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Colombia y la caída de las exportaciones

Por  Jorge Iván González / Desde abajo  

Una lectura de uno de los factores de la coyuntura económica que vive el país, desde un lente apoyado en factores de mediano plazo, permite evidenciar la fragilidad de una política de Estado que deposita confianzas excesivas en las bondades de lo que hace años fue conocido como apertura económica. Sus efectos son críticos y reclaman correcciones inmediatas.
 
Durante el último año coincidieron dos tendencias en la economía nacional: agudización del déficit comercial y devaluación del peso, conjunción que merece un análisis cuidadoso porque son contradictorios, si se miran a la luz de la teoría económica convencional.

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Por  Jorge Iván González / Desde abajo  

Una lectura de uno de los factores de la coyuntura económica que vive el país, desde un lente apoyado en factores de mediano plazo, permite evidenciar la fragilidad de una política de Estado que deposita confianzas excesivas en las bondades de lo que hace años fue conocido como apertura económica. Sus efectos son críticos y reclaman correcciones inmediatas.
 
Durante el último año coincidieron dos tendencias en la economía nacional: agudización del déficit comercial y devaluación del peso, conjunción que merece un análisis cuidadoso porque son contradictorios, si se miran a la luz de la teoría económica convencional.

En los libros de texto, cuando hay devaluación del peso (el dólar se encarece), las importaciones deben disminuir y las exportaciones tendrían que aumentar. Si el dólar es caro, las personas disminuyen la compra de bienes importados, y los productores nacionales tienen estímulos para incrementar sus exportaciones. Esta secuencia que es lógica y sirve de referencia para los ejercicios de tablero realizados en las aulas de economía, no se ha cumplido en la realidad colombiana. Los hechos están mostrando que los análisis simplistas realizados por los economistas ortodoxos, y que fundamentan las decisiones de política económica, no son adecuados.
 
Tal y como lo indica la gráfica, el déficit en la balanza comercial de bienes (importaciones mayores que exportaciones) se agudiza a medida que la devaluación se ahonda. Esta tendencia es contraria a la lógica derivada de los modelos teóricos. A finales de 2013 el dólar estaba a $1.926, y hoy está a $2.538. Esta tendencia alcista de esta divisa continuará. Los movimientos de la tasa de cambio no dependen de las decisiones de la política económica nacional. Son el resultado de la política monetaria de los Estados Unidos, ahora menos expansiva y, por tanto, encarecedora del dólar. A pesar de que el mayor valor del dólar ha encarecido las importaciones, la balanza comercial no gana estabilidad.
 
De acuerdo con el comportamiento del dólar, la balanza comercial debería ser positiva, y el superávit tendría que estar aumentando. La figura muestra que está sucediendo todo lo contrario, y durante el 2014 las importaciones crecieron más que las exportaciones. Estos movimientos de la balanza comercial, que van en contra de lo esperado, son la expresión de debilidades estructurales de la economía colombiana. Menciono tres temas que son relevantes. El primero, de naturaleza teórica, denominado el efecto J. El segundo, la primarización de la economía criolla. Y el tercero, las debilidades estructurales del mercado interno.
 
El efecto J
 
El efecto J trata de captar la situación presentada en las economías inmediatamente después de la devaluación. En los ejercicios de tablero es evidente que cuando el dólar se encarece la balanza comercial se vuelve positiva. Habría, entonces, una relación positiva entre el dólar caro y el superávit comercial. En un plano cartesiano, la interacción de estas variables se vería como una línea con pendiente positiva. Pero el efecto J muestra que este proceso no es inmediato. En el primer momento, aún con un dólar caro, las importaciones suben y la balanza comercial continúa siendo negativa. En un segundo momento, las importaciones disminuyen, las exportaciones crecen y la balanza comercial es superavitaria. En esta secuencia, que subyace al análisis del llamado efecto J, supone que el primer movimiento se origina en la tasa de cambio.
 
Una de las explicaciones del este efecto tiene que ver con la percepción de los empresarios y con los determinantes de la decisión de invertir. Cuando toma forma una devaluación (dólar caro), los empresarios no aumentan la producción inmediatamente. Su actitud es cautelosa, y esperan con el fin de constatar si la devaluación del peso es un fenómeno permanente. Mientras evalúan la situación continúan importando. Una vez convencidos de que la devaluación se mantendrá, comienzan a producir y, eventualmente, a exportar. Este proceso toma tiempo. La gráfica de la balanza comercial muestra que los productores nacionales aún no se convencen que la devaluación permanecerá, y por ello las importaciones continúan aumentando más que las exportaciones.

Primarización de la economía
 
En el análisis anterior predomina la tasa de cambio. Pero, además, es necesario tener en cuenta las condiciones estructurales de la producción. La economía colombiana se ha reprimarizado, lo que significa que el sector primario (petróleo, minería, café, flores…) han ganado importancia frente a otras actividades como la industria. La mayor parte de las exportaciones nacionales radican en petróleo y minerales. La pérdida de dinamismo de la industria y de la agroindustria no es un fenómeno de corto plazo. Es la consecuencia de las políticas de apertura indiscriminada, que comenzaron con Gaviria-Hommes (1990-1994). Parecería como si el daño hecho al aparato productivo fuera irreversible.
 
La dependencia del petróleo y de los minerales tiene varios inconvenientes. El primero, que ha sido notorio en los últimos meses, es la inestabilidad frente a los precios internacionales. La caída de los precios se refleja en una disminución del valor de las exportaciones, en menores regalías, y en una reducción de los ingresos del Estado. Los movimientos de los precios escapa a las decisiones de política económica del gobierno colombiano, así que la dinámica de la economía termina sometida a fuerzas que no controla.
 
El segundo inconveniente es la trampa de las economías de enclave. Las regiones que producen hidrocarburos y minerales siguen funcionando como economías de enclave, sin crear encadenamientos productivos. Las bonanzas de los precios no se reflejan en mejores condiciones de vida de la población, ni en inversiones que aumenten la cobertura de servicios básicos (acceso a agua, vías, educación, asesoría técnica, salud, etcétera). Dicho de otra manera, la bonanza no está sembrada.
 
El tercer problema es la asimetría entre los excedentes dejados por las explotaciones minero-energéticas y el daño ambiental. La Contraloría mostró que las grandes explotaciones mineras no están pagando los impuestos que les corresponden, y que las exenciones tributarias son injustificadas. Y frente a estos recursos, que son relativamente bajos, habría que ponderar el daño ambiental. Las compensaciones efectuadas por las empresas por daños ambientales son mínimas y, a la larga, el Estado termina invirtiendo en los territorios una cantidad de recursos mayor a los ingresos que recibe por regalías e impuestos. Estamos, entonces, ante un pésimo negocio para el Estado.
 
El mercado interno
 
Y el tercer problema tiene que ver con la imposibilidad de consolidar el mercado interno. El futuro del país no está solamente en los tratados de libre comercio (TlC). Puesto que los bienes importados son más caros, deberían crearse mecanismos para mejorar la producción interna y consolidar los mercados al interior del país. La Misión Rural, creada por el gobierno, llamó la atención sobre la necesidad de crear flujos que fortalezcan la demanda interna y disminuyan las importaciones. Este proceso es exitoso si los mayores ingresos de los hogares se reflejan en una mayor demanda de bienes elaborados en el país.
 
Son simples deseos. La agricultura giró de la producción de alimentos hacia los cultivos como palma africana, y otros bienes que son insumos de los agro combustibles (maíz, remolacha, caña). La pequeña escala ha cedido el espacio a los cultivos de gran extensión. Desde la perspectiva de la gestión, adquirieren relevancia los monocultivos administrados con una visión empresarial. Entre 2000 y 2010 las importaciones de maíz aumentaron de 1.9 millones de toneladas a 3.2 millones. En el mismo período, las importaciones de cebada pasaron de 153 mil toneladas a 206 mil toneladas. Las importaciones de plátano subieron de 11 mil toneladas a 54 mil. Las de trigo de un millón a 1.3 millones. Se observa, entonces, que las importaciones de los productos de la economía campesina han aumentado de manera importante. Es evidente que este crecimiento de las importaciones tiene impactos muy negativos en la economía campesina. La evolución desfavorable sufrida por los cultivos “predominantemente campesinos” indica que la economía campesina está pasando por una situación difícil.
 
En Colombia continúa sin consolidarse el mercado interno. La ausencia de vías permanece como una limitación estructural. El sector agropecuario se deteriora y no son evidentes los procesos endógenos que se derivarían de una política económica centrada en el desarrollo regional. Desde comienzos de los noventa, los gobiernos han confiado excesivamente en las bondades de la apertura.
 
Estas consideraciones no hacen parten del diagnóstico del Plan de Desarrollo de reciente aprobación por parte del Congreso, en el que no se reconoce la debilidad estructural de la economía colombiana. Al fin y al cabo, es comprensible que Santos II afirme de manera categórica que Santos I fue una maravilla.

Desde abajo, Bogotá.

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