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¡El agua…!

Por Juan Manuel López Caballero  

La angustia por lo que pasaría en las elecciones y la pasión despertada por el fútbol ha hecho que se minimice lo que los colombianos hemos sufrido por los embates del cambio climático; en la Costa la ausencia de lluvias —en Santa Marta han caído menos de 100 milímetros en los últimos 10 meses—, y en los Llanos de Casanare se vive lo contrario —se han registrado aguaceros de hasta 130 milímetros en dos horas—.

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Por Juan Manuel López Caballero  

La angustia por lo que pasaría en las elecciones y la pasión despertada por el fútbol ha hecho que se minimice lo que los colombianos hemos sufrido por los embates del cambio climático; en la Costa la ausencia de lluvias —en Santa Marta han caído menos de 100 milímetros en los últimos 10 meses—, y en los Llanos de Casanare se vive lo contrario —se han registrado aguaceros de hasta 130 milímetros en dos horas—.

Desaparece el mito de que no era claro si en verdad existe el cambio climático.

Y respecto al futuro el Ideam con su repite y repite que llegará el ‘fenómeno del niño’ solo deja desconcertados a los afectados, a los unos porque viven ya una sequía que les predicen llegará más tarde, y a los otros porque les previenen sobre una catástrofe por falta de agua y les difieren la fecha de su inicio mientras lo que sufren son inundaciones. No se sabe si es mito el tal ‘fenómeno’ o si lo que es mito es que se pueda predecir (o que lo pueda hacer nuestro instituto) pero ya es difícil creer o contar con esta predicción.

Pero lo que más nos dicen es que se está acabando el agua, que debemos conservarla. Esto también tiene mucho de desinformación.

Con el agua sucede como con la energía: ni se gana ni se pierde, solo se transforma. La vida del agua es un proceso de evaporación y condensación en que pasa de niveles de humedad a lluvia en forma cíclica; ni se produce nueva agua ni desaparece, solo cambia de estado. Se evapora del mar, se convierte en nubes que descargan en los continentes, y estos a través de los ríos la devuelven a los océanos.

En esta época lo notorio es que la que se encontraba en forma congelada se está volviendo líquida. Es lo que sucede con la reducción de las capas polares, el deshiele de los nevados o los glaciares que se disminuyen.

Y si bien no es cierto que la deforestación o explotaciones como las petroleras acaban el precioso líquido, sí es correcto que alteran la forma en que este circula o se distribuye; por ejemplo el tumbar los bosques de galería elimina la amortiguación de la lluvia propiciando que los cauces se suban y corra por ellos la corriente de manera más rápida; o las explosiones de la sísmica modifican las redes subterráneas que como tuberías llevan el agua a determinados sitios y así se dispersa o traslada la que emergía en manantiales, lagunas o esteros.

No es verdad por lo tanto que agua se agote. Lo que sí sucede es que la demanda por ella, en especial por la tratada, aumenta en la medida que la población humana requiere cada vez más, tanto para su consumo directo como para otros usos como el agrícola o los procesos industriales.

Está bien incentivar a los habitantes a racionalizar su uso, pero no se debe hacer en base a falsas soluciones o mala información. Ejemplo de lo primero podría ser el cuento que inventó cierto alcalde pedagogo de introducir una botella llena en la cisterna de los escusados para gastar menos agua: como el funcionamiento de estos depende de la cantidad de agua y no de su altura lo que se lograba es que fallara la ‘jalada’ con las consecuencias que esto traía. Ejemplo de lo segundo es el terrorismo con el ‘fenómeno del niño’ que en la práctica no sería sino eventualmente un verano más fuerte del usual; sirvió para exculpar el mal manejo que se dio al sistema eléctrico bajo la administración Gaviria, pero nunca ni antes ni después se ha manifestado  con los peligros o las consecuencias catastróficas que se le atribuyen.

De lo que debemos ser conscientes es de que el problema es de origen demográfico —el crecimiento de la población— y que cualquier solución será transitoria a menos que se limite la multiplicación de la raza humana.

Y en espera de ello, que lo que se requiere no es descargar solo en los usuarios la responsabilidad del ahorro en el consumo sino pensar en nuevas formas de manejo colectivo —más eficientes y más adaptadas a los usos de los conglomerados humanos actuales y especialmente a los cambios climáticos que ya se conocen y se viven y no se pueden negar—, es decir más intervención e imaginación estatal que la de simplemente manejar un tema de tarifas.

 

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