fernández  

El TLC con Corea no es un buen negocio. Sus costos son ciertos y sus beneficios una proyección. Corea y Colombia son países con casi la misma población (50 millones y 47,7 millones). Y hace unas décadas su ingreso nacional estaba en el mismo nivel. Hasta aquí las similitudes.

Hoy el PIB de la economía asiática es tres veces el de la colombiana. Mientras la de allá tiene 14.854 patentes anuales, la de acá registra 172. Una diferencia del 8.536%. Aquí al año producimos 94 mil carros,

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Por Juan Pablo Fernández  

El TLC con Corea no es un buen negocio. Sus costos son ciertos y sus beneficios una proyección. Corea y Colombia son países con casi la misma población (50 millones y 47,7 millones). Y hace unas décadas su ingreso nacional estaba en el mismo nivel. Hasta aquí las similitudes.

Hoy el PIB de la economía asiática es tres veces el de la colombiana. Mientras la de allá tiene 14.854 patentes anuales, la de acá registra 172. Una diferencia del 8.536%. Aquí al año producimos 94 mil carros,

allá 4,5 millones. Y mientras en Colombia dedicamos el 0,18% del PIB en Investigación y Desarrollo (I&D), los coreanos invierten el 3,74%, veintiún veces más.

Corea es una nación de ingreso alto, Colombia una de ingreso medio. Ambos países tenemos empresas en el ranking 500 de Fortune. Nosotros una, Ecopetrol, dedicada a la extracción, refinación y transporte de petróleo. Ellos dos, Samsung Electronics y Samsung Lige Insurance, producen tecnología de punta.

Los sectores de estas empresas reflejan el intercambio comercial Corea-Colombia. Les vendemos materias primas, nos venden productos industriales de mediana y alta complejidad. Este comercio, desigual en calidad y cantidad, es deficitario. En los últimos veinte años siempre les hemos comprado más de lo que nos compran. Al año el desbalance es de más de 1.500 millones de dólares.

La eliminación de los aranceles de lo que nos compramos mutuamente, reforzará la relación desigual. Este es el resultado cierto. El gobierno y unos gremios con análisis sacados del sombrero, dicen que vamos a empezar a exportar una serie de productos del campo que revertirán la desbalanceada relación. Pero en los productos que se dice vamos a vender, el país o no tiene oferta exportable (leche, cárnicos, arroz, etc.) o no tiene como derrotar a los competidores que aprovisionan a Corea en esos bienes (Estados Unidos, Unión Europea, China, Australia, Japón, etc.) o con gran dificultad se superarán las barreras fitosanitarias. Certezas versus ilusiones.

En riesgo están parte o la totalidad de la producción industrial automotriz, de autopartes, electrodomésticos, siderúrgica, textiles y confecciones, muebles y de plástico, etc. Estas ramas generan cientos de miles de empleos y más de $11 billones del PIB del país (15% del PIB industrial y 1,6% del PIB nacional), ingresos que se ponen en riesgo. Se perderán empleos industriales, que generan un valor agregado promedio anual de $31 millones, mientras los del comercio (actividad en la que están los importadores y distribuidores de carros, neveras, autopartes, etc., que ganan con este TLC) generan uno de $14 millones, menos de la mitad de los primeros.

Colombia tiene un alto déficit externo, de más de 12 mil millones de dólares. En las relaciones económicas con el mundo, es más lo que se trae que lo que se manda afuera. El TLC con Corea contribuye a desbalancear más la desigual operación. Aumenta el déficit comercial de la industria, de cerca de 40 mil millones de dólares anuales. Y signa la esperanza de financiamiento de ese déficit en las ventas de petróleo, cada vez más escaso y de costos sociales y ambientales crecientes, en las exportaciones del agro, sobre las cuales hay poca certeza, y en una inversión coreana que no llegará. El promedio anual de inversión coreana que arriba a Colombia (1994-2013) es 8,5 millones de dólares, ni el uno por ciento del déficit comercial con ese país.

El TLC con Corea es un mal negocio. No se tramita en favor del país. Es un vestido diseñado a la medida de las aspiraciones de unas empresas y señores cercanos al gobierno y conectados con los intereses de las compañías del país contraparte. Seguramente el señor Carlos Mattos, financiador de la campaña de Juan Manuel Santos en 2010, junto con un grupo reducido de colombianos harán buenos negocios, pero la suerte personal de los integrantes de esta gavilla no es igual a la del conjunto de Colombia.

 

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