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Intenciones colectivas

Por Rodolfo Arango  

La guerrilla y el gobierno no aciertan a sintonizarse para firmar los acuerdos sobre el fin del conflicto. Incluso hay la sensación que retroceden luego de emboscadas y bombardeos, pese a que habían logrado reducir la violencia.

Los tropiezos en la negociación, que cuestan vidas y sufrimiento a las víctimas, revelan una falla en nuestra cultura: la precariedad de nuestras intenciones colectivas.

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Por Rodolfo Arango  

La guerrilla y el gobierno no aciertan a sintonizarse para firmar los acuerdos sobre el fin del conflicto. Incluso hay la sensación que retroceden luego de emboscadas y bombardeos, pese a que habían logrado reducir la violencia.

Los tropiezos en la negociación, que cuestan vidas y sufrimiento a las víctimas, revelan una falla en nuestra cultura: la precariedad de nuestras intenciones colectivas.

¿Podremos los colombianos aprender a coordinar nuestra mente, nuestros deseos y creencias, con la acción y decisión necesarias para realizar estados de cosas que todos queremos? Si en el fútbol hemos aprendido a jugar en equipo, no se observa por qué no podríamos también lograrlo en las negociaciones de paz. Necesitamos actos de confianza, intrépidos y generosos de las partes para ganarle a la guerra y a sus beneficiarios. El desminado conjunto es un buen inicio. Permite a los guerreros desmontarse de sus posiciones de poder y sentir la zozobra de civiles inermes vencidos por el terror de morir violentamente.
 
Es importante entender que nuestra incapacidad para la acción colectiva eficaz reposa en experiencias negativas del pasado que fomentan la desconfianza, la malicia y la incredulidad. Incluso hemos acuñado el antisocial dicho “piensa mal y acertarás”. La desconfianza se alimenta del miedo a arriesgar o a revisar las propias creencias. El dogmatismo de una educación poco empírica y bastante especulativa tampoco ayuda; por el contrario, estanca. Resultado de ella son la escasa reflexividad y apertura, así como la tendencia a la autojustificación.
 
Mientras las élites vean en la guerrilla a terroristas prestos a devorar a sus familias y propiedades cabalgando sobre el lomo de la revolución comunista; y mientras los comandantes de la guerrilla vean en políticos y empresarios a burgueses prestos a asesinar y torturar para saciar sus instintos más bajos, tendremos un mal equipo país. Las intenciones colectivas para construir y no para destruir estarán ausentes. Sin ellas tampoco podremos superar el conflicto.
 
¿Qué tan millonarias son las Farc? ¿Qué tan criminales son las élites? Las élites exigen que las Farc respondan con su libertad y sus fortunas ilícitas a las víctimas. Las Farc plantean que si van a la cárcel deben ir junto con líderes políticos, militares y  empresariales. En ambas partes hay búsqueda de simetría; de igualdad; de justicia. Las ausentes son las víctimas. A ellas se les exige aceptar que el proceso es político, no judicial. Se espera que la población acepte perdonar a los agentes y beneficiarios de la guerra, que no pagarían cárcel y sí algo de dinero.
 
La población estaría en capacidad de aceptar las propuestas de La Habana si los señores de la guerra no buscan escamotear sus responsabilidades. Por ello es tan importante la Comisión de la Verdad. Ella podría contribuir a la gran catarsis que necesita el país. Saber con nombre propio quiénes,  cómo, cuándo y hasta dónde se han beneficiado de la guerra serviría para diferenciar responsabilidades en la comunidad política. El esclarecimiento de la verdad permitiría a los actores del conflicto asumir su vergüenza, desmontar el resentimiento, aprender disposiciones dialógicas y reflexivas y reconocer al contradictor como un igual. Una Comisión de la Verdad bien conformada nos ayudaría a entender que no somos tan diferentes unos de otros; que podemos tener intenciones colectivas; que con creencias y deseos compartidos podemos entendernos y respetarnos como compatriotas y alcanzar la meta de construir una sociedad justa para todos.

El Espectador, Bogotá.

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