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Santismo y uribismo se plantean distintos, pero cómo se parecen en ciertos puntos medulares de su conducta

Por Cecilia Orozco Tascón / El Espectador  

Para Colombia es una desgracia que la política, los políticos y los altos funcionarios estén cruzados por la corrupción y por la defensa de los intereses particulares agenciados por ellos mismos, los representantes del poder, con el fin de llenar sus bolsillos.

Damos por hecho que el país les importa un pito, salvo por el dinero que puedan birlar de las arcas oficiales o de las cuentas de los contratistas oficiales. Y a pesar de eso, ¡subsistimos, e, increíble,

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Por Cecilia Orozco Tascón / El Espectador  

Para Colombia es una desgracia que la política, los políticos y los altos funcionarios estén cruzados por la corrupción y por la defensa de los intereses particulares agenciados por ellos mismos, los representantes del poder, con el fin de llenar sus bolsillos.

Damos por hecho que el país les importa un pito, salvo por el dinero que puedan birlar de las arcas oficiales o de las cuentas de los contratistas oficiales. Y a pesar de eso, ¡subsistimos, e, increíble,

los volvemos a elegir! No es mera casualidad que las campañas de los candidatos que tendrían opción de ganar la Presidencia tengan que dedicar sus esfuerzos, no a convencernos con sus tesis o siquiera con sus promesas, sino a zafarse de los tremendos escándalos que las acosan.

Tampoco es casual que las denuncias que perturban a Juan Manuel Santos y al nuevo “uribito”, Óscar Iván Zuluaga, provengan de dos columnistas y un medio, en estos casos, de tan disímiles vertientes profesionales como Daniel Coronell, María Isabel Rueda y El Espectador. Los periodistas, con todo y el sometimiento de la mayoría al statu quo, son investigadores arrojados, mucho más que los de los pomposos órganos de control. Está por verse de qué manera se afectará la voluntad de los votantes estupefactos, de un lado, por los 12 millones de dólares que capos del narcotráfico les habrían entregado a personas que trabajaban para el presidente Santos: la consignación que bien podría considerarse lavado de activos, habría sido el pago anticipado a la presión que harían el publicista JJ Rendón y el exconsejero de Palacio Germán Chica para que el gobierno actual aceptara la entrega a la justicia de los narcos. Y, del otro lado, por el millón de dólares que le habrían dado los timadores de Interbolsa a José Roberto Arango, un sujeto de salón social y de enorme manejo en las administraciones de su paisano Álvaro Uribe. Arango habría contado con el candidato Zuluaga, entonces ministro de Hacienda, para echar al superintendente financiero Augusto Acosta, porque éste era un obstáculo para que Interbolsa y su socio Juan Carlos Ortiz ejecutaran operaciones sospechosas.

Mire usted la confluencia de procedimientos en las campañas que se suponen rivales y opuestas: el lobby de alto turmequé definió o intentó con éxito decidir el rumbo de asuntos de enorme repercusión pública. El primero, la propuesta de rendición de criminales que han regado la sangre de miles de colombianos. El segundo, el robo de cuello blanco a cientos de inversionistas. El santismo y el uribismo se plantean distintos, pero, ah caray, cómo se parecen en ciertos puntos medulares de su conducta, así ahora se detesten los miembros de una y otra agrupación.

Los hechos son incontrovertibles: JJ Rendón y Germán Chica son o fueron hombres del presidente Santos; José Roberto Arango y Óscar Iván Zuluaga se tratan de tú a tú con el expresidente Uribe. Rendón y Chica son reconocidos por sus mañas publicitarias; por eso y pese a su oscuro historial, al primero lo trae Santos cada vez que se disputa unas elecciones y al segundo lo nombran enlace político de Casa de Nariño con el Congreso, o vocero de los gobernadores para que oficie de mediador en Bogotá. Arango es maestro de la manipulación a favor o en contra, depende de quién lo contrate, de negocios de abultados números, y ha sido tramitador frente a su íntimo Álvaro Uribe y desde afuera cuando los rumores se volvieron gritos. Zuluaga fue y sigue siendo el subalterno del líder del autodenominado Centro Democrático ¿Qué de raro tenía que un ministro del uribismo le hiciera un favor al amigo de su jefe de Estado? El tráfico de influencias será un delito en los códigos, pero, digámoslo con todas las letras, es la forma de gobierno más común en Colombia. Lo demás es presentación de hipocresía.

El Espectador, Bogotá.

 

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