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Un amigo me dijo: Santos se cae

Por Juan Manuel López Caballero  

Por preferir escuchar opiniones más que a seguir los medios masivos de comunicación, repito parcialmente las consideraciones de un amigo que afirmó ‘Santos se cae’ (adicionando algunas más, a favor o en contra).

La tesis —o constatación— es que pocas veces el país se había encontrado en niveles de ‘desinstitucionalización’ o cuestionamientos tan profundos y generalizados como ahora.

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Por Juan Manuel López Caballero  

Por preferir escuchar opiniones más que a seguir los medios masivos de comunicación, repito parcialmente las consideraciones de un amigo que afirmó ‘Santos se cae’ (adicionando algunas más, a favor o en contra).

La tesis —o constatación— es que pocas veces el país se había encontrado en niveles de ‘desinstitucionalización’ o cuestionamientos tan profundos y generalizados como ahora.

No obstante los esfuerzos por el Gobierno de mostrar una situación macroeconómica ‘blindada’ en contra de lo que suceda adentro o afuera, la realidad es que a nivel de los particulares ni siquiera importa esa discusión, puesto que lo que afecta directamente al ciudadano pesa mucho más que lo que sucede con el Estado.

La prueba de esta aseveración serían los paros de transportes, las manifestaciones de los sectores laborales, los cuestionamientos de los mismos que prestan servicios a la ciudadanía (funcionarios de la salud, educadores), y sobre todo las encuestas que muestran que solo para menos del 30 % de la población el país va bien o mejorando.

En resumen, el análisis de mi amigo se concreta a que se están multiplicando las expresiones y las razones de inconformidad en la población; solo constata ese hecho y considera que dice lo suficiente respecto a lo que la ciudadanía siente en relación a su gobernante.

Esto coincide bastante con lo que dicen las encuestas. Según ellas el porcentaje de aprobación a la gestión de Santos no solo ha ido cayendo sino que hoy esta por debajo del de desaprobación. Algo similar pasa cuando se hace la pregunta respecto al gobierno. Y si se toma tema por tema o ministro por ministro, la gran mayoría se raja (si se califica por notas) o tiene más negativo que positivo (si se comparan aprobación y desaprobación).

Probablemente más con lo que no dicen, ya que ellas están estructuradas en forma de que las preguntas tienden a inducir respuestas sin matices —tipo: ‘le parece bueno o malo el Gobierno’—, sino que dependen de la información que el Gobierno y los medio allegados a él divulgan. Si las encuestas se hicieran solo entre quienes no se alimentan de los medios ‘del establecimiento’ las cifras serían más dicientes y seguramente muchísimo más desfavorables y pesimistas.

Porque si algo da qué pensar cuando hablan de que la ‘percepción’ es diferente a la realidad, es que lo real es lo que la gente vive, y lo que se puede distorsionar (y se hace permanentemente) es lo que depende de la información que se trasmite.

Sin embargo, si se profundiza el análisis se encuentran las explicaciones tanto del porqué no se cae como del porqué mi amigo debería tener razón.

De un lado no hay ni remota posibilidad de que él renuncie, ni que alguien lo quiera tumbar y remplazar (solo Uribe podría tener ese interés y esas ganas —pero no la capacidad—).

También porque el Presidente ha tenido la habilidad de poquerista de ‘ir todo’ a la carta de los acuerdos con las Farc. Aunque es casi un bluff o cañazo —porque no es cierto que eso traiga la Paz— ha sido tan bien manejado el tema que por inercia parece un hecho que saldrá adelante. Las Farc han colaborado —al fin y al cabo son los principales interesados porque nada pueden esperar de seguir en armas—, y los medios han puesto a su turno toda su agenda —que se convierte en la agenda del país— alrededor de ese proceso y la necesidad que sea exitoso. Tan es así que la minoría que defendíamos la lógica de una solución política, negociada y basada en la validez de los motivos de la guerrilla (nunca de sus métodos), se convirtió en una mayoría del orden del 70 % que dice aprobar esta salida. Es mucho lo que ha cambiado con el acertado manejo del Dr. Santos, aunque no tanto para que se superen o subsanen los obstáculos centrales: uno el divulgar el contenido de los acuerdos, ya que ambos negociadores saben que su dificultad es la presentación ante la ciudadanía porque un alto nivel de impunidad o poco castigo repugna a más de dos de cada tres colombianos; y otro la forma de refrendarlo para que tenga legitimidad de un lado y dé seguridad del otro.

Pero lo que sí han logrado es que el país —o el país manejado por los medios— no solo está desinformado de lo dramático de la situación, sino distraído lo suficiente como para que no importe la falta de análisis y de explicaciones de porqué y hasta donde caeremos en esta crisis; como para que sus manifestaciones de inconformismo se reduzcan a la protesta, sin exigir una propuesta de solución basada en un diagnóstico y algún modelo teórico que parta de aceptar como indeseable y grave lo que estamos pasando (bastante contrario al ‘país de las maravillas’ que nos han intentado vender); de que esto sí es consecuencia de los modelos, políticas y medidas que se han tomado; y que por lo tanto lo peor es la oferta de ‘más de lo mismo’ que los gurús y las autoridades actuales siguen manejando.

Si se aplicara a los gobiernos la famosa frase de que nada más necio que repitiendo las mismas recetas esperar un cambio en los resultados, tendría razón mi amigo en que lo que está viviendo el país daría para que Santos estuviera por caerse.

Las 2 Orillas, Bogotá.

 

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