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La economía fuera de cause

Eduardo Sarmiento Palacio  

En los últimos días se observan dos visiones sobre el estado de la economía. De un lado, el Fondo Monetario y las firmas calificadoras de riesgo resaltan los mejores indicadores globales de Colombia con respecto a los vecinos de América Latina y los atribuyen a la aplicación juiciosa del modelo del

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Eduardo Sarmiento Palacio  

En los últimos días se observan dos visiones sobre el estado de la economía. De un lado, el Fondo Monetario y las firmas calificadoras de riesgo resaltan los mejores indicadores globales de Colombia con respecto a los vecinos de América Latina y los atribuyen a la aplicación juiciosa del modelo del

Consenso de Washington. De otro lado, algunos de los gestores y defensores del modelo vigente manifiestan su alarma por el deterioro de los indicadores estructurales, en particular del sector externo. Sin embargo, no dicen cuáles son las causas y mucho menos las soluciones.

Nada de lo que está ocurriendo es sorprendente. A diario aparecen cifras que confirman el empeoramiento y la salida de cause de la economía. El origen de la dolencia está en la inversión extrajera, la prioridad de las locomotoras mineras y el esquema del Banco de la República que le da prioridad a la inflación sobre cualquier otro objetivo. La confluencia de los tres factores propició una revaluación sostenida durante 10 años.

En principio todo parecía ir bien. La población podía adquirir los bienes abaratados en el exterior y su ingreso real aumentaba. El daño iba por dentro. Se dio por hecho que el sistema cambiario flexible regula el tipo de cambio de acuerdo con las necesidades de la economía y el interés público. No se entendió que esta modalidad no tiene ninguna capacidad de control en un mundo donde los países mayores intervienen sin consideración el tipo de cambio y la tasa de interés mundial tiende a cero. Las economías quedaron expuestas a entradas de capitales que ocasionan la revaluación del tipo de cambio que induce más entradas de capitales. A su turno, el creciente déficit en cuenta corriente propició el disparo del crédito y elevó el endeudamiento. Hoy en día, la economía evoluciona con un elevado consumo apoyado en el abaratamiento de las importaciones y la expansión del crédito, que no es sostenible.

Las locomotoras únicamente han operado en la minería y el petróleo. El perfil productivo ha sido dominado por la minería que no genera empleo y los servicios que lo hacen de baja calidad e interfieren con los sectores de mayor productividad, como la industria y la agricultura. En un principio la minería crecía por encima del producto, y absorbía el 90% de la inversión. Sin embargo, los resultados no correspondían a los hallazgos del pasado en Caño Limón y Conagua. La actividad viene decayendo, los proyectos resultan cada vez menos rentables y las acciones de Ecopetrol y de Pacific Rubiales se desploman en la bolsa. En el presente año la producción minera crecerá 2%. Los hechos se encargaron de demostrar que el sector no tiene las condiciones de liderazgo para autosostenerse. En la práctica se ve interferido por las divisas generadas por el mismo.

Lo grave es que el resquebrajamiento del sector externo tornó la economía altamente vulnerable. Las exportaciones industriales y agrícolas se desploman, las importaciones desplazan masivamente el empleo formal, la mayoría de los precios industriales y agrícolas están por debajo de los internacionales, la inversión extrajera directa disminuye y los déficits comerciales y en cuenta corriente se salen de toda sindéresis. Paradójicamente, la única fuente de divisas que va quedando es la inversión extranjera en portafolio, que tiene un claro papel especulativo.

Por esta vía azarosa se está confirmando que el déficit en cuenta corriente no puede crecer y la revaluación descender indefinidamente. En algún momento el faltante deja de ser financiado o provoca una contracción de demanda efectiva que precipita el andamiaje en recesión. Así ocurrió en Colombia en 1999, en Estados Unidos en 2008, y en Europa periférica en 2011.

El Espectador, Bogotá, 31 de agosto de 2014.

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