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Nacional

La vendetta del fiscal

Por Octavio Quintero  

Semana.com ha hecho coincidir ciertas investigaciones y capturas de la Fiscalía General con la sabida ojeriza que el fiscal Montealegre tiene contra la excontralora Sandra Morelli. Al parecer, el fiscal, al igual que los buenos perros de caza, tiene el olfato acondicionado para perseguir todo aquello que le huela a Morelli.
 
Por lo visto, el fiscal no quiere que su tiempo termine sin dejar metida en la cárcel, o por lo menos embrollada “hasta las tetas” a la excontralora, con razón o sin ella pero, eso sí, con sospechosa pasión.

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Por Octavio Quintero  

Semana.com ha hecho coincidir ciertas investigaciones y capturas de la Fiscalía General con la sabida ojeriza que el fiscal Montealegre tiene contra la excontralora Sandra Morelli. Al parecer, el fiscal, al igual que los buenos perros de caza, tiene el olfato acondicionado para perseguir todo aquello que le huela a Morelli.
 
Por lo visto, el fiscal no quiere que su tiempo termine sin dejar metida en la cárcel, o por lo menos embrollada “hasta las tetas” a la excontralora, con razón o sin ella pero, eso sí, con sospechosa pasión.

En la lista de amistades de Morelli, inmersas en el ojo fiscalizador de Montealegre, aparecen en primer lugar Rocío González Martínez y Mónica Esperanza Cano, presas actualmente bajo la sindicación de haber realizado presuntas ‘chuzadas’ a periodistas desde la Contraloría General. Siguieron Libardo Núñez Páez y Raimundo Vélez Cabrales (también funcionarios del ente de control) y los coroneles (r)  de la Policía, Carlos Alberto Barragán y Jairo Gordillo, procesados por irregularidades en un millonario contrato de seguridad, y la lista sigue…
 
El pasado lunes 21de diciembre se dio la captura del empresario Alberto Aroch, socio del lote de Gran Estación II, donde funcionó la sede de la Contraloría que tiene en calzas prietas a la excontralora, sindicada de presunto detrimento patrimonial.
 
Estos casos se revisten de cierta connotación por las circunstancias políticas… Pero dentro de ese antro en que se ha convertido la Fiscalía General en esta triste y desvergonzada etapa de Montealegre dese por seguro que la “segmentación” de expedientes es abundante.
 
Pero lo de la Fiscalía es apenas un reflejo del comportamiento amañado y mañoso de todo el gobierno, según los casos y las circunstancias. Por ejemplo, la misma prestigiosa revista hace caer en cuenta la inconsistencia conceptual del Presidente Santos y del ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas en torno a sendos casos de corrupción como los del magistrado Pretelt y el director nacional de la Policía, general Palomino: al primero le piden que renuncie, en una clara intromisión de un poder (el Ejecutivo) sobre otro poder (el Judicial) y, al segundo, que está en sus manos el apartarlo del cargo por lo menos mientras se aclara su situación, se dice que hay que respetarle el debido proceso.
 
Por donde quiera que uno pergeñe temas de corrupción como estos del ejemplo, se encuentra con ollas podridas por todas partes: en el Congreso, en la Vicepresidencia, en los ministerios, en los entes de vigilancia y control; en todos los organismos públicos del orden nacional, departamental y municipal, y, por supuesto, en las gobernaciones y alcaldías.
 
Ya sé que este es un tema repetitivo, no solo en mi caso sino en muchos analistas de los medios, incluso de los grandes medios de comunicación. Pero, con todo y eso, seguimos profundizando la corrupción; eligiendo los mismos corruptos, y estos escogiendo a sus equipos colaboradores entre los mismos ladrones que les ayudaron a robar en el pasado.
 
Y esa es, precisamente, la fortaleza del fiscal Montealegre, y en general, de todos los corruptos que a su vez investigan casos de corrupción en otras áreas de la administración pública bajo el viejo lema: “entre bomberos no nos pisemos las mangueras”.
 
 “¡Tapen, tapen!”, clamaba Laureano Gómez en el 48… “Hay que tumbar al régimen”, clamó su propio hijo en el 90. Por lo visto, con el crimen de Álvaro, el país eligió seguir con el tapen, tapen del padre.
 
Y a nosotros no nos quedará más camino que seguir denunciando esta corrupción, en la remota esperanza de que “no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista”.

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