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En Ecuador, debate sobre Yasuní revela los “moralismos” de la disputa política

Por Orlando Pérez / El Telégrafo  

Es un golpe y hasta una derrota. El primero a una ilusión que se gestó con una enorme y cálida acogida, aunque no se hizo hincapié como un ideal colectivo para empoderar hasta al más despistado. Parecía que solo al Gobierno le correspondía la tarea y todo el esfuerzo. La segunda, es la prueba de que ciertos ideales, por muy valiosos que sean, no calzan en la agenda ni en las cuentas de quienes tienen en sus manos la opción de construir un planeta a favor de la equidad y la vida.

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Por Orlando Pérez / El Telégrafo  

Es un golpe y hasta una derrota. El primero a una ilusión que se gestó con una enorme y cálida acogida, aunque no se hizo hincapié como un ideal colectivo para empoderar hasta al más despistado. Parecía que solo al Gobierno le correspondía la tarea y todo el esfuerzo. La segunda, es la prueba de que ciertos ideales, por muy valiosos que sean, no calzan en la agenda ni en las cuentas de quienes tienen en sus manos la opción de construir un planeta a favor de la equidad y la vida.

Y ahora surgen muchos lugares comunes y hasta estribillos desde un moralismo que no se compadece con el ideal y la utopía que convocaba la Iniciativa Yasuní ITT. Cierto que la campaña, adoleció de una visión y una estrategia que superase la “venta” del proyecto y posicionara una alternativa política y ecológica. Ahí también hay algo que pudo criticarse y corregirse a tiempo. Pero también es cierto que desde sectores ultraecologistas hubo poco aporte y escasa acción concreta.

Los factores en contra, ya se ha dicho, son la crisis financiera, la hipocresía de las transnacionales, la postura de esos gobiernos que aúpan la contaminación y hacen poco por la naturaleza, además de la presión mediática para desdibujar y desnaturalizar la propuesta con el solo afán de colocarla en el centro de la disputa política.

Y es en esa disputa donde surgen los moralismos de todo tipo, ese llamado a la apocalipsis y al caos cuando no son ellos los que se equivocan o no hacen nada. Si era la propuesta más novedosa, de vanguardia, revolucionaria y hasta simbólica, ¿por qué no se la colocó como el soporte fundamental del proyecto político que lo sustentó y gestó desde el mismo inicio de este gobierno?

En el fondo surge otro tema en cuestión. Como se dice ahora con lo que ocurre en Argentina, a propósito de las últimas elecciones: en vez de gestar productores de poder, se han amplificado los consumidores de poder.

En otras palabras: quienes ahora se oponen con una religiosidad irreconocible no han apoyado la posibilidad de incubar un poder político para la concreción y realización de proyectos de la dimensión del Yasuní ITT. Por eso es fácil plantearse como única opción las elecciones o el bajarse al gobernante de turno. Y todo lo que valga para eso es funcional a la estrategia opositora.

Y si la política sirve para algo, que sea para imaginar todas las posibilidades para salir adelante en las condiciones concretas para resolver necesidades puntuales. Ahora, ¿caben todas las veedurías y la vigilancia para la explotación? O, ¿una posible consulta va a significar esa plataforma donde confluyan  opositores de todos los colores para sostener el mismo modelo de consumo y no la transformación de las causas reales que llevaron a plantear la Iniciativa Yasuní en su esencia?

¿Cuál es la salida ingeniosa para enfrentar el extractivismo?

Estamos ante la mayor encrucijada de nuestra existencia como país y proyecto histórico de nación: o entramos en una fase de desarrollo para el bienestar general usando los recursos que nos provee la naturaleza o dejamos el petróleo enterrado y aplazamos la solución de los problemas fundamentales, a expensas de tener recursos por otras vías y en plazos más lejanos.

Frente a esto, ¿qué nos dirán las generaciones futuras? ¿Cómo asumimos una responsabilidad mundial de no favorecer al calentamiento y, en consecuencia, al deterioro de nuestro único hábitat? ¿Desde qué razones humanas y sociales justificamos la explotación de esos 840 millones de barriles de petróleo, que a un promedio de 100 dólares por barril significarían alrededor de 8 mil millones de dólares?

Difícil y delicada -hasta diría comprometedora- la decisión tomada por el Gobierno ecuatoriano. La balanza parece inclinarse a favor de la explotación de ese petróleo, pero desde el otro lado (de quienes defienden a ultranza que no se lo explote) no hay una salida ingeniosa para solventar el financiamiento para salir del extractivismo.

Desde una visión absolutista y hasta “salomónica”, con la cual se queda bien con Dios y con el diablo, se podría decir que el petróleo se quede enterrado. ¿Qué otras alternativas hay? ¿Explotarlo de la manera más técnica y con todas las reparaciones y compensaciones que hagan falta?

Por tanto, la solución es de carácter absolutamente político y con ella se define la decisión de adquirir un peso específico para transformar la realidad.

El Telégrafo, Ecuador.

 

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