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Despunta otro conflicto: empresarios vs. colonos

Por Alfredo Molano Bravo   

Al mismo tiempo se reunieron por separado los grandes agricultores –a la sombra del Gobierno–, y los colonos de la Serranía de La Macarena. 

Los sitios de encuentro no son inocentes: La Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC) lo hizo en Restrepo, Meta, y los colonos, en La Cristalina, sobre el río Lozada. Restrepo fue fundado en predios del enorme latifundio de don Emiliano Restrepo –Hacienda Vanguardia–, un antioqueño vinculado al Llano a fines del siglo XIX. Los colonos –miembros de la Asociación de colonos de La Macarena– lo hicieron en una región abierta por campesinos que huían de la violencia en los años 60 y 70 y que fueron los inspiradores de la figura de las Zonas de Reserva Campesina (ZRC) –Ley 160 de 1994– que sacó adelante el exministro de Agricultura José Antonio Ocampo.

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Por Alfredo Molano Bravo   

Al mismo tiempo se reunieron por separado los grandes agricultores –a la sombra del Gobierno–, y los colonos de la Serranía de La Macarena. 

Los sitios de encuentro no son inocentes: La Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC) lo hizo en Restrepo, Meta, y los colonos, en La Cristalina, sobre el río Lozada. Restrepo fue fundado en predios del enorme latifundio de don Emiliano Restrepo –Hacienda Vanguardia–, un antioqueño vinculado al Llano a fines del siglo XIX. Los colonos –miembros de la Asociación de colonos de La Macarena– lo hicieron en una región abierta por campesinos que huían de la violencia en los años 60 y 70 y que fueron los inspiradores de la figura de las Zonas de Reserva Campesina (ZRC) –Ley 160 de 1994– que sacó adelante el exministro de Agricultura José Antonio Ocampo.

La SAC, apoyada principalmente por Fedepalma, celebró con el Gobierno la aprobación en tercer debate de las Zidres, figura que permitirá a la agroindustria crear enclaves para su expansión sobre, por lo menos, tres millones de hectáreas en el departamento de Meta, aunque el proyecto es mucho más ambicioso: toda la Orinoquia; tierras de suelos pobres, alejadas de los centros urbanos. Para los grandes agroempresarios, la Orinoquia es un territorio desperdiciado en manos de colonos y ganaderos tradicionales que, de explotarse con las Zidres, resolvería la seguridad alimentaria y energética. Está llamada –proclaman– a convertirse en una enorme despensa no sólo para el país, sino para el mundo entero. La condición es convertir el Llano en una zona franca en donde las tierras se conviertan en grandes fazendas, como la de la compañía Aliar en Puerto Gaitán, y que asocien a los campesinos como aparceros de nuevo tipo.

Los colonos reunidos en La Macarena aprobaron la realización de un Foro Cocalero para discutir propuestas que serán presentadas al país en enero del próximo año y que buscarán comprometerse en la erradicación de la coca, siempre y cuando el Gobierno apruebe las ZRC en trámite, desista de la fumigación aérea y de la captura de colonos que cultivan hoja de coca, y adopte planes de desarrollo regional campesino. Temen –y fue un tema muy debatido– la aplicación de la Resolución 810 de marzo pasado que busca la recuperación de 277.000 hectáreas de baldíos existentes entre las regiones de los ríos El Pato, Guayabero, Yarí, Guaviare, Duda y Ariari. En esa área hay más de 10.000 familias que cultivan pancoger, plátano, arroz, maíz y, por supuesto, coca, y que, entiendo, fue una superficie acotada por las Fuerzas Armadas por considerarla zona roja, razón por la cual se ha sostenido que son latifundios de las Farc.

Verdad es que la gran mayoría de colonos tienen títulos precarios sobre mejoras hechas por ellos, llamados carta-venta, un documento privado que los vecinos reconocen y que hasta ahora el Estado ha respetado. Lo grave es que el Gobierno ha extendido la recuperación de baldíos a tierras de todo el Llano, lo que ha promovido la Asociación para La Defensa de la Tierra y la Dignidad Llanera, que apela a la vigencia de las leyes 4a. de 1973 y 160 de 1994. Los baldíos recuperados se convertirán en tierra que los gobiernos arrienden por medios siglos a las grandes empresas como Mavalle y Casandra (caucho), Carlos Agel (soya) Supuga (palma) Bioenergy-Ecopetrol (caña), sin olvidar la tenebrosa Cargill, que deben asociar como trabajadores rurales a los campesinos que perdieron sus tierras en ese raponazo.

Las fuerzas económicas y políticas que están detrás de estos dos eventos han mantenido conflictos entre ellas y con el Estado, muchas veces violentos, desde comienzos del siglo pasado. Hoy tienen nombres propios: los latifundiempresarios se escudan en las Zidres o zonas francas para agroindustria y los colonos-campesinos, en la figura de Reservas Campesinas. El Gobierno se ha afanado en sacar a pupitrazo limpio las Zidres, mientras aplaza, sin razón jurídica válida, el reconocimiento de Reservas Campesinas que vienen tramitando sus papeles sin éxito desde hace más de diez años.

El Espectador, Bogotá.

 

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