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Nacional

Devaluación recesiva

Por Eduardo Sarmiento Palacio  
 
El Gobierno y los centros de estudio afines se equivocaron reiteradamente en la evolución de la balanza de pagos. Sin ambages, proclamaban a viva voz que el país estaba blindado a las perturbaciones foráneas, en particular, sostenían que el enorme faltante y la revaluación eran la consecuencia de la confianza de los inversionistas en el desempeño de la economía. No advirtieron que el déficit en cuenta corriente provenía de la estructura económica que propicia exportaciones de mucha menor complejidad que las importaciones y se concentra en la minería que genera una alta factura de divisas, y hoy en día se denomina enfermedad holandesa.

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Por Eduardo Sarmiento Palacio  
 
El Gobierno y los centros de estudio afines se equivocaron reiteradamente en la evolución de la balanza de pagos. Sin ambages, proclamaban a viva voz que el país estaba blindado a las perturbaciones foráneas, en particular, sostenían que el enorme faltante y la revaluación eran la consecuencia de la confianza de los inversionistas en el desempeño de la economía. No advirtieron que el déficit en cuenta corriente provenía de la estructura económica que propicia exportaciones de mucha menor complejidad que las importaciones y se concentra en la minería que genera una alta factura de divisas, y hoy en día se denomina enfermedad holandesa.

Durante diez años se consintió un déficit en cuenta corriente creciente y cuando llegó a niveles que superan valores de prudencia mundial no lograron descifrar las causas. La explicación se buscó en el supuesto neoclásico de que los déficits en cuenta corriente son el producto de un desequilibrio monetario, y como tal se corrigen con austeridad monetaria y devaluación dictada por el mercado. Se equivocaron en materia grave. El déficit en cuenta corriente viene de la caída de los precios del petróleo, la escasez de divisas del déficit en cuenta corriente y la disminución de la inversión extranjera. En este caso el déficit en cuenta corriente ocasiona una contracción de la demanda y una escasez de divisas que dispara la tasa de cambio y contrae las importaciones. Por su parte, las empresas industriales experimentan alza de costos superiores a los ingresos por las ventas internas y externas. No tienen margen para bajar los precios y aumentar las exportaciones ni para sustituir importaciones.
 
El resultado está a la vista. La economía está expuesta a una devaluación que no reduce el déficit en cuenta corriente y, en su lugar, genera una cuantiosa contracción del producto nacional. Estamos ante la típica devaluación recesiva.
 
Lo anterior se ilustra con las cifras de demanda de las cuentas nacionales que fueron divulgadas después de la presentación oficial del segundo trimestre. Dicha demanda está conformada por el consumo privado y público (2,9%), la inversión bruta (1,5%), las exportaciones (-2%) y las importaciones (-1,8%). Los crecimientos de los cuatro componentes, que aparecen entre paréntesis, son inferiores al del producto interno bruto de 3%, y no revelan ninguna estabilidad. El gasto de consumo se verá erosionado por la inflación. El modesto incremento de la inversión se origina en la construcción pública y privada que no tienen sustento en la producción de insumos.
 
Se replica la experiencia de 1999 por conductos diferentes. En ese entonces la apertura comercial condujo a un déficit en cuenta corriente de 6% del PIB, y se enfrentó con una severa contracción monetaria que adquirió la forma de tasa de referencia del Banco de la República del 70%. El expediente provocó la mayor recesión y desempleo de la historia registrada del país. Ahora, se insiste en la misma concepción monetarista por la vía de la restricción de divisas y devaluación masiva.
 
El panorama actual está a la vista. La cuantiosa devaluación coincide con un aumento del déficit en cuenta corriente que la acentúa y contrae la producción por diversos conductos. El remedio de la depreciación dentro de un marco de austeridad monetaria y restricción de divisas es peor que la enfermedad. Aunque tarde, lo menos que debe hacerse para detener el resquebrajamiento de la producción y el empleo es intervenir el mercado cambiario, suministrar la liquidez para compensar los efectos contraccionistas y darles un tratamiento distinto tanto a las exportaciones industriales y agrícolas como a las importaciones.
 
El Espectador, Bogotá.

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