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La luz al final del túnel

Por Rodolfo Arango  

¿Quién no celebraría el envío de una comitiva de altos militares a La Habana con el encargo de pactar con las Farc un cese al fuego bilateral y definitivo, así como las condiciones para la dejación de las armas? La conciencia colectiva, construida con participación de las víctimas, de poder dejar atrás tanto odio y sufrimiento, sería un bien común de múltiples dimensiones y significaciones.

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Por Rodolfo Arango  

¿Quién no celebraría el envío de una comitiva de altos militares a La Habana con el encargo de pactar con las Farc un cese al fuego bilateral y definitivo, así como las condiciones para la dejación de las armas? La conciencia colectiva, construida con participación de las víctimas, de poder dejar atrás tanto odio y sufrimiento, sería un bien común de múltiples dimensiones y significaciones.

No hay mejor regalo para nuestros hijos y nietos que legarles un país regido por la concordia, el respeto y la equidad.

Asiste razón al escritor Juan Carlos Botero en su última columna de El Espectador cuando afirma que el proceso de paz peligra, no tanto por las promesas incumplidas o por una negativa popular a refrendar los acuerdos, sino por las altas expectativas generadas con el fin del conflicto armado. La descomposición y el consecuente malestar son notorios a lo largo y ancho del país. La corrupción y la criminalidad campean sin que pueda decirse que sean asuntos parciales o pasajeros que se solucionen mediante acuerdos. El desafío de superar las lacras de una sociedad mal ordenada y peor regida cae sobre las espaldas de las nuevas generaciones.

¿Cómo asumir el reto de llegar al final del túnel? Nicolás Maquiavelo, el republicano, no el oportunista, aconseja acudir a la historia. Las experiencias del pasado, enorme reservorio de ideas, dan luces de cómo enfrentar el presente y construir un futuro promisorio para todos. No es la primera vez que los pueblos se consumen en intestinas confrontaciones fratricidas. Sólo la renovación de imaginarios colectivos, basada en una extensa cultura, puede arrojar luces ante la monumental tarea pendiente. En esa dirección, cuánta falta hace volver a autores clásicos como Cicerón, quien defiende la virtud en tiempos en que la corrupción consume la república.

Signo de decadencia política y social es la confusión del interés público y los intereses privados. Las instituciones del Estado deben estar al servicio del interés general, no confundirse con intereses particulares. Borrar la frontera de lo público y lo privado, como lo hace el gobierno Santos al nombrar en un alto superministerio al abogado de un financista y dueño de medios que contribuyó a su campaña, es brindarles argumentos a los contrarios políticos sobre la carencia de legitimidad del Estado colombiano. La captura del Estado por grupos particulares es una constante en el país y las actuales instituciones no ayudan a controlar la corruptibilidad de los seres humanos en el poder.

Ninguna reforma institucional, política o judicial, será suficiente para controlar el extendido fenómeno de la corrupción de lo público si desde la sociedad civil, las instituciones educativas y las organizaciones y movimientos sociales no se adopta una actitud diferente ante la bancarrota moral que deslegitima el digno ejercicio del poder político. No será de las extremas ideológicas, de derecha o izquierda, que provengan el pensamiento y la disposición necesarios para la relegitimar las instituciones estatales y recuperar la confianza social, sino de un movimiento político ambicioso y renovador. Un buen ejemplo es Podemos en España. Invito a los interesados a conocer más del tema consultando a quienes han decidido salir del escepticismo, ser mayores de edad y gobernarse por sí mismos en http://podemos.info.

El Espectador, Bogotá.

 

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