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¿El Presidente o Colombia ‘en su laberinto’?

Por Juan Manuel López Caballero  

Coinciden por estas fechas lo que debería ser un balance de gestión de un gobierno y una campaña personal por la presidencia. Por la existencia de la reelección tienden a confundirse, y por supuesto se busca deliberadamente que esto sea así.

Lo excepcional es que simultáneamente se esté

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Por Juan Manuel López Caballero  

Coinciden por estas fechas lo que debería ser un balance de gestión de un gobierno y una campaña personal por la presidencia. Por la existencia de la reelección tienden a confundirse, y por supuesto se busca deliberadamente que esto sea así.

Lo excepcional es que simultáneamente se esté

buscando concretar una ‘proceso de paz’ con la insurgencia.

Eso llama a estudiar la encrucijada en la que se encuentra el protagonista de esta situación, Juan Manuel Santos.

A diferencia de Álvaro Uribe, el actual mandatario no parece ser motivado por la ambición de poder. Ni a lo largo de su trayectoria ni durante su gobierno ha mostrado el deseo compulsivo de que todo dependa de él. Responde más a lo que se ha dicho que han sido sus características de vanidad y de jugador.

Según eso, su mantra o su motivación y su desafío no era adquirir poder -puesto que ya tenía casi más que cualquiera-, sino pasar por algo único a la historia. El saber cuál era el camino era simple; el juego y la apuesta era lograr recorrerlo: bastaba ser el gobernante que hiciera un ‘tratado de paz’ con la guerrilla, y esto dependía casi exclusivamente de llegar a ser Presidente, puesto que el contenido de un acuerdo podría ser bastante formal y evidente (una ‘Justicia transicional’).

Lo anterior explica y coincide con una trayectoria en la cual sin ser ‘técnico’ y sin necesidad de respaldo o representación popular, es decir sin antecedentes profesionales, políticos o administrativos, fue Ministro de varios gobiernos con proyectos y equipos diferentes (Gaviria, Pastrana, Uribe); también con la protesta de quienes creyeron que lo elegían para un propósito y se quejan de que lo ha traicionado.

Gobernar un país supone tener una propuesta social y económica, y el deseo de tomar decisiones que lleven a concretarla, condiciones ausentes en la persona de Santos. Eso también explica los resultados bajo este mandato: reformas retiradas como la de la Justicia, la de la Educación, la de la Salud; locomotoras que no arrancaron durante el cuatrienio; promesas de lo que no se hizo pero se aspira vendrá en el futuro, como la inversión en infraestructura o las políticas de empleo; fracasos y frustraciones en los cambios realizados, como Colpensiones o debates sobre lo que se reivindica como la proyección hacia la Agroindustria en la Altillanura; sectores económicos como la Industria y la Agricultura en deterioro; resultados ni siquiera marginales en leyes como la de primer empleo, o la de restitución de tierras; conflictos con las organizaciones no empresariales como el campesinado o la minería tradicional. Y justifica al mismo tiempo la importancia de consentir a los grupos poderosos y vinculados al statu quo -medios de comunicación, financiero, políticos, militares- para no perder la capacidad de mantenerse en el poder.

Seguramente Santos hubiera preferido firmar algo con las FARC y renunciar a la reelección, ganando así alta probabilidad de llegar a Nobel de Paz. Su encrucijada consiste en que sin deseos ni condiciones para gobernar se ve obligado a perseguir un nuevo mandato para satisfacer esa meta. Y al hacerlo se enfrenta a la dificultad misma de no tener propuestas o vocación para ello, pero también a que se confronten la falsa imagen que se ha intentado proyectar,  y la incómoda realidad de un país insatisfecho con la gestión de gobierno (como se ve tanto en las encuestas como en las protestas de tantos sectores).

Pero la misma encrucijada se resuelve al trasladarla a la ciudadanía: nos toca escoger entre olvidarnos de calificar al gobierno y apoyar lo que haga en materia de paz, votando por la reelección; o negar la reelección y jugárnosla por otra opción. Lo aparente es que lo difícil es crear otra, ya que la alternativa que presentan es la Uribista de ‘la paz por la guerra’.

Sin embargo la verdadera opción real de paz solo está en manos de quien tenga una propuesta de cambiar al país, de cambiar el modelo que nos rige, de buscar una reorientación del Estado hacia el bienestar de la población y no solo a mejorar los indicadores macroeconómicos, de una ideología política socialdemócrata que remplace a la neoliberal.

Solo un acercamiento de la corriente verdaderamente liberal del Partido Liberal -no quien hoy indebidamente lo representa-, y de la izquierda izquierda -hoy en cabeza del Polo Democrático- podría ofrecer a la Nación una fuerza y un proyecto que, además de superar el requisito de firmar con los grupos insurgentes, se acompañe de programas y voluntad de reformar el Estado para que éste permita y adelante un cambio en nuestra sociedad.

Y ya en lo electoral solo esa unión formaría una tercería que pueda pasar a segunda vuelta y lograr votaciones como la que ya tuvo Carlos Gaviria o las que pusieron a los Alcaldes de Bogotá.

18 de noviembre de 2013.

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