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Nacional

Insolidaridad

Por Octavio Quintero  

Tres imperativos marcan el paso de la ya distante Revolución Francesa (1789-1799): Liberté, égalité, fraternité. Podría admitirse que dos de ellos: libertad e igualdad, han evolucionado bien en la teoría, y un poco en la práctica. Pero la fraternidad, que bien podría traducirse libremente como solidaridad, se quedó en el tintero y, en especial, del lado de las capas más necesitadas de la población. Analizar el porqué, merecería capítulo aparte.
 
Bogotá es una ciudad de unos 10 millones de habitantes de todas partes, todas las razas y religiones, todos los gustos y costumbres y todos los estratos. En síntesis, una ciudad cosmopolita. Por el mismo camino andan las demás capitales como Medellín, Cali, Barranquilla y Bucaramanga, entre otras.

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Por Octavio Quintero  

Tres imperativos marcan el paso de la ya distante Revolución Francesa (1789-1799): Liberté, égalité, fraternité. Podría admitirse que dos de ellos: libertad e igualdad, han evolucionado bien en la teoría, y un poco en la práctica. Pero la fraternidad, que bien podría traducirse libremente como solidaridad, se quedó en el tintero y, en especial, del lado de las capas más necesitadas de la población. Analizar el porqué, merecería capítulo aparte.
 
Bogotá es una ciudad de unos 10 millones de habitantes de todas partes, todas las razas y religiones, todos los gustos y costumbres y todos los estratos. En síntesis, una ciudad cosmopolita. Por el mismo camino andan las demás capitales como Medellín, Cali, Barranquilla y Bucaramanga, entre otras.

Debe dominar en Bogotá, y en las otras capitales, en proporción demográfica, la clase trabajadora;  las clases medias y bajas; las que viven del trabajo o de pequeñas empresas y negocios, en su mayoría de tipo familiar.
 
En esta perspectiva, la presencia de 1.500 personas (en Bogotá) en un proyecto de  “paro nacional”, contando inclusive muchos niños y ancianos, es una muestra de que la gente no tiene ánimos de protestar, no porque ande muy bien, sino porque la insolidaridad, el desánimo y el llamado “importaculismo” se ha apoderado de la sociedad más necesitada, la que más presencia necesita hacer como grupo de presión para que, como también dice el docto vulgo, “no los sigan capando echados”.
 
¿Quién tiene el don de movilizar estas masas? ¡Vaya pregunta del millón! Seguir esperando a que cambien las condiciones de dominación política, económica y social (por las buenas), es un contrasentido. ¿Por qué querrían los dueños del poder político y económico cambiar las cosas al estilo de ese que dice, ahora que estamos tan bueno para dónde nos vamos?
 
Si uno se diera maña y recopilara el sartal de críticas que se disparan en un mes, desde todos los ángulos, contra el gobierno en general: presidente, ministros, gerentes; gobernadores y alcaldes; contra las instituciones: Procuraduría, Fiscalía, Contraloría, Defensoría del Pueblo; contra las organizaciones de la sociedad civil: centrales obreras, congregaciones religiosas, fundaciones, medios de comunicación; contra el Congreso, las asambleas y concejos municipales; contra las altas cortes y sus magistrados, y pare de contar, porque la cadena es sinfín, todo estaría dado para una revolución social… ¿Pero sin gente? “Muy difícil arar con yeguas”, decían los campesinos de antaño.
 
Estoy por creer que los columnistas críticos de la situación que nos rodea no debiéramos seguir disparando pertrechos contra el gobierno nacional, ni contra gobernadores y alcaldes; ni al Congreso ni a nada que haga parte del establecimiento…
 
Romper esa especie de enajenación social que pone a las clases populares (medias y bajas) a defender los intereses de los poderosos, aún en contra de sus propios intereses, sería lo esencial.
 
¿Pero cómo? Otra pregunta cargada de complejidad y enjundia. La rebelión de Espartaco, podría ser un ejemplo de cómo no; la de Jesús de Galilea, un ejemplo de cómo sí.
 
La misma Revolución Francesa, la Bolchevique, Gandhi, Luther King y Mandela, son ejemplos más recientes y para todos los gustos.

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