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La Carta Medellín promulgada por el WUF7

Por Campo Elías Galindo A.  

La Carta Medellín fue el documento oficial de conclusiones que quedó como testimonio de las sesiones correspondientes al Séptimo Foro Urbano Mundial que tuvo lugar en Medellín entre el 5 y el 9 de abril pasados, organizado por ONU-Hábitat en alianza con la Alcaldía de Medellín y el Ministerio

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Por Campo Elías Galindo A.  

La Carta Medellín fue el documento oficial de conclusiones que quedó como testimonio de las sesiones correspondientes al Séptimo Foro Urbano Mundial que tuvo lugar en Medellín entre el 5 y el 9 de abril pasados, organizado por ONU-Hábitat en alianza con la Alcaldía de Medellín y el Ministerio de la vivienda. El texto de 170 páginas, se supone, recoge los insumos más importantes de los diálogos, asambleas y mesas redondas que tuvieron lugar en el marco de ese imponente evento que movilizó decenas de miles de visitantes y millones de dólares en financiación.

Es un documento de carácter conceptual que pretende ser orientador para los actores urbanos que se comprometan a desarrollar ciudades sostenibles, equitativas y para la vida, en la perspectiva de la revisión de los objetivos del milenio en 2015 y la celebración de Hábitat III en 2016. Su prefacio lleva la firma de quien la presentó oficialmente, el alcalde de la ciudad sede Aníbal Gaviria; reconoce la autoría a un grupo de académicos tanto de nuestro medio como de fuera, entre los cuales se destaca el sociólogo e historiador francés Edgar Morin; está además respaldado por una amplia bibliografía personal e institucional.

Una primera parte de la Carta (Carta de navegación) expone los valores filosóficos y puntos de partida para una comprensión de los problemas urbanos propios de nuestra época. Es un recorrido por las concepciones propias del nuevo humanismo que serían aplicables a la organización de la vida en nuestras ciudades, sin dejar de lado los cuestionamientos obligados al desarrollismo y a la modernidad occidental como proyecto totalitario que también ha subordinado el pensamiento sobre lo social, lo territorial y lo urbano. Esta parte del texto declara su fé en la agenda de la ONU de los próximos años para avanzar en la concreción de un “Proyecto global de humanidad” donde quepamos todos con todas nuestras utopías y nuestros sueños, en el centro del cual habrán de estar los futuros urbanos colectivamente diseñados desde nuevas epistemologías y nuevas relaciones entre las sociedades y sus entornos naturales.

La segunda parte de la Carta (Gestión integral de las ciudades para la vida con equidad), mantiene el tono humanista pero busca ser más estratégica que la primera. Por lo tanto expone un inventario de los mayores retos a la construcción de las ciudades en nuestra época, siempre teniendo como norte los valores de la equidad y la sostenibilidad ambiental. Temas como gobernabilidad, gobernanza, solidaridad mundial, consensos, alianzas público-privadas y sociedad civil, dominan gran parte de las categorías alrededor de las cuales giran las recomendaciones de política urbana en la Carta. Es aquí donde las ejecutorias sociales, económicas y urbanísticas desarrolladas en Medellín desde los años noventas, se muestran como un paradigma a ser aplicado. Ellas permitieron, según apunta el texto, trasegar del miedo y la inseguridad a una ciudad pujante, innovadora y llena de oportunidades para los ciudadanos, a través de procesos de planeación socioeconómica y territorial, participación comunitaria, una gestión pública transparente y una permanente dotación de obras públicas para el buen vivir de todos sus habitantes.

Para eso fue lavada la cara de Medellín antes del Foro. Para legitimar que ese paquete de conclusiones se presentara en el gran Teatro Metropolitano por el propio alcalde de la ciudad sede, sin hacer una sola mención a los edificios de viviendas que desde seis meses antes han venido colapsando precisamente por la inmoralidad de las alianzas público-privadas que están construyendo esta ciudad y tomando decisiones sobre su ordenamiento. Si era mucho pedirle al alcalde que en el documento se incluyeran los desalojos violentos, la precariedad laboral, el desplazamiento intraurbano, el maltrato a los habitantes de calle y la dura segregación social y territorial, solo por decencia debió reconocer todo lo que le falta a la dirigencia de Medellín para saldar la deuda ética, social y ambiental que tiene contraída con las comunidades urbanas.

El contenido propiamente de la Carta Medellín, como el de documentos oficiales de grandes eventos, expresa consensos generales sobre un universo temático debidamente controlado. Pero tampoco debería quedar la impresión como en este caso, de que pudo haberse redactado antes de la instalación del Foro. En muchos aspectos el escrito valida los razonamientos “políticamente correctos” de la geocultura dominante, como suponer que la equidad es algo que brota del buen manejo de los recursos, la transparencia en los ejercicios de gobierno y la participación comunitaria en la destinación de fracciones del presupuesto público. Con ese postulado entonces, menos podrían explicarnos por qué Medellín fue catalogada por la propia ONU-Hábitat el año pasado como la ciudad más inequitativa del país; por qué donde “no se pierde un peso” es donde más se concentra la riqueza en pocas manos y la indigencia invade las calles y espacios públicos.

En la Carta Medellín, el WUF7 hace fila para el cielo pero despierta en el infierno. Formula una declaración de principios humanistas que invocan hasta las culturas prehispánicas, pero a la hora de hacer su planteamiento estratégico, echa mano de los instrumentos del sentido común liberal para proponer un mundo luminoso pero ilusorio, un falso paraíso terrenal donde la equidad y la sostenibilidad ambiental llegarán apaciblemente sin necesitar del conflicto social y político, sin el empoderamiento de los oprimidos, quizá porque nacerá una burguesía inteligente con la misión histórica de construir las ciudades equitativas, sostenibles, resilientes, para la vida y el buen vivir que debemos seguir esperando.

Las ciudades para la vida serán potenciadas por una serie de instrumentos, que son los mismos que actualmente se aplican o están en proceso de implementación en Medellín, empezando por los Planes de Ordenamiento Territorial, los Planes Parciales de renovación urbana, los impuestos a la propiedad, la captación de plusvalías inmobiliarias, los presupuestos participativos, etc. Una sumatoria bien conocida en el mundo de la gestión urbana que no es inocua “per se”, sino porque está instrumentalizada por las alianzas público-privadas no formales ni explícitas que hoy están decidiendo los futuros urbanos en todo el mundo.

Las incoherencias implícitas en el texto de la Carta Medellín, la convierten en un relato que no dice nada a los movimientos sociales que luchan en serio por el derecho a la ciudad, como tampoco ofrece nortes a las mayorías urbanas, integradas por pobladores periféricos que sufren la segregación y las penurias del modelo neoliberal de ciudad. Algunos grupos de esas poblaciones fueron invitados al Foro, pero no fueron ellos ni los remitentes ni los destinatarios de la Carta. Fueron parte del decorado del evento, como bien se denunció desde el Foro alternativo que sesionó paralelamente en la Universidad de Antioquia.

De esta manera, la ciudad acumuló en su haber un evento fastuoso más; más dólares engrosaron los bolsillos de las industrias hoteleras, las aerolíneas y el turismo de élite. Las empresas directamente involucradas con el Foro aprovecharon la ocasión para firmar convenios con pares internacionales, y salvo algunos taxistas afortunados, los pobres de Medellín se quedaron esperando el goteo que siempre les prometen.

La semana siguiente al Foro Urbano Mundial, nuestras autoridades reintegraron los indigentes raptados a su “hábitat” normal, al que esta ciudad para la vida de por vida les asignó, el corredor del río, los parques y las calles del centro tradicional. La ciudad postforo es la misma de antes. Lo único nuevo son los nuevos desalojos. Uno es el caso de El Oasis, sector del emblemático barrio Moravia cuyos habitantes aún esperan las reubicaciones a que se comprometió la alcaldía cuando un incendio en 2007 destruyó sus ranchos precarios. Ante dicho incumplimiento, los pobladores se han visto obligados a regresar a sus predios de origen a construir de nuevo sus moradas y a reclamar su derecho a la vivienda.

El Otro caso, pues también es desalojo, es el de 377 familias del complejo residencial Colores de Calazanía, en el occidente de la ciudad, que han debido salir corriendo y dejar abandonados sus patrimonios de toda una vida ante el inminente colapso de la edificación. Porque Medellín ya se está acostumbrando a situaciones similares de desalojo, porque las empresas constructoras juegan no solo con la estabilidad económica de sus clientes sino también con sus vidas, al entregar viviendas construídas por debajo de los parámetros antisísmicos, de diseño y de calidad de los materiales. Al igual que con los damnificados de Space, Continental towers y Asensi, vendrá ahora el forcejeo interminable de los desalojados con los constructores para el reconocimiento de los perjuicios que nunca les pagarán totalmente.

El colapso de las edificaciones por el incumplimiento de normas técnicas de construcción es ahora la nueva modalidad de desalojo que los capitales inmobiliarios están aplicando a los pobladores urbanos. Es uno de los espectáculos más deprimentes de nuestra urbanización neoliberal y de las oscuras alianzas entre empresarios capitalistas privados y sectores del estado que movilizan grandes excedentes de utilidades hacia negocios inmobiliarios sin ninguna responsabilidad social ni ambiental. Es diciente que el liderazgo de Medellín en ese tipo de tragedias, sea compatible con sus pergaminos de ciudad más innovadora del mundo y espejo de sostenibilidad para la ONU-Hábitat.

Después del WUF7 la ciudad duerme tranquila. Sus miserias han vuelto a ser visibles hasta que otro macronegocio agite sus avenidas y desde Plaza Mayor vuelvan a mandarle cartas. Pero el problema son los destinatarios, porque  igual que al Coronel, los pobres urbanos no tienen quién les escriba. La Carta Medellín está diseñada para el consumo de las élites urbanas internacionales, “tomadores de decisiones” suele decírseles, quienes la leerán con el entusiasmo de aquellos que se afirman definitivamente en su propia fé de creyentes.

Después de los eventos todo es anécdota, menos los textos oficiales. Por ello es tan importante la Carta Medellín. Porque resultó siendo más que un texto escueto de conclusiones, una pieza de análisis sobre los desajustes conceptuales de un modelo de ciudad que al tiempo que refuerza las más duras condiciones de la reproducción del capital, hace todo lo necesario por cooptar el discurso humanista contemporáneo proveniente de las academias.

Medellín, 5 de mayo de 2014.

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