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Ascenso y decaimiento de China

Por Eduardo Sarmiento Palacio  

En las últimas dos y media décadas China operó con tasas de crecimiento de 10%, como lo hicieron en el pasado Japón y los Tigres Asiáticos.

Este comportamiento que durante mucho tiempo se consideró imposible cambió la historia económica. Mientras las economías de Estados Unidos y Europa

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Por Eduardo Sarmiento Palacio  

En las últimas dos y media décadas China operó con tasas de crecimiento de 10%, como lo hicieron en el pasado Japón y los Tigres Asiáticos.

Este comportamiento que durante mucho tiempo se consideró imposible cambió la historia económica. Mientras las economías de Estados Unidos y Europa

crecían al 3% y doblaba el ingreso per cápita cada cincuenta años, China crecía 10% y lo duplicaba cada siete años. Muchos países de América Latina intentaron la misma aventura con resultados precarios. En los últimos veinte años la región creció cerca de 4%.

Los altos crecimientos, o si se quiere los milagros, han sido interpretados dentro de teorías que presumen que la expansión es un fenómeno de oferta y de productividad. Simplemente, las economías crecen a elevadas tasas porque el avance tecnológico y la capitalización hacen más productivas las empresas y la mano de obra. Lo más grave es que se considera que evolucionan dentro de un marco de equilibrio en que el ahorro y la inversión se igualan. El capital, el producto, el consumo y la inversión evolucionan a tasas similares.

Siguiendo la experiencia de Japón y los Tigres Asiáticos, China quebró la igualdad entre el ahorro y la inversión que gobierna la macroeconomía convencional. Por diversos procedimientos forzosos estableció el ahorro en 45% del PIB. La economía dejó de ser gobernada por la oferta, como se proclama en la ley de Say, desafiando el pensamiento clásico y keynesiano. La expansión de la economía pasó a depender de la capacidad de orientar el perfil hacia la producción de bienes de capital y la conformación de superávits en cuenta corriente. La inversión crece por encima del producto y este del consumo. De esta manera, lograron durante más de dos décadas y media crecer al 10% y afianzarse como la segunda economía del mundo.

El expediente no podía mantenerse indefinidamente. La elevada inversión llevó a proyectos de rentabilidad inferior a los costos financieros que han colocado a las empresas en estado de pérdidas. Por su parte, los superávits en cuenta corriente significaron déficits en cuenta corriente en los países desarrollados que indujeron políticas retaliatorias y presiones para revaluar el tipo de cambio. Lo cierto es que los gestores se vieron obligados a reorientar la producción hacia los servicios y reducir el superávit en cuenta corriente a la quinta parte. El resultado ha sido un progresivo debilitamiento de la demanda que redujo el espectacular crecimiento de 12% a 7.5%, y como van las cosas, terminará en menos de 5%.

Curiosamente, todavía no se ha entendido como funciona el modelo. En los círculos académicos influyentes, incluso en las mismas autoridades chinas, se da por dado que el excelente desempeño es un simple fenómeno de oferta que se mantiene por sí solo, toda vez que China revela los mayores crecimientos de la productividad total de los factores y de la mano de obra del planeta. Se creía que la estructura productiva se podía cambiar de la industria hacia los servicios sin afectar el desempeño global. Los hechos recientes se han encargado de corroborar que el motor de crecimiento es la demanda. La caída de la industria y de los índices de producción coinciden con el descenso de la inflación y la contracción del crédito.
 

La experiencia de China, y en general la asiática, muestra que el desequilibrio constituye un camino promisorio del crecimiento, pero está expuesto a factores que limitan su sostenibilidad y sesgos en contra de la distribución del ingreso. Su viabilidad está condicionada a una amplia intervención del Estado dentro de un marco institucional que le dé prioridad a la producción y la equidad.

El Espectador, Bogotá, 30 de marzo de 2014.

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