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Intervención bancaria

Por Eduardo Sarmiento Palacio  

La semana pasada propuse intervenir el mercado cambiario para detener el desbordamiento del dólar.

La recomendación se encuentra ante el mito predominante en los círculos gubernamentales de que la devaluación reduce el déficit en cuenta corriente y recupera la actividad productiva.

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Por Eduardo Sarmiento Palacio  

La semana pasada propuse intervenir el mercado cambiario para detener el desbordamiento del dólar.

La recomendación se encuentra ante el mito predominante en los círculos gubernamentales de que la devaluación reduce el déficit en cuenta corriente y recupera la actividad productiva.

En una oportunidad señale que la conformación de déficit en cuenta corriente es un tema no resuelto en la teoría económica. En la ortodoxia se trata como un fenómeno temporal que se corrige solo. La escasez de divisas provoca una devaluación que aumenta las exportaciones y reduce las importaciones, y a la larga propicia la industrialización y la agrarización del país. Así, los monumentales errores de permitir que la revaluación se profundizara durante diez años, para elevar artificialmente los salarios y montar la economía en precios de US$100 el barril de petróleo, se corregirían en pocos meses con la devaluación.

En todo esto hay engaño. El Banco de la República, dentro de su extranjerización, dice que la elevación del tipo de cambio se origina en los anuncios de la Reserva Federal de Estados Unidos y en los precios internacionales del petróleo, que son fenómenos externos sobre los cuales no hay control. No es cierto. Si bien ambos factores influyen en la tasa de cambio, de ninguna manera son los únicos. La verdadera causa de la devaluación es la escasez de divisas generada por el aumento del déficit en cuenta corriente en pocos meses de 4 a 7% del PIB y el retiro masivo de la inversión extranjera. Tal como se observa en las cuentas cambiarias, los ingresos de divisas provenientes de las exportaciones y la inversión extranjera neta son superiores a las necesidades provenientes de las importaciones. En términos del primer curso de economía, la demanda de dólares excede la oferta y, por lo tanto, su precio sube. Lo grave es que si el alza del precio del dólar está acompañado de una reducción de las exportaciones mayor que las importaciones, la escasez de divisas persistiría y presionaría indefinidamente la devaluación.

Este es el espectáculo que a diario se observa en la economía colombiana. El dólar alcanza niveles nunca imaginados, las exportaciones se desploman y la actividad productiva desciende aceleradamente. El deterioro más rápido se observa en el mercado laboral. La ocupación en la industria, la agricultura y la minería descienden; la mayor parte del empleo se genera en el sector inmobiliario, comercio y hoteles, que se caracteriza por la elevada informalidad. Los quinientos mil empleos creados en el último año están representados en subempleados habilitados como ocupados.

El Gobierno y el Banco de la República atribuyen la inestabilidad cambiaria a la enfermedad holandesa, pero no han hecho mayor cosa para remediarla. Una de las secuelas más alarmantes de esta enfermedad es la amplificación de las revaluaciones y las devaluaciones, y aun así no se actúa en forma decidida para reducir el ciclo destructivo. La intervención del Banco de la República fue marginal durante diez años de revaluación y ahora nula en la devaluación.

La debacle no se daría si el Banco de la República hubiera suministrado el faltante de divisas. El dólar podría estar alrededor de los $2.200. El error histórico se oculta diciendo, sin mayor base analítica, que el tipo de cambio de equilibrio se encuentra por encima de los $3.000, cuando a ese nivel las empresas no pueden trasladar los costos a los usuarios ni reducir los precios de las exportaciones. Por agotamiento de materia, la solución de Perogrullo es intervenir de inmediato el mercado cambiario vendiendo reservas internacionales dentro de un marco que propicie las exportaciones y la sustitución de importaciones, a tiempo que impulse el crecimiento y el empleo.

El Espectador, Bogotá.

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