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Se dispara el dólar

Por Eduardo Sarmiento Palacio  

El modelo de revaluación e inversión extranjera llegó a su final. La enorme apreciación del tipo de cambio de los últimos diez años ocasionó un cuantioso y creciente déficit en cuenta corriente y en múltiples ocasiones señalamos que no era sostenible. Tan pronto los agentes económicos advirtieron que la abundancia de divisas se acabó y que el tipo de cambio tendía a devaluarse, el comportamiento se invirtió.

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Por Eduardo Sarmiento Palacio  

El modelo de revaluación e inversión extranjera llegó a su final. La enorme apreciación del tipo de cambio de los últimos diez años ocasionó un cuantioso y creciente déficit en cuenta corriente y en múltiples ocasiones señalamos que no era sostenible. Tan pronto los agentes económicos advirtieron que la abundancia de divisas se acabó y que el tipo de cambio tendía a devaluarse, el comportamiento se invirtió.

La revaluación y la entrada de capitales, que han sido el principal combustible de la explosión del crédito y el abaratamiento de las importaciones, están entrando a un estado de agotamiento y se manifiestan en las áreas críticas de la economía. El déficit en cuenta corriente asciende a 4% del PIB, el faltante presupuestal es de $12,5 billones, según el Gobierno, y de $15 billones, de acuerdo con el deterioro de los recaudos tributarios, y el empleo crece por debajo de la población. Y las nuevas perspectivas cambiarias significarán la reducción de los ingresos reales y los consumos de la clase media.

La reforma tributaria se justificó en la creencia de que la clase media podía asumir la tercera parte de los gravámenes de las empresas por conducto del IMAN. Las cifras muestran algo muy distinto. Los recaudos del impuesto a la renta de las personas jurídicas se desplomó, y el total disminuyó $15 billones con respecto a la tendencia histórica. Los mayores tributos de la clase media no aparecen y seguramente se dificultarán con las condiciones externas. La devaluación reduciría aún más el margen tributario de la clase media.

Ante el debilitamiento de los consumos, el Gobierno se ha precipitado a sustituirlos por gasto público. En efecto, está comprometido en aumento del presupuesto por encima del producto nacional representado principalmente en infraestructura física. Sin embargo, nadie sabe de dónde provendrán los recursos. En un principio el ministro de Hacienda propuso hacerlo con la extensión del impuesto al patrimonio a la clase media y con una elevación de 40% de las tarifas, pero ante las críticas ha adquirido las más variadas formas. A estas alturas se desconoce la forma como se financiará el ambicioso aumento del gasto público.

En cualquier caso, los mayores recaudos se destinarán a la infraestructura vial que favorece a los grupos altos y está basada en subsidios a los concesionarios. No obstante el atraso vial, Colombia tiene los peajes más costosos de América Latina. Además, es una de las actividades de más baja productividad y capacidad de generación de empleo. Mientras la inversión en máquinas genera empleo durante su vida útil, la misma inversión en infraestructura vial tiene que repetirse cada año para sostener el mismo empleo. La creación de un puesto de trabajo directo cuesta $85 millones.

Los hechos dejan en claro los estragos de la locomotora de la minería y la inversión extranjera. El expediente destruye el ahorro, desmantela la industria y la agricultura e introduce inestabilidad. Aún más grave, induce una elevación en los ingresos y en los consumos que no son sostenibles. Las economías enfrentan las destorcidas con costos laborales que generan serias dificultades de balanza de pagos y presiones recesivas. Para completar, la ficción condujo a un estado de desfinanciación del presupuesto, déficit cuenta corriente y crecimiento del empleo por debajo de la población.

No será fácil enfrentar las nuevas condiciones externas con el sector público desfinanciado, déficit en cuenta corriente y crecimiento del empleo por debajo de la población. Pero la solución no está en desbordar el gasto en infraestructura. Lo que se plantea es limitar la inversión extranjera y moverse hacia un perfil dominado por el ahorro interno, la industria y el superávit de balanza de pagos.

El Espectador, Bogotá.

 

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