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Vigencia de un fascismo democrático: las relaciones paramilitarismo-Congreso

Por Julio César Carrión Castro / Semanario Caja de Herramientas  

Resulta totalmente imposible no establecer la relación existente entre el ubicuo paramilitarismo, que desde hace más de veinte años se viene apoderando de las instituciones colombianas, y los senadores de la República que obedientemente se opusieron al debate de control político promovido por el senador Iván Cepeda.

Este tipo de censura que logra convocar a la mayoría de parlamentarios, nos está demostrando hasta donde ha llegado el poder, ya no soterrado sino retadoramente abierto, del narcotráfico

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Por Julio César Carrión Castro / Semanario Caja de Herramientas  

Resulta totalmente imposible no establecer la relación existente entre el ubicuo paramilitarismo, que desde hace más de veinte años se viene apoderando de las instituciones colombianas, y los senadores de la República que obedientemente se opusieron al debate de control político promovido por el senador Iván Cepeda.

Este tipo de censura que logra convocar a la mayoría de parlamentarios, nos está demostrando hasta donde ha llegado el poder, ya no soterrado sino retadoramente abierto, del narcotráfico

y el paramilitarismo en los más diversos organismos políticos y sociales del país.

Si bien es cierto, no es la lealtad lo que define y caracteriza a los politiqueros colombianos, tanto los obsecuentes seguidores de Uribe Vélez como los supuestamente adscritos a otras corrientes como la del llamado “santismo”, de manera disciplinada todos ellos cerraron filas en torno al señor del Ubérrimo.

Esto constituye una fehaciente demostración de que no se trata de una simple solidaridad frente a los supuestos “errores” del pasado, o de un encubrimiento táctico de las eventuales alianzas Uribe-paramilitarismo, sino de la más descarada coparticipación y complicidad de los parlamentarios con los crímenes de esos oscuros personajes que instauraron en nuestra “democracia”, el argumento de los desplazamientos forzados, el genocidio, el miedo y el dolor, basándose en el indiscutible “debate” de las motosierras, los ajusticiamientos ilegales, los falsos positivos y, en general, el terrorismo de estado.

Es preciso realizar el desenmascaramiento de eso que se ha venido denominando “democracia representativa liberal”. Esa autonombrada democracia liberal, inexorablemente nos condujo, (como una herencia del régimen colonial-hacendatario, el gamonalismo, el clientelismo y la corrupción administrativa de tan larga historia en este país, consagrado al “sagrado corazón de Jesús” y a otras veleidades)  a una modalidad nueva, original, de “fascismo”, esta vez de carácter democrático y parlamentario, que le ha permitido masivamente a muchos hampones y mafiosos no solo legislar y gobernar, sino constituirse en los más preclaros defensores de esta “democracia”.

Esto nos lleva a la conclusión de que las formas del estado capitalista asumidas antaño como “excepcionales” -las dictaduras, militares o civiles, los golpes de estado, presentados eufemísticamente por parte de los valedores del poder, como simpes “golpes de opinión”- se han transformado en algo corriente, institucional, “normal”, que no reclama ya un pudoroso ocultamiento.

El velo de legitimidad de este Congreso se vino abajo, mostrando la falsedad de una teoría democrática que retóricamente dice permitir el disenso y el derecho de las minorías a ejercer la oposición. Como bien lo ha señalado el senador Jorge Robledo, “es muy grave, gravísimo, que las mayorías definan a las minorías qué debates se pueden hacer en el Congreso…que se puedan vetar o censurar debates…”

Giovanni Sartori, uno de los más destacados teóricos de la ciencia política contemporánea a nivel mundial, lo definió con absoluta claridad:

“La prueba más segura para juzgar si un país es verdaderamente libre, es el quantum de seguridad de la que gozan las minorías”. En la misma línea Ferrero (1947) afirmaba que “en las democracias la oposición es un órgano de la soberanía popular tan vital como el gobierno. Cancelar la oposición significa cancelar la soberanía del pueblo”. De ello deriva que la democracia no es simplemente la regla de la mayoría absoluta y que la teoría de la democracia debe forzosamente encajar, aunque disguste a los impacientes, en el principio de la mayoría moderada: la mayoría tiene que respetar los derechos y la libertad de las minorías”.

Pero, este tipo de farsantes, “democráticamente” elegidos, que hoy constituyen las “mayorías”, como queriendo demostrar un amplio bagaje de pluralismo intelectual, posando como los representantes éticos de la sociedad, y actuando ya no sólo a nombre de la vieja derecha goda y sectaria, que de todas maneras decía respetar la constitucionalidad, sino, en nombre y representación de una amplísima militancia que se reclama centro-democrática e incluso, varios de ellos, como fervientes activistas de una “nueva izquierda”, desbordando los limites de la teoría democrática, se aferran como obedientes súbditos o lacayos, a la disciplina corporativista medieval, o mejor fascistoide, que les ha impuesto su caudillo, el ex-presidente Álvaro Uribe.

Estos personajes, con actitudes calculadas y  sobradoras, -rutinariamente empleadas y ampliamente difundidas por todo el aparataje mediático que los circunda-, hábilmente manejan palabras, discursos, tesis y posturas, supuestamente en torno a los valiosos compromisos históricos que representan o como defensores del orden institucional y de las leyes. Prevalidos del mayor cinismo de que pueden hacer gala, mañosamente, hacen llamados al olvido y al perdón, como si el asunto de la institucionalización del narcotráfico y el paramilitarismo, no fuese más que un pequeño  problema de baranda, revanchismo,  o divergencias referidas a opiniones encontradas; lamentablemente este comportamiento es secundado por un grupo de plumíferos  o pseudo-periodistas, encargados de presentar éste como el Congreso de la República que habrá de lograr la anhelada paz.

Obstruida toda opción de democracia real  por la degradación de la política, sustituida la democracia teóricamente propuesta por este modelo pragmático de carácter “demofascista”; reducida a este vertedero o cloaca parlamentaria: ¿Es posible aún persistir en la  paradoja de  llamar esta burla sangrienta, este sainete, con el nombre de DEMOCRACIA?

El triunfo global y universalización de la “democracia occidental”, que tanto se publicita, en realidad no sólo vela u oculta la auténtica victoria de un nazi-fascismo redivivo, escondido tras la promoción e imposición de unos supuestos derechos humanos, establecidos y vigilados por la fuerza de las armas imperiales,  sino que se sustenta, a nivel global, en la validación y la implantación de estos “estados de derecho”, que en realidad no son otra cosa que estados mafiosos.

Semanario Caja de Herramientas.

 

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